Tras la batalla, un choque de planetas.

Tras la batalla, un choque de planetas.
En un duelo lleno de tensión y dramatismo, Rafael Nadal le ganó a Verdasco el partido más largo de la historia en este Grand Slam; ahora, la final que todos esperaban ante Roger Federer.
El sujeto está ahí, sentado, paralizado. Deben ser esas casi cinco horas y media con saliva en la garganta, con la respiración entrecortada; debe sentir que sufre de alucinaciones. Pero es verdad, lo que acaba de ocurrir es cierto. En el piso, tendido, un finalista. A metros apenas, otro gladiador, más orgulloso que resignado, recibe la ovación de su vida. El primero es Nadal, ese chaval con destino de grandeza. El otro es Verdasco, otro español que debe recordar, cada vez que sale a la pista, aquella canción hiriente de Mar del Plata: "Verdasco tiene miedo, Verdasco tiene?", se oía tras las olas. El madrileño, aquella vez, puede ser, sintió el rigor. Los dobles vencieron y el tipo se hizo conocido en el mundo con el triunfo decisivo de la Copa Davis. Allí empezó a ser otro. Y, aunque acaba de perder, pues él también es ganador. Pero lo que se dice un finalista, uno sólo: el Rafa.

El mismo sujeto sigue allí, a metros del mallorquín, el gladiador de los courts, minutos antes de sellar su camino al juego decisivo. El señor está temblando. De pie, aplaude, sin comprender cómo pasaron tan rápido cinco horas, 14 minutos. Una batalla inolvidable; por eso, tal vez, su corazón parece latir más fuerte. Es que esta última semifinal es para guardar y archivar. Para ofrecérsela a las próximas generaciones. Para decir, como Rafa Nadal, como Fernando Verdasco, así se juega al tenis. Sin embargo, debía ganar uno solo: y ese es el mallorquín. Por eso mañana, a partir de las 6.30 de nuestro país, habrá una suerte de choque de planetas en el reino de las raquetas. Rafael Nadal es el N° 1, Roger Federer, el mejor de la historia.

El español busca su primer grito australiano, el suizo, con 18 finales de Grand Slam, está a un suspiro de los 14 grandes que ostenta aquel genial Pete Sampras. El mallorquín tiene el músculo izquierdo más poderoso del universo. El Gran Roger es un artista, más preparado para la Exhibicion, la avenida de los teatros de por aquí, que un deportista suelto en el Melbourne Park.

Federer había desplazado a Roddick con otra de las suyas, como un reloj suizo, fino y perfecto. Rafa, hace algunas horas, chocó contra la grata sorpresa. Y, la verdad, resultó una maravilla. Por eso, ese buen hombre, ahora sentado, no se mueve de su asiento: está hipnotizado con lo que acaba de ver. Apagan las luces y ni siquiera se da cuenta. Apenas hace un rato, Nadal venció 6-7 (4-7), 6-4, 7-6 (7-2), 6-7 (1-7) y 6-4. Nadal no jugó mal, es que Verdasco lo hizo casi a la perfección. Bolas de fuego, misiles zigzagueantes. Un servicio que vuela a unos 222 kilómetros por hora. Slices con precisión, una clase abierta a las sutilezas. Pero si Verdasco hizo todo para ganar? Zurdo y potente, se pareció mucho a su amigo. Incisivo y peligroso, le hizo sudar la gota gorda. Perdió un set, luego perdió otro, si hasta se creyó que había extraviado la confianza. Es que se sacaron chispas. Fue, claro, lo mejor de lo mejor. Y ganó el mejor. ¿O acaso no es el N° 1?

El hombre vuelve a aplaudir. Alguien le cuenta que éste, el partido apenas terminado, es el más largo de la historia del abierto. Es la 1.22 del sábado y sus palmas enrojecen. Adiós semifinal, bienvenida final. Rafael y Roger se conocen de memoria: casi como si hubiesen compartido la adolescencia. Sus virtudes, sus defectos (¿es que acaso tienen algunos?), su ambición. El español lleva una llamativa diferencia: doce a seis en el duelo. Las dos últimas, inolvidables para Rafa: la paliza en Roland Garros y el gran golpe en Wimbledon. "Me quedo con ese recuerdo como lo más lindo que me dio el deporte", le decía a LA NACION, apenas días atrás.

Faltan algunas horas, apenas. No hay que apresurarse. La final anhelada por todos, por grandes y por chicos. El choque de planetas que aguarda el universo del tenis. El juego, por la gloria, por la historia. Para quedar en ella, para siempre. El hombre mira el reloj, sorprendido. Ya no queda nadie. Tiembla y bajas las escaleras. Sonríe. No puede creer lo que acaba de ver; cuando el universo parece detenido. Cuando Nadal se arroja al suelo y le grita al mundo su triunfo.

7 finales de Grand Slam jugó Nadal, con 5 triunfos y 2 derrotas. Ganó Roland Garros entre 2005 y 2008; y en Wimbledon, ganó en 2008 y perdió en 2006 y 2007.

Nunca tan extenso

La victoria de Nadal ante Verdasco en 5h14m batió por 3 minutos el récord de duración de un partido del Abierto de Australia, que era el del triunfo de Boris Becker contra Omar Camporese en 1991. El más largo en un Grand Slam es el éxito de Fabrice Santoro sobre Arnaud Clement (6h33m), en Roland Garros 2004.

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