La trama detrás de las expulsiones de dirigentes del socialismo.

Cuando el gigante peronista inclina su humanidad hacia la izquierda, el progresismo y la izquierda no peronista crujen.
Por el contrario, cuando la estructura del justicialismo quedó en manos de Menem y compañía, todo fue más fácil para el progresismo: había que estar en contra.

El progresismo lo sufrió en 1946, en 1973 y también ahora. Cuando el peronismo en el poder honra sus principios doctrinarios, la atmósfera en la centroizquierda se pone densa y empieza a faltar el oxígeno.

Y los caminos de escape son dos: o subirse a la alianza peronista dejando la identidad de izquierda —más o menos a resguardo— para otra oportunidad, como hicieron los socialistas de la provincia de Buenos Aires ahora (y como hizo más del 50 por ciento de los cuadros socialistas, comunistas y anarquistas, en el ’46), o por el contrario, pasarse al espacio de la centroderecha con eje en el antiperonismo, como lo hizo la actual conducción del Partido Socialista (PS). Al cabo, el espacio de las derechas republicanas o populistas florece, como reacción, cuando el peronismo gobierna fiel a sus sentidos originarios.

La fractura sin solución que viene experimentando el PS desde hace dos años se inscribe en esa lógica.

El último jueves la ruptura se profundizó. La conducción nacional del partido en manos de la cúpula santafesina decidió expulsar a dos de sus miembros, Ariel Basteiro y Oscar González, que ahora fichan en la alianza kirchnerista.

Si bien la suerte de los kirchneristas estaba echada desde hace rato, el comité de ética del PS decidió expulsarlos cuando supo de la reunión que mantendrían los bonaerenses con el propio Néstor Kirchner, en Olivos, el último viernes.

Enterado de la reunión, Rubén Giustiniani buscó y logró golpear primero con la noticia de la expulsión, que se concretó unas horas antes.

Como efecto colateral, de todos modos, terminó potenciando el encuentro del viernes en Olivos.

En el fervor de la despiadada interna, los socialistas no se andan con chiquitas a la hora de calificaciones mutuas: el propio Giustiniani se ganó la calificación de "minúsculo émulo de Torquemada" de parte de los expulsados.

Ahora sobrevendrá una apelación ante el comité ejecutivo del partido, que lógicamente rechazará, pero deberá refrendar el próximo congreso partidario.

La razón por la cual el sector de Giustiniani fundamentó la expulsión fue la aceptación de cargos en el gobierno nacional (González es vicejefe del Gabinete de Ministros, y Basteiro ocupa una banca en Diputados que obtuvo desde la lista del Frente para la Victoria de la provincia de Buenos Aires) y por promover violencia el último 6 de septiembre, en un congreso partidario que resulto fallido.

Sin embargo la razón de la expulsión es de naturaleza política. Qué hacer ante el peronismo cuando se vuelca a la izquierda continúa siendo la pregunta sin respuesta para la dirigencia del PS y de otros partidos del espacio progresista.

El socialismo receló siempre de una posible cooptación kirchnerista y desaprovechó la oportunidad de sostenerse independiente, sin integrarse al gobierno ni a la restauración conservadora que lidera Elisa Carrió.

El PS como portador de un programa de cambio progresista integral, ejerciendo crítica al kirchnerismo por izquierda pero sin caer en una posición antiperonista, tenía un rol para jugar en la etapa. Pero no lo jugó.

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