La trampa del vandalismo

Por Carlos Pagni

No hay derecho a que unas decenas de productores agropecuarios se conviertan, con la excusa de que el gobernador Daniel Scioli estaba cerca, en una patota de barrabravas. Ocurrió en Lobería, pero repitió el patrón de otras protestas rurales.

No se trata de una desviación exclusiva de los militantes agrarios. Desde hace más de un mes, en la Patagonia petrolera transcurre una convulsión social larvada, con heridos, tomas de plantas y destrucción de instalaciones. La Argentina estuvo a punto de quedarse sin gas por un sabotaje hace apenas una semana. Lobería, Tierra del Fuego, Santa Cruz, Neuquén. Distintos motivos, la misma sinrazón.

La peculiaridad del desborde de Lobería es que sucedió durante un acto proselitista, a 30 días de los comicios. Sería espantoso que la campaña quedara entrampada en el vandalismo. Pero, además de condenados, estos episodios deben ser indagados: son la caricatura de una crisis política que amenaza con volverse crónica.

La protesta agropecuaria quedó puesta, en Lobería, al margen de la ley, porque quienes la llevaron adelante suponen que sus infortunios son más valiosos que las normas.

El derecho existe bajo la suposición de la existencia de otro y de que, por esa existencia, puede sobrevenir un conflicto. Es posible que, agraviados y ofendidos, muchos chacareros se piensen el ombligo del mundo y, en vez de percibirse como una parte, se consideren el todo.

No gozan del monopolio de esa desviación. Scioli también a veces actúa como si fuera el centro del sistema solar. Con el agravante de que se lo supone un servidor público. Llegó a Lobería transportado por medios oficiales y rodeado de la seguridad de 300 agentes. Cuatro veces más que los que cuidan a los habitantes de esa localidad durante todo el año. Como Kirchner, Scioli realiza su campaña usando los recursos del Estado, que son de todos. También de aquéllos a quienes quiere derrotar. Este aprovechamiento de los bienes públicos, que se suma a las candidaturas testimoniales, son abusos de poder que buena parte de la sociedad padece como una muestra de irritante prepotencia e impunidad.

La violencia agropecuaria no puede ser justificada, pero sí, explicada. El conflicto entre el Gobierno y el campo, el más importante de toda la experiencia Kirchner, está allí, sin saldarse. La campaña electoral transcurre sin rozarlo. Areas enteras del tejido agrario están sumergidas en la quiebra por una política desvariada a la que se le agregó una seca histórica. Miles de familias advierten que su desesperación es un insumo más del proselitismo opositor. Pero no se sienten motivo de una discusión programática que aproxime alguna solución. La violencia de los chacareros es la contracara de ese vaciamiento conceptual.

* * *

Esta indigencia debería interpelar a la dirigencia agropecuaria. Desde el voto no positivo de Julio Cobos, las entidades rurales no han recreado una estrategia capaz de encauzar el malestar de sus representados.

Sin embargo, al que más debería inquietarle la irritación del campo es al Gobierno. Aunque injusta e inexcusable, la imposibilidad de que sus candidatos recorran las áreas rurales del país es un fenómeno político.

Hace una semana, el gobernador de La Pampa, Oscar Jorge, le pidió a su pariente, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, que disuadiera a Cristina Kirchner de ir a la provincia para inaugurar una "ciudad judicial".

Los funcionarios públicos son elegidos no sólo para realizar los proyectos que imaginan bajo la ducha. Se les confía el Estado para que resuelvan los conflictos. Los Kirchner están lejos de resolver el que se ha abierto con el campo. Al contrario, por momentos parece que su plan es provocarlo. El esposo de la Presidenta decidió ingresar en el año electoral abortando cualquier negociación. Algún día, Julio De Vido podría narrar su fracaso.

Las autoridades prefieren aprovechar los escarches para figurar, por una vez, como víctimas, en vez de revertir esa incomunicación. De lo contrario, Scioli no hubiera respondido al ataque pidiendo que, para la próxima, le pegaran un tiro.

Comentá la nota