La trampa del conurbano

La trampa del conurbano
Conscientes del poder territorial de los intendentes bonaerenses, candidatos de distintas listas se disputan su apoyo, una carta ganadora capaz de sumar votos clave a sus propias fuerzas. Quiénes son estos caudillos del conurbano, cómo operan y por qué los candidatos que ganen con su ayuda, aunque prometan renovación política, se arriesgan a quedar presos del aparato que mantiene vivo el statu quo bonaerense
A las 6 de la mañana ya está en la municipalidad, atendiendo a una fila interminable de vecinos, hasta las 8 y media. En general, temas menores, que resuelve con llamados telefónicos. La tarde la dedica a recorrer los despachos de funcionarios nacionales y provinciales para conseguir recursos, planes sociales, o agilizar trámites de obra pública. Tiene gente propia en clubes, sociedades de fomento, sindicatos. Para entrar en la Justicia del distrito conviene pedirle una recomendación. Controla las pocas radios FM del pueblo con la publicidad oficial. ¿Diarios? No hay, apenas algunas hojitas. El Concejo Deliberante lo maneja con la mano izquierda. A los concejales que terminaron el mandato los lleva al Ejecutivo. Y a los de la oposición, les sigue pagando el sueldo. Ya va por el quinto mandato en el poder. El presupuesto que maneja es mínimo. Apenas alcanza para alumbrado, barrido y limpieza. Si hay negocios, deben salir de los contratos. Del de la basura, por ejemplo, donde Hugo Moyano tiene mucha influencia".

Es el retrato de un intendente de conurbano visto por el ojo de un concejal que se le opone. ¿Es Curto? ¿Othacehé? ¿Mario Ishii? ¿El finado Quindimil? Importa poco. El valor de este identikit es que se ajustaría a cada uno y a todos. El rol de estos caudillejos se ha vuelto tan determinante que indagar en su conducta, reconstruir la escena en la que operan y advertir el modo en que otros dirigentes se relacionan con ellos son ejercicios indispensables para comprender la política en la Argentina. O, si se prefiere, para comprender el agotamiento de la política en la Argentina.

Cuando las encuestas registran los sentimientos de la mayoría de los habitantes del conurbano repiten palabras como desolación, hundimiento, devastación. Desde hace décadas, la zona está signada por el lento derrumbe de la actividad industrial y por el desempleo. Por eso la idea de que podría quedar envuelta en un estallido se convirtió en una hipótesis obligatoria de la política nacional. Durante la caída de Fernando de la Rúa muchos temieron que esa fantasía se estaba realizando. Kirchner lee las encuestas. Sus referencias al caos no intentan meter miedo sino trabajar sobre el miedo que ya existe.

En el conurbano viven casi 10 millones de personas, de las cuales 3 millones son pobres. Hay 2.400.000 chicos, de los cuales 1 millón es pobre. Es lógico que se tema una tormenta. Sobre sus nubarrones se recorta la figura de los intendentes.

Historia de una irracionalidad

Ellos parecen haber estado siempre allí. Pero esa percepción es engañosa. El fenómeno tiene poco más de 20 años y en ese lapso ha registrado mutaciones notorias. Para comprenderlas hace falta echar una mirada a la historia del conurbano y advertir cómo fue la historia de una irracionalidad.

La mayoría de los pueblos del Gran Buenos Aires deben su existencia a la vertiginosa expansión del área metropolitana que tuvo lugar en el apogeo agroexportador de la Argentina. Las localidades que rodean a la Capital Federal, sobre todo hacia el Sur, llevan el nombre de la estación de ferrocarril en torno a la cual fueron creciendo. En muchos casos, se fijó como fecha de fundación la de la llegada del primer tren.

Alrededor de esa estación se realizaron los primeros loteos y se levantaron instituciones y comercios. El conurbano era una orilla semirrural. Si se industrializaba, era siguiendo el sesgo impuesto por la inserción del país en la globalización comercial de fines del siglo XIX. Las empresas más poderosas fueron hijas de ese proceso: los frigoríficos de Dock Sud, por ejemplo, donde trabajaban más de 5000 personas.

