EL TRASERO DE LA DISCORDIA

Por: Ignacio Zuleta

«No estoy hablando de la presidencial; estoy diciendo que si alguien cree que Kirchner me mandó un misil para tumbarme, que se metan la candidatura en donde ya dije». Con esta frase intentó explicar anoche Carlos Reutemann su expresión casi desubicada tratándose del personaje.

«Cuando dije eso estaba muy loco; lo que dije es que esta gente (Roxana Latorre) no ha entendido la lucha. Durante la campaña dije que la gente tenía que mirarles la cara a los candidatos y que si traicionaban, tenían que ir a buscarlos a la casa y agarrarlos del forro del culo. Acá -continuó el monólogo ante este diario- no han entendido que la gente votó contra Kirchner, más en Santa Fe, que es donde le fue peor, 9 a 1 perdieron».

Nunca se repite la historia; quizás los personajes, que en política se mueven según un 90% de necesidad y un 10% de libertad. Estaba obligado Reutemann a dar el portazo a ser candidato junto al peronismo que hoy gobierna con eje en la provincia de Buenos Aires. Aunque despertase una obligada alegría en los principales dirigentes de esa formación: Néstor Kirchner -que ya no es más un santacruceño- y Eduardo Duhalde. Quisieron creer que Lole se bajaba del proyecto presidencial; el destinatario del exabrupto («Que se la metan...») no es el electorado que lo hizo gobernador y senador dos veces. Tampoco le habló a la opinión independiente -ese arco que va de los conservadores a los radicales que como Carrió nunca descartaron una alianza con él-, que en todo el país lo ve como una versión civilizada del peronismo. Debió Lole cuidar su lenguaje; su público es moderado, odia los insultos; en su enojo usó el mismo lenguaje de sus adversarios, entre ellos Aníbal Fernández, que había mandado la Marcha Peronista al mismo repositorio de su candidatura por el PJ.

El portazo que dio ayer Reutemann estuvo dirigido a ese peronismo que vivió como una pesadilla estos meses de Reutemann candidato a presidente en el mismo equipo, algo que los desplazaba en la nueva etapa que se abre en 2011. Buscaron liberarse de él con un método que les funcionó: acosar a un personaje que nunca iba a aguantar en la vidriera de candidato durante dos años y a quien nadie le mide los tiempos. Kirchner lo apuró cuando pidió en público que rindiese cuentas por muertos durante su gestión como gobernador, una de las acusaciones que más hiere a Reutemann. Se inmoviliza cuando habla de esas responsabilidades de las cuales la Justicia lo eximió, pero que le enrostran sus adversarios para mortificarlo. Quienes presumen de conocerlo dicen que alzó su candidatura presidencial para frenar los embates del socialismo que gobierna su provincia para reabrirle causas aprovechando la pérdida de poder.

También lo mortificaron varias veces los Duhalde preguntándole en público si sería candidato a presidente o no; algo que él había anunciado con claridad en diciembre pasado. Preguntárselo de esa manera era retocar ese retrato del Reutemann indeciso que sostienen quienes buscan menoscabarlo.

La candidatura de Reutemann era para ellos un inconveniente, como lo es para el otro referente del peronismo blanco, Daniel Scioli, quien puede sindicar detrás de una candidatura -presidencial, a gobernador por un nuevo mandato- a peronistas, pero también a independientes que seguramente migrarían hacia el reutemismo si el gobernador sigue pegado al kirchnerismo que perdió las elecciones en su distrito. Quienes creen, a diferencia de Néstor Kirchner, que no hay futuro para el matrimonio en 2011, ven en el arbitraje entre Reutemann y Scioli la definición del ticket presidencial.

Esa puja sigue abierta, porque no es cierto que Scioli no quiera ser presidente en el próximo turno -la reelección es apenas un consuelo- ni que Reutemann haya dicho definitivamente que no a la presidencia. Uno de los reutemistas conspicuos como el diputado electo Daniel Germano (encabezó la lista de Lole) se puso ayer el sombrero de exégeta de las sicalípticas expresiones de su jefe: «Lo que Reutemann ha dicho es no a esta precandidatura presidencial, pero no ha dicho que no le interese ser presidente». Una interpretación forzada quizás por la necesidad de seguir creyendo con esa fe que perdió la senadora Roxana Latorre. Más allá de que haya habido presiones sobre ella para que firmase el dictamen que aceleró el tratamiento de la ley de facultades delegadas, esta legisladora vio que seguir junto a Reutemann la obligaba a una travesía interminable por un desierto del que suelen huir los políticos.

