Tolerancia

Por S. Walger

Lamentablemente la tolerancia, o sea ese modo de dar prueba de comprensión y apertura, no es una virtud que abunde en el país. Un país que se caracteriza por a violencia, en los hechos y en las palabras.

Leí con tristeza, y mucha vergüenza, el oprobio al que sometieron a la doctora Hilda Molina en su paso por el Congreso. De eso se ocuparon, entusiastas, asesores de los diputados de centroizquierda, periodistas defensores del castrismo y estudiantes, militantes de Sudestada, la expresión de secundarios del Movimiento Libres del Sur. Defensores de una izquierda anacrónica cuyo ícono es Fidel.

El totalitarismo de izquierda es una repugnante enfermedad moral. El de derecha también. La escritora Rosa Montero no consigue entender cómo personas que en todo lo demás se muestran sensatas, que parece que son buena gente y que denuncian con vigor los abusos que se cometen en otras partes del mundo (aquí los talibanes enloquecieron con el Goriletti de Honduras) son capaces de perder de repente todo criterio y de ponerse a justificar los mismos abusos si suceden en Cuba. "¿Qué se están jugando para cegarse así? ¿El narcisismo de dividir el mundo entre buenos y malos y de adjudicarse a perpetuidad un puesto entre los primeros?".

Molestos con una neurocirujana que ni siquiera es exiliada y que lo que dice lo ha dicho de frente en su patria. Es una señora que logró que le permitieran visitar al hijo. Que volverá en cuanto pueda a Cuba (tiene que ver con la salud de su madre) y mientras (como para que le guarden el lugar) le paga una mensualidad a la embajada; si no, no podrá volver. La embajada, generosa, le envía a cambio de su puntualidad en los pagos sus barras bravas ideológicas. Entonces el calificativo de "gusana" que le obsequiaron en el boletín de Libres del Sur, parece estar de más.

Pero aunque realmente fuera una exiliada, le otorgaran la nacionalidad argentina, en detrimento de algún boliviano, nada de esto le serviría a la doctora. En su país sólo vale el pasaporte cubano. Además, si hubiera querido exiliarse, ofertas no le han faltado. Una neurocirujana que trabaja con células madre es bienvenida en lo más desarrollado del planeta.

Lamentablemente la tolerancia, o sea ese modo de dar prueba de comprensión y apertura, no es una virtud que abunde en el país. Un país que se caracteriza por a violencia, en los hechos y en las palabras. Basta tomar algún discurso de Cristina contra el campo y su álter ego, la "oligarquía". Su imaginación de cuento de hadas prefiere atacar una entelequia que denomina "oligarquía" y que en sus estratos superiores está compuesta por ricos, muy ricos, pero que no son oligarcas, son simplemente ricos y ella lo sabe muy bien. También sabe que la palabra "oligarca" actúa como un detonador de todos los resentimientos acumulados. Y entonces aparece lo que es la intolerancia.

Recuerdo bien cuando a Ricardo López Murphy se intentó no dejarlo entrar a dar una clase en la Universidad de La Plata, demasiado liberal. A Juan José Sebreli lo golpearon por haber firmado contra Fidel Castro. Aunque en el caso Molina cabe suponer que nada de esto hubiera ocurrido sin la venia de algunas autoridades del Parlamento y si además no la hubiera llevado el PRO, un grupo difícil de digerir.

Llama la atención que cuando nos visita un dictador como Teodoro Obiang (acusado de comer caldo de orejas de niño), a nuestros jóvenes talibanes no se les mueve un pelo y ni siquiera la Cancillería avise a la Presidenta "progre" que la visita un caníbal.

La tolerancia es el respeto absoluto de la libertad de conciencia, es el derecho más imprescriptible del individuo. El derecho fundamental de pensar distinto y libremente. La noción de tolerancia avanzó en la historia, en relación con las guerras de religión y las cazas de brujas que habían tornado irrespirable (por el humo que salía de las piras donde las quemaban) el aire de la civilización occidental.

Pero también el respeto sin restricciones de la libertad de opiniones y creencias no es contradictorio con mi derecho de no tolerar lo intolerable. Es decir, el derecho de sublevarse, de luchar contra las estructuras de las instituciones y de las prácticas que han sido juzgadas intolerables, las discriminaciones raciales, las desigualdades y las injusticias que caracterizan nuestras sociedades capitalistas/industriales modernas.

Pensar la tolerancia es un tema que europeos y americanos (algunos) se han planteado, no en relación con izquierdas al borde de un ataque de nervios, sino en relación con el islam. Burka sí, burka no; árabe sí, árabe no. Saben que tienen que aprender a vivir con eso. La pregunta sería: ¿todo lo que no es como yo debería sentirlo como una agresión? Una reflexión que les lleva tiempo y que a nosotros no nos vendría mal.

Según Yves Charles Zarca, director de Investigación en la Universidad París I, la tolerancia debe impedir que aquellos que no se quieren se dediquen a librar una lucha a muerte. La tolerancia supone la aceptación de la existencia del otro y unas mínimas reglas de reciprocidad. No puede haber tolerancia si una de las partes es unilateral e intolerante. Zarca se refiere a los grupos islamitas, pero se sorprendería si viniera por estos lares. La intolerancia campea aquí a derecha e izquierda.

Uno se pregunta cuál es la izquierda argentina, visto que sus actuaciones son cada vez más fascistas. El filósofo Bernard Henri Lévy dice que la izquierda actual es un campo en ruinas. Es una izquierda que se inspira en la derecha, víctima de fascinación por la nación y la bandera.

También hay que decir que los populismos "progres" (incluida la Argentina) que han brotado en América Latina, cuya razón de ser es indiscutible, tienen como rasgo distintivo el desprecio por la democracia. Lo malo es que no lo dicen fuerte pero lo actúan.

Ocurre que en el siglo XXI la forma que se busca asumir, en el mundo civilizado, es la del valor del diálogo y la conversación como forma fundamental de la comunicación humana. Ha vuelto a ponerse en circulación aquella frase, que algunos atribuyen a Voltaire, pero que es volteriana en su esencia: "Desapruebo lo que usted dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo". Es un equivalente al "dime lo que te molesta y te diré quién eres".

Nos queda finalmente el creador del "socialismo del siglo XXI", el paracaidista Hugo Chávez, que ha logrado mezclar a Perón, Castro y Bolívar y cuyas consecuencias son la eliminación progresiva de las libertades políticas y el ensayo permanente de experiencias anticapitalistas cuya ineficacia, se supone, cubrirán las exportaciones petroleras. Uno de sus principales turiferarios, Oliver Stone, lo llevó a la Mostra de Venecia y lo celebró exultante. ¿Hubiera podido criticarlo? Difícil cuando uno tiene la costumbre de ir de dictador en dictador.

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