TRAS EL TORNADO TOBUNA Y SANTA ROSA BUSCAN VOLVER ALA NORMALIDAD

Las persistentes lluvias dificultaban la reconstrucción de Tobuna y Santa Rosa, los parajes misioneros arrasados por el tornado, donde aún bajo la lluvia y entre el barro continuaban las tareas para devolver a todas las familias las viviendas destruidas.
"Acá murió un chancho atravesado por el tirante de un techo como si fuera una lanza, y mire que tienen el cuero duro, eh, y allá encontramos un caballo enterrado medio cuerpo en el barro", dijo a Télam un chico del lugar, con una sonrisa orgullosa y entusiasmado por haber presenciado algo excepcional. El gesto divertido desapareció al señalar el lugar donde hallaron a uno de los niños muertos. Luego levantó la vista y señaló un tronco pelado que sobrevivió al tornado, envuelto por una chapa de zinc de algún techo, que el viento estrelló a más de 100 kilómetros por hora.

A la mañana, Posadas reverberaba bajo un sol radiante -y lo mismo se decía de Iguazú, en el extremo noroeste- pero unas horas después y 300 kilómetros al noreste, el cielo era gris sobre la ciudad de San Pedro, empapada por una fina llovizna.

Allí termina la Ruta Nacional 14 y se prolonga en una cinta despareja de lodo rojizo, que serpentea entre el monte y también corcovea por lomadas cada vez más altas, rumbo a la zona más elevada de la región, a 850 metros sobre el nivel del mar.

Las nubes bajas cubrían algunos cerros y varios chicos con ropas viejas, gastadas y teñidas por el mismo tono de la tierra se acercaban a mirar las camionetas que peleaban contra el barro, en el que ellos hundían despreocupados sus pies, a veces descalzos.

Restos de viviendas y gruesas ramas astilladas se esparcían junto al camino y se notaba claramente la franja por donde pasó el tornado en medio del monte cerrado, dejando un campo raso.

También se veían otros claros, pero con huellas de quemazón, y eran los causados por los desmontes, a lo que muchos pobladores adjudican la gravedad de la destrucción, ya que aseguran que los árboles hubieran atenuado el viento.

Los frágiles pinos exóticos prácticamente desaparecieron, y de los fuertes eucaliptos y las menos exóticas araucarias sólo quedaban en pie algunos troncos como esqueletos mutilados, con sus cortezas desgarradas y la madera fresca y amarillenta a la vista.

Mientras otro chico mostraba los restos de una bicicleta retorcida entre las ramas de un árbol bajo, la imagen de chapas abrazadas a los troncos se había vuelto parte del paisaje, lo mismo que la gente con cicatrices, vendajes y costuras en la piel.

Algunos niños miraban aún con grandes ojos de asombro el tránsito de las poderosas camionetas y contestaban con monosílabos las preguntas; otros parecían excitados por la presencia de tantos extraños, a quienes seguían a todos lados y ofrecían conversación.

En los mayores, las miradas eran de resignación y tristeza por las pérdidas humanas, aunque no de entrega, y también había alegría en quienes ya tenían una vivienda nueva, con baño y otras instalaciones de las que carecían las anteriores Cuadrillas de obreros colocaban tirantes y chapas en los techos, armaban las paredes de madera de las casas nuevas o instalaban servicios sanitarios que antes no existían, a ritmo vertiginoso, y lamentaban que la lluvia no permitiera terminar las instalaciones eléctricas.

El trabajo era bajo la presión del tiempo, el clima y la angustia de las familias alojadas en las viviendas precarias construidas en los primeros días, que esperaban su nuevo hogar.

En Tobuna estaba casi terminado el edificio de usos múltiples de la comunidad, lo mismo que el centro de salud, frente a la cual había dos trailers del Plan Juntos, del Ministerio de Salud: una unidad materno infantil y otro de atención odontológica.

En Santa Rosa, el paraje más pequeño, terminaban de colocar el techo a la escuela 342, junto a la cual se instaló un consultorio móvil, de la Obra Social del Personal Rural y Estibadores.

Tres empresas contratadas por el gobierno provincial trabajaban en la reconstrucción edilicia, junto a cooperativas y personal de la intendencia.

Tras este primer paso, el objetivo de las autoridades es recuperar la economía hogareña, basada en gran parte en el cultivo del tabaco. La zona contaba con unos cien galpones de secado de esa hoja, pero la mayoría desapareció el 6 de septiembre.

También perdieron los plantines, por lo que las familias productoras pedían una pronta reposición a las tabacaleras que les compran las hojas, antes que sea tarde para reiniciar el cultivo.

Otros se dedican a la cría de cerdos y vacas -en realidad son cebúes- para la venta, y también perdieron casi todos los animales la noche del tornado.

Una tenue resolana surgía de a ratos entre los grises nubarrones y los pobladores levantaban sus cabezas esperanzados, pero pronto el cielo se cerraba y la lluvia volvía a dificultar al retorno a la normalidad de estos dos parajes, víctimas de un fenómeno climático sin precedentes en el país.Vox Populi - El Diario Digital de Misiones, Argentina.

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