La trama de la intolerancia

La trama de la intolerancia
Por Natalio R. Botana

La trama de la historia suele registrar coincidencias en las que convergen tragedias y decisiones polémicas. En pocas semanas, en la Argentina y en el mundo, la opinión sufrió un triple impacto proveniente de los acontecimientos que estallaron en Gaza, de una ola de ataques antisemitas y de la decisión adoptada por la Santa Sede de levantar la excomunión que pesaba sobre cuatro obispos de la Fraternidad San Pío X (comúnmente llamados "lefebvristas" por el obispo Marcel Lefebvre, fundador de esa organización).

Los padecimientos de la población palestina de la Franja de Gaza, como bien se ha dicho, están marcados, por donde se los mire, por el tinte de la tragedia. Por un lado, la tragedia que, sobre el odio acumulado, desenvuelve la estrategia terrorista de Hamas y de otros grupos fundamentalistas, siempre dispuestos a montar el escenario de lo peor. Por el otro, la tragedia humanitaria que desencadenó con su masiva respuesta el Estado de Israel: un saldo desdichado, por ahora, de aproximadamente 1300 muertos y miles de heridos civiles, sacrificados en esa ofensiva militar.

En la Franja de Gaza se enfrentan, por consiguiente, dos lógicas mortíferas: la de los terroristas, relativamente limitada por los medios de que disponen, y la acción desproporcionada sobre poblaciones sometidas a una rígida encerrona que impone Israel. En el fondo de este combate, como contexto indispensable, late el infortunio de la guerra, de más de sesenta años, que viene soportando un Estado de Derecho al que los vecinos le niegan su derecho a la existencia.

El riesgo mayor que hoy afronta el Estado de Israel es el de su paulatina deslegitimación con respecto a los amigos y aliados. Si, tras las lecciones que nos legó Raymond Aron, analizamos a Israel como un Estado en guerra, con sus aciertos y servidumbres, podemos comprobar que esa guerra larga ya no despierta en el mundo occidental las adhesiones de antaño.

Esta es una advertencia tal vez necesaria para quienes siempre han prestado apoyo a ese Estado. El peligro del aislamiento y la desmesura, en conjunto con el factor corrosivo del terrorismo sobre las democracias, hoy están constantemente al acecho. Aun en las condiciones menos propicias, Israel debe buscar la paz por el diálogo (y, en este aspecto, como en tantos otros, las medidas que adopte el presidente Obama podrían ser decisivas). De lo contrario, la lógica guerrera seguirá creando más frustración y más resentimiento.

Cuando estas cosas ocurren, en el mundo se reaviva, porque no ha muerto, la epidemia del antisemitismo. Es una epidemia que también actúa por partida doble; por parte de los que toman al Estado de Israel como pretexto para alimentar el odio a un pueblo, a una religión y a una cultura (los hemos visto en Buenos Aires con su prédica y consignas), y por parte de aquellos que, ante la más mínima crítica a la política de un Estado -tan discutible como la política de otros Estados-, le achacan de inmediato el mote de antisemitismo.

Es, por tanto, necesario distinguir (y me hago cargo de que ésta es una solitaria y difícil tarea). El antisemitismo es uno de los signos del mal absoluto en la historia. Es un signo cargado por la voluntad de exterminio aplicada a un pueblo que tuvo la conmovedora capacidad de mantener su identidad en medio de tantos sacrificios. Y lo hizo hasta el punto de sobrevivir a la Shoah, el asesinato planificado y en masa de seis millones de judíos. Quien niegue la Shoah está tejiendo una tenebrosa complicidad con ese genocidio.

El tema del "negacionismo" de la Shoah nos introduce en el tercer capítulo de esta trama. En los últimos días asistimos a un fenómeno en cascada. Justo en el momento en que la Santa Sede levantó la excomunión que pesaba sobre cuatro obispos consagrados por Lefebvre, a pesar de la expresa prohibición papal, entraron en juego las opiniones de dos de sus miembros: un obispo residente en la localidad de Moreno, Richard Williamson, y un sacerdote italiano, Fiorano Abrahamowicz. Ambos coinciden en lo esencial: la Shoah no existió, las cámaras de gas sirvieron para desinfectar, la acusación de genocidio es, en suma, una exageración.

Posteriormente Williamson pidió disculpas por el escándalo a Benedicto XVI, achacando -¡cuándo no!- la responsabilidad de la difusión a los medios, pero no se retractó. Como es sabido, la Santa Sede condenó esos dichos y reafirmó su condena al antisemitismo, que, para la enseñanza oficial del catolicismo, es intrínsecamente malo.

La pregunta que se deriva de todo esto es angustiante y renueva una historia que, después del Concilio Vaticano II, que convocó Juan XXIII y llevó a buen puerto Pablo VI, se creía superada.

Parecería que no lo está del todo por varias razones. Primero, porque muchos miembros del grupo "lefebvrista", como muestra algún artículo publicado en su página web sobre el "problema" judío, lejos de renunciar al antisemitismo han fundamentado con este concepto sus opiniones teológicas. Segundo, porque estas concepciones ponen directamente en tela de juicio varios documentos liminares del Concilio Vaticano II (Dignitatis humanae , sobre la libertad religiosa, y Nostra Aetate, sobre las religiones no cristianas) que colocaron a la Iglesia Católica en actitud de escucha en la senda del diálogo, del respeto y la comprensión de los hermanos mayores en la fe.

Hay otros argumentos de carácter intraeclesiástico que indicarían lo mucho que falta recorrer para que este grupo acepte integralmente los documentos conciliares. Pero si nos colocamos en el plano profano, que explora el significado ético de la historia contemporánea, las conclusiones no pueden ser menos penosas, como si contemplásemos una herida abierta en el desarrollo de la civilización que no puede cerrarse definitivamente.

Es cierto que el cristianismo no es la única fuente histórica del antisemitismo. Las ideologías totalitarias que manipularon Hitler y Stalin, fundadas desde el ateísmo en la supremacía de una raza o en una concepción mesiánica de la historia, son las que hicieron peor cosecha en esta materia en el siglo XX. Aun así, cuanto antes las iglesias cristianas se purifiquen de este tremendo error, mejor les irá a los ideales, como ya postulaba Jacques Maritain en 1942, indisolublemente ligados a la dignidad de la persona humana y al pluralismo; en fin, a la autonomía y el reconocimiento de todas las voces que construyen en paz la comunidad política.

Un repaso de los acontecimientos que jalonaron los últimos cincuenta años nos mostraría cómo esta decantación de principios, en especial luego del Concilio Vaticano II, tuvo efectos saludables en el mundo católico y, por carácter transitivo, en la activa participación de los cristianos en el desarrollo y la consolidación de las democracias. Se ha avanzado mucho y para bien. Sin embargo, a la luz de estos episodios, parecería que podría cobrar cuerpo, en algunos sectores, un espíritu de restauración empeñado en volver las cosas hacia atrás.

La dialéctica entre progreso y reacción está en el corazón de la historia moderna. El asunto se complica cuando en esa dialéctica se pierde el equilibrio del centro y las cosas se inclinan hacia cualquiera de los dos lados. La trama del miedo y de la intolerancia recíproca, en Medio Oriente, en las calles donde se vociferan consignas antisemitas y en el terreno de las religiones se hace más espesa. Sería deseable que en los albores de este siglo no se deshicieran los valores que tanto costó instaurar en las conciencias.

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