El repliegue de esa economía, en los años 30, inspiró el ensayo de una industrialización sustitutiva. El proceso estuvo acompañado de una caudalosa migración interna. Ahora la urbanización desbordaba hacia las tierras bajas. El nuevo radio debería ser cubierto por líneas de colectivos que trasladaran a los trabajadores desde la estación de tren hasta la última manzana edificada. El suburbio comenzaba a tener suburbios.

El ordenamiento de este proceso era una atribución del gobierno bonaerense, en La Plata. La línea de edificación avanzaba a ciegas y se detenía en las zonas inundables. El municipio casi no intervenía. No existían redes de agua corriente y los drenajes se limitaban a largas zanjas donde por las noches croaban las ranas. Hasta la década del 60, el Gran Buenos Aires todavía conservaba algo de bucólico.

Durante esos años se multiplicaron las sociedades de fomento, encargadas de conseguir servicios mínimos. Se sentía la presión de la inmigración limítrofe, se formaron los primeros asentamientos en zonas inundables, se instalaron viviendas en las márgenes de los arroyos y, al final, se fueron poblando las viejas cavas, de las que había salido la tierra para fabricar ladrillo. A los asentamientos los suceden la villas, donde ya no hay siquiera un trazado que permita identificar un domicilio.

En La Plata hacía tiempo que habían perdido el control de esta evolución. Los municipios seguían limitándose a aprobar los planos de las viviendas. El pavimento se extendió sin que antes se resolvieran las inundaciones. Estalló, entonces, el costoso problema hidráulico, acaso el más grave de esa región.

Cuando se restauró la democracia, las áreas más pobres del Gran Buenos Aires ya estaban en emergencia. El colapso se registra en un contexto político peculiar: con el PJ, que tiene su base electoral entre la población más desamparada, fuera del poder nacional y provincial. Las elecciones de 1987 fueron clave para este proceso: Antonio Cafiero asumió como gobernador e inició un ejercicio de transferencia de poder hacia las intendencias en manos de peronistas. En estos años, con figuras como Juan José Mussi (Berazategui), Hugo Toledo (Lomas de Zamora), Eduardo Camaño (Quilmes), Jorge Villaverde (Almirante Brown), Manuel Quindimil (Lanús, quien gobernaba desde 1983), Carlos Brown (San Martín), Gustavo Green (Merlo), entre algunos otros, el rol del intendente fue adquiriendo una densidad desconocida. En el lenguaje municipal irrumpen expresiones como "planificación", "parque industrial", "autonomía", "obras hidráulicas". El espíritu de racionalización que inspiró a la renovación peronista llegó también hasta esos bordes, no siempre sin obstáculos. Como aquella vez que -Ginés González García lo cuenta con mucha gracia- Cafiero subió a un palco y comenzó a predicar delante de 5000 personas las virtudes de la descentralización municipal. Cuando iba terminando, se ufanó: "Y para que no tengan que estar mendigando en La Plata lo que les corresponde, compañeros, hemos traído un cheque que le entregamos en este momento al intendente..." Ahí tuvo que interrumpir, porque la multitud empezó a gritar: "¡Al intendente no, al intendente no!..."

En 1991 llegó a la gobernación el ex intendente de Lomas de Zamora Eduardo Duhalde. Fue una conquista gremial. La gestión de Duhalde consolidó a sus antiguos colegas. Pero ellos también quedaron atados a la financiación de la obra pública. Duhalde, más previsor que Daniel Scioli, le arrancó a Carlos Menem el Fondo de Reparación Histórica del conurbano Bonaerense, 600 millones dólares anuales con los que disciplinó a los jefes municipales y, llegado el caso, los enfrentó entre sí. Los recursos provenían del resto del país, por una asignación del impuesto a las ganancias.

Duhalde justificó su Fondo en que la provincia de Buenos Aires es, desde 1988, la que menos coparticipación por habitante recibe después de la Capital Federal. A pesar de estar entre las que más dinero le aportan a la Nación. Mientras que Santa Cruz, Catamarca y Formosa perciben $ 2200, Buenos Aires recibe de la caja federal $400 per cápita. Por eso, según un experto en cuentas públicas, "el argumento de la discriminación es tan legítimo que impide abordar el problema de la mala administración municipal". También es cierto que ningún reclamo por mayor coparticipación será viable sin la promesa de una reforma institucional y administrativa.

