El fin del trabajo, entre las utopías y las pesadillas

Por: Oscar Raúl Cardoso

La pérdida de empleos empieza a golpear fuerte a las economías desarrolladas como consecuencia de la recesión. Su carácter estructural obligará a pensar alternativas.

Es, por lo menos llamativo cuando uno emplea la memoria. En 1995 un economista estadounidense, Jeremy Rifkin, vio en lo que entonces sucedía más que la "globalización" que todos predicaban. Rifkin avanzó y escribió en un polémico libro -"El fin del trabajo"- que había que mirar más allá de los rasgos globalizadores más evidentes (privatización del patrimonio público, concentración de la propiedad, avance de naciones sujetas por tratados a sistemas legales extranjeros, etc.) y observar cómo el trabajo estaba desapareciendo sin regresar como lo hizo en anteriores casos.

Citaba los períodos de alto desempleo en su país (verbigracia 1948, 1953 y 1957) y los vinculaba con etapas de posguerra. Las cosas habían cambiado, el empleo que se perdía ahora no volvería, vaticinaba Rifkin y hacía a un lado la sugerencia de error porque en los años de Bill Clinton el empleo estaba alto.

Era un fenómeno temporario, aseguraba Rifkin, y en aquellos momentos la pérdida de relevancia de las manufacturas que solían usar mano de obra intensiva era una de las razones centrales.

La tecnificación del campo y de las plantas de manufactura, la computación, la movilidad de personas y bienes creadas por las nuevas tecnologías harían imposible pensar en el regreso de algo siquiera parecido al pasado del trabajo.

Desde a presidencia del Foro de Tendencias Económicas, Rifkin dedica hoy menos tiempo al tema del trabajo -como si ya hubiese advertido lo suficiente- y está imaginando una tercera revolución productiva: la primera, dice, combinó el carbón, el vapor y el tren con la imprenta y el alfabetismo; la segunda lo hizo con el petróleo, los motores de combustión y el telégrafo y el teléfono. La que está en ciernes nos permitirá la liberación de los combustibles fósiles.

En el sueño de Rifkin habría una red casi infinita de recolección de energía solar, eólica, hídrica que con nuevas tecnologías que están en ciernes permitiría a la comunidad compartir ese recurso.

Todo admirable pero ¿qué pasa en ese mundo de fantasía con los que no pueden comer ni tienen edificios? Veamos cual es el contexto real del sueño de Rifkin y otros. En Estados Unidos se han perdido, desde que se iniciara la crisis inmobiliaria en diciembre del 2007, casi cinco millones de empleos de los cuales 1.200.000 corresponden a los últimos dos meses.

En el último trimestre la economía se redujo 6,2% y aunque los guarismos aun está lejos de los de la Gran Depresión, que redujo la economía estadounidense en un 25% y dejó a un cuarto de la población económicamente activa sin trabajo, algunos dicen que hacia aquel antecedente es hacia donde nos dirigimos. Más aun, los economistas aseguran que al desempleado de hoy le es más difícil reemplazarlo que hace medio siglo cuando se comenzaron a llevar estadísticas del tema.

La historia sigue en otras latitudes. En China casi el 3% de la fuerza de trabajo ya no lo tiene (20 millones), En España la caída de la construcción aumentó 2/3 el desempleo llevándolo a unos 15 millones de desocupados.

Los llamados países pobres o en vías de desarrollo (alrededor de 60) a los que en un comienzo se creyó que el tsunami económico de los ricos les pasaría a distancia, encuentran ahora que nadie puede en realidad esconderse mucho tiempo del viento huracanado.

El Fondo Monetario Internacional, que el año pasado predijo para ese segmento de naciones un crecimiento mayor que el que lograrían las naciones ricas, se desdice ahora y habla de un 2009 "oscuro" en el antiguo tercer mundo.

Las voces "sensatas" de la derecha vuelven a esgrimir la cuestión de la "flexibilidad laboral" para ayudar a las empresas. Esta es un canción de sirenas -esto es de muerte- como solución mágica. La referencia a Rifkin adquiere así otro sentido. Como presidente del foro ha asesorado a Angela Merkel, al gobierno de Portugal y a la Unión Europea, entre otros. No vaya a ser que los que en una crisis financiera ven una oportunidad para unos pocos hagan que el costo del desaguisado lo toleren los que nada tienen, que además no son los que hicieron el desastre.

No es así como se hacen las revoluciones utiles, productivas o de las otras.

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