Todos quieren que se vaya, pero temen por su trabajo

Vecinos del barrio Ampliación Los Vallistos ven pasar a diario los camiones recolectores, pero ninguno retira los desechos que generan.
La clave es no quedarse quieto. Hay que mover las manos o caminar. Si uno no sigue los consejos de los vecinos, las moscas y los mosquitos se adueñan de su humanidad: los insectos reposan en brazos y piernas y el mal olor quema las fosas nasales. Suena exagerado, pero es así. Cuando los habitantes del barrio Ampliación Los Vallistos se cansan de estar en movimiento prenden fuego. Queman lo que tienen a su alcance.?Pasto seco, ramas, botellas de plástico, bolsas, todo vale para frenar la invasión de moscas y mosquitos. Es como un ritual: a eso de las siete de la tarde las fogatas se encienden como balizas a la puerta de cada casa y, de paso, iluminan los pasajes carentes de alumbrado público, dibujan la silueta de la montaña de residuos de Pacará Pintado en el horizonte y marcan el inicio de una tregua que, hasta la salida del sol, les dará el mal olor.

Para bien o para mal, la existencia de la planta de tratamiento de la basura no pasa inadvertida para ningún vecino. Algunos, con nombre y apellido, piden a gritos que se cierre; otros, bajo el anonimato, critican la vida que deben soportar, pero temen por su fuente de trabajo. Es que en este asentamiento, el más próximo a la cerca perimetral de la empresa Servicios y?Construcciones La Banda SRL, los residuos están por todas partes: en las bocacalles, en los techos de las casas, en los patios, en la cancha de fútbol. Los perros la esparcen, dicen los vecinos. Suena exagerado, pero es así. En este barrio al que separan unos 150 metros del sitio en donde se depositan 800 toneladas diarias de basura no hay quién recoja los residuos. Los camiones recolectores pasan por allí y levantan polvareda, pero ninguno levanta los desechos del barrio Ampliación Los Vallistos.

Algunos vecinos se dan maña. Ramona Valdez, por ejemplo, cavó un pozo en el fondo de su casa. Allí quema todas las tardes la basura. Para Ramona, un eventual cierre del predio de disposición final de los residuos significaría un gran alivio. "En buena hora, porque aquí no se puede vivir", implora esta mujer de 61 años mientras riega para que se asiente la calle de tierra. Cecilia Reinoso, en cambio, le paga a algún chiquito para que le lleve los residuos. ¿A Pacará Pintado? "Vaya uno a saber en dónde la tirará", responde esta señora con la puerta entreabierta de su casa. Cecilia tiene una sensación contradictoria. Por un lado festeja la decisión de mudar la planta ("es una cosa que no se puede soportar el olor", justifica), aunque por otro se preocupa por el futuro laboral de la mayoría de sus vecinos ("qué va a hacer esa pobre gente", razona).

Sobre el alambrado de una casa ubicada a 250 metros del predio, un letrero pintado a mano despierta curiosidad. "Vendo esta casa, urgente". Cualquier distraído pensaría que puso en venta su hogar por el mal olor, los insectos o la falta de agua. Suena exagerado, pero es así. Sara del Valle Anfuso quiere irse del lugar para poder estar con sus nueve hijos, en Santiago del Estero. Esta mujer de 36 años trabaja todos los días separando botellas, cartón y papel en la planta de Pacará Pintado, por $ 250 que le paga el?Estado. Ya tuvo que mudarse una vez, cuando el Gobierno cerró el basural de Los Vázquez y, a pesar de su experiencia, tiene miedo. "Estoy asustada, a donde lleven la basura voy a tener que ir, porque eso da comida. Qué voy a hacer si no", se pregunta.

La callejuela se termina unos cuantos metros más abajo. Desde allí vienen caminando Antonio, su esposa y sus hijos. Dice que está a la espera de que se inicie la cosecha de limón para trabajar en las fincas. Mientras tanto, todos los días va a Pacará Pintado. También dice que es clasificador, pero que mientras los que están dentro de la cooperativa cobran $ 40 por día, lo que él junte "depende de lo que recoja". Suena exagerado, pero es así. Cuenta que por kilo de botellas (plástico) que separa le pagan $ 0,25. ¿Cuántas botellas hacen un kilo? "Y más o menos 20", explica. Dice que el plástico le deja $ 12 por día y que el cartón, $ 15 (por cada kilo se paga $ 0,12). No se queja, pero dice que estar ahí adentro es insoportable.

Quizá suene exagerado, pero es así. Cuando uno pasa más de media hora en el barrio Ampliación Los Vallistos ya siente que el mal olor le anestesia la nariz y que la basura forma parte del paisaje cotidiano. Hasta las moscas y los mosquitos se acostumbran a uno. Suena exagerado, pero es así.

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