Durante los años 90 emergió una nueva generación de intendentes, muchos de los cuales ejercen el poder hasta estos días: Hugo Curto (Tres de Febrero, 1991), Baldomero Alvarez (Avellaneda, 1991), Raúl Othacehé (Merlo, 1991), Julio Pereyra (Florencio Varela, 1992), Jesús Cariglino (Malvinas Argentinas, 1995), Fernando Amieiro (San Fernando, 1995), Alberto Descalzo (Itauzaingó, 1995), Mario Ishii (José C. Paz, 1999).

Para su operación sobre el Gran Buenos Aires, Duhalde anexó al Fondo del conurbano una red de acción social: la formaban las manzaneras, a cuyo frente se colocó su esposa, Hilda González, "Chiche". El eje de esa organización, incapaz de ocultar su inspiración política, fueron las prestaciones alimentarias del plan "Vida". A la larga, esa legión subordinada a la señora de Duhalde estaba destinada a desafiar el poder de los jefes municipales. Tal vez por eso la empresa fracasó.

Estas innovaciones, que recrearon la figura del intendente, se registraron durante la crisis de la convertibilidad, con sus secuelas de pobreza y desempleo. En la Argentina ha sido el sociólogo Javier Auyero quien mejor estudió el fenómeno. En su libro ¿Favores por votos? afirma que "clientelismo se hace todos los días, no sólo en épocas de elecciones. Hoy muchas familias sobreviven con lo que consiguen a través de punteros, unidades básicas, comités, agencias municipales". Pero la sumisión política es incierta. La dirigente radical María del Carmen Banzas suele recordar un episodio de 1988, cuando recorría un barrio pobre de Quilmes en un operativo del Plan Alimentario Nacional: "De una casilla salió Carlos Menem, que era candidato del PJ. Al descubrirlo, uno de los vecinos le aclaró: "Carlitos, no te preocupes. Nosotros les recibimos la caja de comida a ellos pero te votamos a vos"".

La maquinaria electoral

Con la crisis de 2001, el aparato del conurbano llegaba con Duhalde a la Presidencia de la Nación. Así se rompía un equilibrio secular. Desde 1880, cuando se federalizó la ciudad de Buenos Aires, la historia territorial del poder político había sido la de una alianza interprovincial que, controlando el Estado nacional, encuadraría a la provincia de Buenos Aires. Antes de eso, el gobernador Carlos Tejedor había llamado "huésped suyo" al Gobierno nacional, que lo derrotó en los combates de Puente Alsina, Los Corrales y San José de Flores. La subordinación de la provincia de Buenos Aires fue el reverso de la consolidación del poder nacional. En 2001 la dirigencia bonaerense se haría cargo de la Presidencia, la política argentina entraría en trance de conurbanización y Tejedor obtendría una extraña reivindicación.

El juego de Duhalde fue profundizado por Kirchner, quien llegó desde la estepa patagónica impugnando a la anquilosada corporación política, pero asentó su poder sobre la maquinaria electoral del Gran Buenos Aires sin el menor espíritu de reforma. Tal vez le resultó inevitable. La nacionalización de su figura, en 2003, hubiera sido imposible sin esa estructura, comandada por Duhalde. Kirchner lo entendió y, entre 2003 y 2005, se dedicó a destronar a su padrino para colocarse él al frente del ejército que lo había llevado a la Casa Rosada. Como Duhalde, Kirchner tiene una concepción demográfica del liderazgo: pretende dominar a Goliat controlando su cabeza. La operación parece más fácil desde la reforma constitucional de 1994: antes, el Colegio Electoral imponía al poder un equilibrio territorial.

