La trastienda de Olivos y el dilema oficialista

La ingenuidad de un intendente riojano dejó al desnudo la anomalía institucional de un gobierno que, entre la caja y la economía, privilegia lo primero, mientras simula ser "keynesiano"
Aunque no haya sido su intención, Ricardo Quintela puso en negro sobre blanco la realidad política e institucional de la Argentina.

"No esperaba que (Néstor) Kirchner diera con tanta celeridad la respuesta para firmar los convenios para las Obras Públicas", dijo el miércoles pasado en rueda de prensa el intendente de La Rioja, luego de anunciar que los 98 millones de pesos que el ex presidente le había prometido "agilizar" una semana antes ya habían sido girados por el Gobierno nacional a las cuentas de su municipio.

Quintela fue uno de los miembros de la delegación riojana que el miércoles 28 de enero asistió al montaje escénico en el gigantesco quincho de la residencia de Olivos en el cual Cristina Fernández de Kirchner, en su doble rol de locutora y presidenta, anunció la tercera tanda provincial del "programa plurianual" de viviendas, un reformateo de viejas promesas incumplidas.

El más mimado

En ese acto, el gobernador más mimado fue el mendocino Celso Jaque. Cuando concluyó, el actual jefe del PJ, mandó a llamar a Quintela, le preguntó qué necesitaba para asegurar el triunfo en las elecciones de octubre y siete días después "le mandó" 98 millones.

La confesión pública del intendente riojano deja al desnudo que, tras las luces y los anuncios, las "efectividades conducentes" las sigue manejando Néstor Kirchner. Su esposa, eso sí, sigue siendo quien se encarga de regañar a Florencia, la hija del matrimonio presidencial, como confesó en uno de sus innumerables discursos.La pasividad con que el país asistió a la enésima –y ahora explícita- confirmación de que una persona sin responsabilidad institucional alguna decide sobre los dineros públicos, muestra lo arraigada que está la anomalía.

Esa debilidad es más preocupante en la medida que la fortaleza política del actual gobierno es su supuesta "eficacia" de gestión, en particular en el área económica. Un supuesto cuya validez o falsedad se encargarán de elucidar los próximos meses y años.

Crisis por aquí, crisis por allá

El mundo asiste a una crisis de una amplitud y –probablemente- duración y profundidad como no se ve desde la "Depresión" de los años ’30. Sería necio exigirle al gobierno actual, o a cualquiera, que el país salga inmune del cataclismo. Simplemente no está dentro de sus posibilidades.

En cambio, sí es exigible que plantee los problemas y opciones con sinceridad, que convoque en serio a la unidad nacional, que trate de suavizar los efectos de una crisis capaz de adquirir dimensiones históricas y que acuerde e implemente políticas para salir cuánto antes del pozo.

En cambio, los actuales moradores de la casa rosada, insisten en su estilo maniobrero y en devaluar la figura y las palabras presidenciales. Entre bambalinas, Kirchner es de hecho el gran "destituyente" de la Argentina. Y la propia presidenta se empeña en acumular discursos y comparaciones que la realidad no puede dejar sino en ridículo.

Valga como ejemplo el más reciente montaje de Olivos: aquel en que Cristina Fernández de Kirchner anunció un acuerdo salarial con los empleados de Aerolíneas Argentinas y elogió el resultado de los primeros seis meses de gestión de la reestatizada compañía aérea.

El acuerdo salarial, retroactivo a enero de 2008, había sido acordado meses antes. Fue el "anuncio" de ese acto porque el Gobierno no logró abrochar el que realmente quería: el traspaso de una parte de un contrato de compra de aviones Airbus que había firmado el dueño anterior, el español Grupo Marsans.

De ese modo esperaba –espera todavía, en febriles gestiones, antes del viaje de Cristina Fernández de Kirchner a España- evitar un litigio internacional de proporciones.

La presidenta elogió los resultados desde que el Estado se hizo cargo. Pero la "mejora" esconde la magia de comparar datos de temporada alta con baja y que entre el momento del traspaso y el actual la nafta de aviación, el principal costo operativo, cayó 70 por ciento.

El verdadero antecedente de "gestión kirchnerista" de una línea aérea no son los seis meses de Aerolíneas, sino los años que LAFSA (Líneas Aéreas Federales SA) lleva sin volar pero con estructura y salarios gerenciales y un presupuesto cercano a los cien millones de pesos.

En el mismo discurso, Cristina Fernández de Kirchner afirmó que en el mundo "se están tomando medidas que casi podrían decirse copiadas de lo que ha sido este modelo desde 2003". En verdad, Barack Obama en EE.UU., y el mundo en general, intentan combatir la crisis con recetas keynesianas: reducción al mínimo de las tasas de interés, baja de impuestos y aumento del gasto público, para revivir una demanda extinta y su terrible secuela de despidos masivos, que realimentan la crisis.

En la Argentina, en cambio, el gobierno anuncia estímulos que no aplica o aplica en cuentagotas, prodiga tarifazos de vigencia inmediata, cuando no retroactiva, y busca preservar el mayor superávit fiscal posible.

El dilema oficialista

Tal vez desde la cúpula del poder, crean no tener alternativas. El temor al "default" y a una disparada del dólar, por todo lo que el gobierno de Néstor no hizo tras la reestructuración de deuda pública concluida en febrero de 2005, y por el error de cálculo con el que el actual gatilló en 2008 la rebelión fiscal del campo y se obstinó luego en convertirla en una guerra en la que perdimos todos, los enfrentan ahora al dilema de privilegiar la Caja fiscal o la economía real, ésa en la que viven 40 millones de argentinos.

Por ahora, manda la Caja. Porque es el único instrumento del que dispone el matrimonio presidencial para salvar la ropa en las elecciones de octubre (de ahí que el ex presidente la aplique en dosis homeopáticas, como en La Rioja) y porque teme que sin ella su "modelo" podría sufrir un golpe inmediato, en la forma de una corrida cambiaria (contrafaz de una huída del peso), que le daría a la crisis un tinte típicamente argentino. Por eso, mientras haya espacio para simulacros, el Gobierno seguirá jugando a que es "keynesiano".

El trance es complicado. No es cuestión de pedir milagros. Pero sería bueno un mínimo de sinceridad presidencial. A menos –claro está- que la presidenta se crea los montajes de Olivos, ésos en los que ella habla mientras por atrás el que manda distribuye efectivo.

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