Todos, temprano a casa en el primer día de emergencia

Al anochecer, la avenida Corrientes se veía casi vacía, con pocos autos y poca gente con barbijos.
El reloj de Florida y Corrientes marcaba las 19.56 y decenas de mantas cubrían el suelo de la peatonal como resguardándola del frío de la noche. Los vendedores ambulantes acomodaban las bufandas a 10 pesos entre los gorros de lana y los juguetes sobre esas vidrieras informales. Pero eran pocos las que las veían. "Hay mucha menos gente que un día normal. Se fueron todos temprano", contaba Sergio, a cargo del puesto de diarios de la esquina.

Buenos Aires vivió ayer el primer día de la confusa emergencia sanitaria casi llena: el paro en las estaciones de peajes trajo más autos que los habituales. Pero cuando el locutor de la radio del taxi decía: "Son las diecinueve y veinticinco. Te acompañamos en el regreso a casa", pocos eran los que estaban en el Centro. Los rezagados congestionaban las autopistas de salida hacia La Plata y el norte. Pero Corrientes se veía vacía, con pocos taxis que orillaban los cordones en busca de pasajeros.

Magalí de 19 años se quejaba que hoy en el negocio de venta de accesorios "no había entrado ni el loro". A unos metros de ahí, un cajero de una cadena de farmacias sorprendía con un barbijo puesto. Era el único que lo llevaba "por prevención", aclaraba a Clarín.

Y hoy, ¿se vendió más cantidad de barbijos?

Sí, muchos más, contestaba Claudia a cargo del local.

¿Y a cuánto?

A 7 pesos cada uno.

¿Los duros?

No, los de papel, los simples. Cuando esta cronista fue enviada a México en el inicio de la pandemia -el 23 de abril pasado-, los barbijos más caros costaban en Buenos Aires noventa centavos cada uno. Un aumento que nada ayuda a la prevención.

"Nadie anda con barbijo", había advertido unos minutos antes Eduardo, el canillita del hall de Constitución. "¿¿¿¿Viste el precio que tienen????", había dicho a manera de explicación por la falta de uso del cubrebocas.

El cartel electrónico de la estación decía que faltaban tres minutos para que partiera el tren de las 19.16 con destino a Glew. La gente corría para llegar a tomarlo y se hacía difícil caminar. En la multitud se destacaba Marcela, que volvía a Lomas de Zamora. Ella llevaba un barbijo puesto. Era la única. "Lo uso por seguridad. Creo que la gente no tiene conciencia de que se puede contagiar y que puede contagiar sin saberlo. Es una cuestión de responsabilidad", decía a Clarín mientras atravesaba el control de boletos.

En la calle poca gente los llevaba puesto. Era una imagen que contrastaba con la que se había visto en México en el primer día de la emergencia sanitaria por la gripe A (H1N1). En los alrededores de Constitución, las paradas de colectivos se veían más vacías que lo habitual en el anochecer de un día agitado. Los puestos de comida al paso estaban con pocos clientes. "Me da no sé qué comer algo. Me aguanto hasta mi casa. A ver si me contagio", especulaba Oscar, empleado de un negocio de celulares. Los shoppings también se veían diferentes. Estaban tranquilos. Como vacíos.

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