El dispositivo central utilizado por Kirchner para su intercambio con la red que controla el conurbano fueron las retenciones a las exportaciones, que permitirían extraer de las actividades y regiones más competitivas los recursos que se vuelcan en el Gran Buenos Aires. Esa política asume en la práctica lo que niega en la retórica: el sueño industrial para el que deben extraerse los recursos del sector agrícola fracasó hace tiempo. La que, para el imaginario de la primera mitad del siglo XX, sería la región más dinámica y moderna de la Argentina, terminó siendo la bolsa que encontró el país para meter a los pobres.

A diferencia de Duhalde, Kirchner distribuyó los planes sociales a través de las municipalidades y eliminó la mediación del gobernador. Cuenta un intendente: "No bien llegó, Néstor nos dijo: ?Nada de hablar con Felipe, me vienen a ver a mí´".

En su pacto de vasallaje con esos caudillos, también Kirchner se convirtió en prisionero. Los estudios sobre clientelismo demuestran que el sometido no es el receptor pasivo de las mercedes que otorga el dirigente autoritario y corrupto. También el marginado traza su estrategia para capturar los beneficios que no es capaz de proveerle un Estado que colapsó. José Nun, al prologar el libro de Auyero, cita aquella recomendación de Rousseau para que "ningún ciudadano sea suficientemente rico como para comprar a otro ni suficientemente pobre como para verse obligado a venderse a sí mismo". Sin embargo, la relación de sometimiento es recíproca. Los dirigentes y sus clientelas terminan por establecer entre sí algo parecido a aquella dialéctica del amo y del esclavo de la que hablaba Hegel, donde la posición de uno sólo es viable en referencia a la del otro.

Kirchner y los intendentes se han unido por un vínculo similar. Cada uno es, en relación con el otro, el amo y el esclavo. Porque la adhesión al liderazgo de Kirchner, como antes la adhesión al de Duhalde o al de Carlos Ruckauf, también es la estrategia de esos clientes de élite, los intendentes, para arrancarle recursos a un sistema que siempre bordea la crisis fiscal. Para ahuyentar un caos que siempre golpea la puerta.

Por eso las políticas de Duhalde y Kirchner, o las que propongan al electorado nacional Mauricio Macri y su neoduhaldismo, están determinadas por las exigencias que llegan desde los degradados suburbios metropolitanos. Cualquier proyecto político que se asiente sobre esa viga electoral deberá ser subsidio-intensivo y proteccionista. Esa es la trampa que hoy se cierne sobre la promesa modernizadora que -se supone- inspira a Macri: con su campaña actual, ha comenzado a tramitar su acuerdo fáustico con el conurbano.

El experimento bonaerense de Macri exhibe la fragilidad de la dominación oficial sobre los intendentes. Ellos recuerdan con espanto que, por haber perdido su mayoría en el Concejo Deliberante, Juan Carlos Rousselot resignó su imperio: ese percance le abrió el camino a un proceso de renovación como el que lidera en Morón Martín Sabbatella. Kirchner está dejando de ser un candidato seguro para que los alcaldes dominen su pequeño parlamento. Muchos de ellos detectaron que la alianza entre Macri, Francisco de Narváez y Felipe Solá está quebrando el monopolio que el Gobierno ejercía sobre su clientela. Por eso aportaron candidatos a las listas de concejales de De Narváez o repartirán las boletas de los dos peronismos.

Transiciones camaleónicas

Está transcurriendo otro cambio de piel. El kirchnerismo del conurbano se muestra, de a poco, tan evanescente como lo fueron el cafierismo, el duhaldismo o el ruckaufismo. Son transiciones camaleónicas que sacan su eficiencia del vacío programático en que se mueve la vida pública. Por eso Duhalde aconseja: "No se confunda. Entre los intendentes no hay demasiada conciencia política. A ellos les interesa mantener el orden en su granja. No quieren más que eso. De tanto en tanto asoma la cabeza alguno que aspira a ser gobernador".

Pero para esa pretensión mayor hace falta un puente hacia los sectores medios que están en conflicto con las prácticas a través de las cuales se conserva el orden en el Gran Buenos Aires. "El único que podría significar algo para la clase media urbana es Sergio [Massa] -opina un encumbrado legislador por la provincia-; si no se lo traga el sistema. A él todavía le queda la chance de ser gobernador".

