Tomar distancia de los Kirchner, una misión muy difícil para Scioli

Por: Eduardo van der Kooy

El campo dejámelo a mí. De ese tema me voy a ocupar yo". Con esas palabras, más o menos, Cristina Fernández detuvo el lunes los impulsos del gobernador de Buenos Aires de querer convertirse en mediador del largo conflicto irresuelto que carcomió el poder del matrimonio presidencial y explicó también, en gran medida, la derrota electoral de junio.

La admonición de la Presidenta, en el actual contexto político podría tener, al menos, un par de interpretaciones. Puede ser que, en efecto, de una vez por todas, el Gobierno aspire a buscar una solución al pleito con el campo. Si así fuera, sería legítima la pretensión presidencial. ¿Por qué razón cederle el beneficio de un acuerdo a la gestión del gobernador?

Los únicos sustentos de esa hipótesis, por ahora, son la decisión de Cristina y su marido de llamar a la reunión del viernes con la Mesa de Enlace que, en principio, comandaría Aníbal Fernández. También la prudencia del jefe de Gabinete para no elevarle el tono a las durísimas críticas que lanzaron los jefes rurales cuando comunicaron su voluntad de asistir.

En contraposición a esa mirada expectante está la ausencia de una agenda establecida por parte del Gobierno. Tal ausencia, en vista del grado de confrontación de las partes, podría terminar empujando el diálogo hacia un terreno de esterilidad. O de renovadas dilaciones. Detrás de tal planificación siguen estando Kirchner, Guillermo Moreno, el secretario de Comercio y Ricardo Echegaray, el titular de la AFIP y fiscalizador de la ONCCA.

La otra posibilidad es que aquella reacción de Cristina delante de Scioli haya estado originada sólo en el propósito de establecerle un límite político al gobernador. Scioli acumuló una cantidad de gestos diferenciadores de los Kirchner después de la derrota y, sobre todo, cuando regresó de su viaje por Italia.

El más emblemático fue la determinación de asistir el viernes pasado a la Exposición Rural. Lo hizo en compañía del senador José Pampuro y constituyó el prólogo de la reunión con la Mesa de Enlace. Kirchner se enteró el mismo día desde El Calafate pese a que el gobernador se había reunido con él en Olivos el martes anterior. "Los glaciares parecían derretirse", señaló con humor un hombre del entorno del ex presidente, en alusión a su molestia y calentura.

La idea de un posible escarmiento para Scioli también pudo ser abonada por Aníbal Fernández. El jefe de Gabinete se ocupó en tres ocasiones de negar que la Presidenta hubiera abordado la cuestión del campo con el gobernador. Fue una verdad a medias: el tema no se abordó porque Cristina lo impidió, pero Scioli concurrió a la Casa Rosada con una síntesis de los problemas hablados con la Mesa de Enlace. A poco de iniciada la conversación intentó plantearlos, pero no pudo.

Los dirigentes de la Mesa de Enlace, con sus críticas, lo ayudaron poco aunque en esos cuestionamientos se habrían mezclado varias cosas. El más severo resultó Eduardo Buzzi, de Federación Agraria. Es factible que su severidad haya sido fogoneada por la realidad del peronismo donde está en auge el debate sobre quién tomará la conducción natural que por mucho tiempo ejerció Kirchner. Está claro que Buzzi descalificó a Scioli y, tal vez, haya abierto una hendija para el posicionamiento que muchos aguardan de Carlos Reutemann, su comprovinciano.

Los gestos de independencia que ensaya Scioli se estrellan, muchas veces, con realidades objetivas. Las elecciones fueron hace apenas un mes y el gobernador actuó como un escudo de las candidaturas testimoniales y del proyecto de Kirchner. Otra realidad objetiva consiste en que Scioli debe, en forma simultánea, administrar la Provincia y establecer diferencias políticas con el Gobierno de los Kirchner. Casi una misión imposible en una geografía socialmente siempre misteriosa y para un Estado provincial con alto déficit.

Aquí se podría rescatar otra pista acerca de que en aquel freno de Cristina pudo pesar antes la puja política con el gobernador bonaerense que la vocación de empezar a resolver en serio el conflicto con el campo. Scioli presentó una serie de propuestas a la Presidenta para atenuar el cuadro deficitario de la Provincia. Entre las propuestas figuraban supuestos aportes pendientes de la Nación.

Aníbal Fernández hizo de nuevo de verdugo. Explicó que no existían tales aportes pendientes y hasta llegó a insinuar, en una sobreactuación, que Buenos Aires quizá le está debiendo a la Nación.

El gobernador no suele ser un hombre de claudicaciones fáciles, más allá de las correntadas políticas que fluyan en contra. Y, aunque pareciera un contrasentido, remontó el difícil comienzo de la semana recurriendo a la oposición y no al Gobierno. Francisco De Narváez y Felipe Solá, sobre todo, no se privaron de marcarle contradicciones entre su conducta actual y la que precedió a las elecciones. Pero se comprometieron a ofrecerle gobernabilidad que Scioli también empezó a hurgar entre la legión de intendentes del conurbano. A los que Kirchner culpó por su derrota.

Los Kirchner siguen dando señales confusas sobre lo que pretenden hacer y sobre la interpretación de la derrota. El episodio con Scioli es un ejemplo.

Otro pareciera serlo el llamado a los bloques oficiales de Diputados y el Senado para una reunión a realizarse hoy con la Presidenta. Aguarda una carpeta legislativa abundante, con tópicos como las facultades delegadas.

Varios legisladores recibieron anticipos de que el cónclave sería para "ajustar tuercas". Para trabar cambios indeseados.

Como si nada, hace ya un mes, hubiera sucedido en el país.

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