También le pesaba a Reutemann la candidatura presidencial ligada al peronismo bonaerense. Sabe que su apoyo no es seguro del triunfo y que Buenos Aires sufre la debilidad de no haber puesto nunca un presidente electo. El PJ gana en la Argentina cuando el no peronismo, que es mayoría, se divide, como lo logró en 2007 Kirchner al juntar a Cristina de Kirchner en una fórmula con el radical Julio Cobos. Sabe también que el peronismo de Buenos Aires, después de Antonio Cafiero, ni pudo poner a un hombre propio como gobernador; Duhalde venía de la vicepresidencia con Carlos Menem, Carlos Ruckauf de Villa Devoto, Felipe Solá de Carlos Pellegrini al 300, Daniel Scioli del Abasto. ¿Cómo va a ser una ayuda imprescindible?

No está probado que Reutemann pueda ser presidente sin ese peronismo, pero seguro que ese peronismo bonaerense no le basta. De ahí su enojo del fin de semana, como reflejó «Charlas de quincho» al decir: «Qué vivos, quieren que uno se ponga todo al hombro, que salga adelante como candidato y ellos después negocian por atrás». El lanzamiento de su candidatura lo había festejado en diciembre Kirchner porque veía que todo el peronismo no kirchnerista terminaba sindicándose fuera del duhaldismo, postergando cualquier ambición electoral de Duhalde. Este también la saludó reconociendo la popularidad del senador, pero lo apuró con pedido de definiciones. Ve el bonaerense que aparecen todos los días otros peronistas «blancos» con proyecto presidencial: Solá, Francisco de Narváez -que peleará su nacionalidad de nuevo en la Corte Suprema-. Para él se hizo necesario el intento de tumbarlo a Reutemann candidato; cree que si éste no corre, el ticket puede pasar a él, antes que a otros. Eso explica también que le encuentre objeciones a todo el que quiere estar en la fórmula en 2011. Sueña con que vengan a tocarle a la puerta para que se haga cargo de un incendio. Para que eso pase, lo primero es que haya un incendio, algo en lo cual los bonaerenses son expertos pirómanos.

La boutade de Lole también despertó a otros postulantes. «Vamos a estar listos», respondió lacónico cuando le preguntaron a Mauricio Macri si el mensaje de Reutemann aceleraba su candidatura presidencial. No cree que se haya bajado, no quiere hablar de otra cosa que de la gestión en Capital, pero todos sus operadores se reunieron para ver si es necesario que anuncie algo en las próximas horas.

En esto puede sí repetirse la historia. En el año 2002, cuando Reutemann rechazó la oferta de Duhalde de ser candidato, Macri escuchó durante una larga reunión un sábado a la tarde, junto a Francisco de Narváez, las razones de la decisión. No era, como dice la versión que alimentan sus adversarios, del «Vi cosas que no me gustaron». Tampoco porque lo extorsionasen con videos de origen innoble y de contenido también innoble. La razón que dio la entendieron aquellos dos jóvenes; «rechazo la candidatura porque como están las cosas no sabría qué hacer, y menos con este peronismo». «Este peronismo» eran Duhalde y los piqueteros dueños de la calle. «Eso es la bomba atómica», remató. Ese rechazo de Lole disparó ese año una candidatura presidencial de Macri que duró apenas un fin de semana. Se dijo que su padre lo había convencido de bajarse. Declinó sus aspiraciones, y eso le costó una pelea con De Narváez que duró varios años y que prueba el cierre de la fundación que tenían juntos.

El Reutemann de 2009 que habla de una pretensión presidencial es otro; no sólo por la locuacidad brutal con la que se expresa -toda una novedad en quien casi nunca habla-, sino porque le dice a quienes lo escuchan que sigue pensando en el cargo y que ahora sabe qué tiene que hacer. Eso da sentido a su frase de anoche explicando la olvidable astracanada de ayer: «No estoy hablando de la presidencial».

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