El periodista le pregunta a ese legislador: "¿Usted cree que los intendentes del conurbano tienen hoy conciencia de que el deterioro se ha vuelto crónico?" Respuesta: "Hay dos o tres que sí. Alvarez, de Avellaneda; Balestrini, que controla La Matanza; tal vez Othacehé, de Merlo. Los demás no. Están sumergidos en el problema".

¿Cuál es el problema? Fernando Henrique Cardoso lo definió con claridad en el libro-entrevista O presidente segundo o sociólogo (El presidente según el sociólogo), que publicó en 1998. Allí sostuvo que la hiperurbanización genera sus propias patologías. Se refería a San Pablo pero el juicio vale para el Gran Buenos Aires. Se trata, según Cardoso, de entramados de tal dimensión que desbordan las instituciones que los occidentales nos hemos dado para regular la vida en común en los últimos 200 años: la escuela, el hospital, la comisaría, la cárcel. En zonas como éstas, las prestaciones del sector público ofrecen cada vez menos calidad. La política se deslegitima y termina por ingresar a la villa de emergencia o a la favela para la photo-oportunity de cada proceso electoral. Y nunca más.

En sus últimas apariciones suburbanas, Kirchner parece el performer de la teoría de Cardoso. Llega rodeado de una parafernalia de custodios, funcionarios y periodistas. Habla para unas 400 personas convocadas para la ocasión. Habla para los que lo miran por TV. Los vecinos de la zona siguen en sus casas, ajenos.

De nuevo: ¿cuál es el problema? El problema es que -el que habla fue ministro bonaerense- "las ciudades están sitiadas, ya hablamos de narcotráfico y aparecen fenómenos nuevos como los "sin tierra" a la argentina. El Camino Negro a Lomas de Zamora se ha vuelto intransitable, igual que el Centenario para llegar a Quilmes. El único que ve el drama se llama Bergoglio. Es jesuita, tiene una cabeza estratégica. Organizó 1000 voluntarios que tratan de contener lo que se pueda dentro de las villas. Van adonde la política no llega, donde el puntero se convirtió en dealer ".

En el origen del proyecto argentino, Sarmiento imaginó el progreso como la contradicción entre la civilización y la barbarie. El desierto, por la debilidad de los vínculos interpersonales, engendraba el poder autoritario del caudillo. La civilización no podía sino ser urbana. Ha pasado un siglo y medio y el Gran Buenos Aires está obligando a revisar esa ecuación.

© LA NACION

Favorecidos por el atraso institucional

Además de la crisis social crónica, los reyezuelos del conurbano ven consolidado su poder por el defectuoso terreno institucional en el que se mueven. Para el constitucionalista cordobés Antonio María Hernández, por ejemplo, hay tres rasgos del municipalismo bonaerense que están esperando una reforma. El primero es la falta de autonomía. El régimen fue creado en 1934 y no se modificó, a pesar de que la Constitución de 1994 establece, en su artículo 123, que las provincias deben asegurar la autonomía de los municipios en sus aspectos institucional, político, administrativo, económico y financiero.

El segundo vicio que encuentra Hernández es la excesiva extensión territorial. La provincia tiene 134 municipios para una extensión de 307.200 Km2. En cambio Córdoba, con un territorio de 167.000 Km2 tiene 425 gobiernos locales, igual que Santa Fe para 133.000 Km2. Francia, si se quiere tomar un término de comparación europeo, tiene 36.000 municipios en 500.000 Km2.

La tercera fisura institucional que facilita que el de los intendentes sea un poder muy arcaico es la reelección indefinida. Fernando Amieiro controla San Fernando desde 1995. Othacehé, Merlo, desde 1991. Alvarez, Avellaneda, desde 1991 hasta 1999 y desde 2003 hasta ahora. Mussi, Berasategui, desde 1987, con interrupciones ocasionales. Julio Pereyra va por su quinto mandato consecutivo en Florencio Varela. Mario Ishii gobierna José C. Paz desde 1999. Alberto Descalzo, Ituzaingó, desde 1995. Y Jesús Cariglino, Malvinas Argentinas, desde 1995. Si algo desconoce la política en las localidades del conurbano es la alternancia en el poder.

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