Todos tenemos algo de Haití

América latina tiene 189 millones de pobres y 76 millones de indigentes
SI a la ciencia le toma décadas buscar explicaciones a un cataclismo natural, a ciertos trasnochados semejante tarea les consume apenas unos segundos.

Al pastor evangelista norteamericano Pat Robertson le llevó unos minutos, el mismo martes, argumentar que el terremoto en Haití no había sido el resultado del desplazamiento horizontal de dos placas tectónicas.

El sismo había sido, en realidad, el fruto del "pacto con el diablo" que la nación caribeña refrendó, en el siglo XIX, para liberarse de la dominación francesa. Para Robertson, la historia de tragedias naturales, conflictos internos, golpes de Estado, corrupción y pobreza de Haití se entiende porque es "un país maldito".

Sin ese extremismo y con la compasión que el pastor no tuvo, Nicholas Kristof, de The New York Times , tituló su columna del miércoles último "Todos somos Haití".

No, Haití no es una nación maldita. Pero tampoco somos todos Haití.

Hoy no sabemos lo que es amanecer sin alimento en nuestro cuerpo desde hace cinco días, con un suelo manchado de sangre como única cama, con familiares o amigos desaparecidos, con un pasado enterrado bajo los escombros y sin la certeza de que el futuro valga la pena.

No, no somos el Haití de 2010. Pero sí tenemos todos algo de ese país.

Lo tiene América latina, con sus 189 millones de pobres y 76 millones de indigentes desperdigados desde el Chaco argentino hasta El Salvador. Tiene algo de Haití la región con su estigma de violencia política y narcotráfico desde Colombia hasta México, con el flagelo de la corrupción desde Bolivia y Venezuela hasta República Dominicana, con su constante de inseguridad desde las favelas de Río hasta el conurbano bonaerense, o con sus historias de improvisación ante la destrucción desde Tartagal hasta Pisco.

El martes el sismo se ensañó con Puerto Príncipe e hizo trizas la Casa de Gobierno, Tribunales, el Parlamento, la sede de Naciones Unidas y la Catedral . En 35 segundos, Haití se quedó sin instituciones y fue devorado por el vacío de poder.

Aunque menos brutalmente, varias naciones latinoamericanas también vieron temblar sus instituciones. Sucedió en Honduras, Perú, Bolivia y Venezuela.

No sólo una región marcada por los altibajos institucionales, la pobreza y las desigualdades económicas como América latina tiene algo de Haití. Lo tiene también, a la hora de ignorar advertencias, la nación más poderosa del continente y del resto del mundo, Estados Unidos.

El gobierno del presidente haitiano, René Préval, recibió en marzo de 2008 una advertencia de un grupo de geólogos: ciertas señales en las fallas que atraviesan el Caribe indicaban que Haití estaba expuesto a ser sacudido por un terremoto de 7,3 grados en la escala de Richter en los años siguientes.

Poco hizo, o poco pudo hacer, el mandatario para renovar la precaria naturaleza de los edificios de Puerto Príncipe, que no lograron soportar la fuerza del sismo y cayeron sin piedad sobre cientos de miles de haitianos.

Poco hizo también el gobierno de George W. Bush, antes de 2005, para reforzar los diques que protegían a Nueva Orleáns, como le había recomendado un panel de ingenieros. Esas construcciones sucumbieron al Katrina y provocaron la mayor catástrofe natural de Estados Unidos.

El espanto ante la muerte y el desamparo de los haitianos y la (más íntima) sensación de que todos tenemos algo de Haití se combinaron para que el mundo entero se agolpara, desde el miércoles, en el aeropuerto de Puerto Príncipe para asistir a ese país.

Rescatar sobrevivientes, alimentar y cuidar a los vivos, restaurar los servicios, reconstruir el Estado. Todo está por hacerse y todos quieren hacerlo ya.

Sin esa ayuda, es probable que Haití no sobreviva. Y la necesita inmediatamente, pero también la necesitará dentro de unos meses o unas décadas, cuando el horror global se haya disipado. Y ése es el desafío para el resto del mundo.

Si el mundo se enfrenta al desafío de asistir al país en la reconstrucción a largo plazo, cuando el dolor, el desconcierto y el hambre dejen espacio para algo de esperanza, los haitianos podrán tomar dos caminos: Pisco o Aceh.

La primera, la ciudad peruana, fue destruida, en 2007, por un sismo que dejó 520 muertos. Hoy, en medio de lo que una comisión legislativa describió como "ineptitud, indiferencia y malos manejos", apenas ha sido reconstruida, la inseguridad plaga sus calles y los propios residentes venden las casas reubicables que el gobierno les otorga.

La segunda, la provincia indonesia, fue uno de los lugares más afectados por el tsunami de 2004, que mató a 100.000 de sus residentes. Dominada por la pobreza, Aceh además era escenario de un conflicto separatista de 30 años.

Hoy, administrada por una comisión especial del gobierno financiada por varios países, la provincia logró reconstruir 133 mil de las 140 mil casas devastadas y 1450 de las 2000 escuelas caídas, volvió a crecer y puso fin a la violencia de décadas.

De los haitianos y del resto del mundo dependerá cuál opción seguir. Para hacerlo, unos deberán dejar atrás las divisiones, la corrupción, la violencia. Y los otros, deberemos recordar que todos tenemos algo de esos males que hoy jaquean a Haití.

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