Todos miran hacia el 10 de diciembre

Por Luis Bruschtein

El llamado de la presidenta Cristina Fernández a desmontar una concentración de respaldo al Gobierno y a la asignación universal por hijo demuestra que estamos frente a un populismo raro. En cambio, los que sí están convocando para un gran acto populista en Palermo son las entidades rurales, lo que demuestra que estamos ante un neoliberalismo raro.

La escalada de protestas que se produjo tras el lanzamiento de una de las medidas más populares que podía tomar el Gobierno indujo, en los ámbitos oficiales, a sospechar premeditación. En otra época, una medida como la asignación universal por hijo hubiera convocado inmediatamente grandes movilizaciones de alegría y respaldo. Pero no las hubo. El Gobierno no las preparó ni las organizó ni realizó algún movimiento de capitalización pública de su carta de oro social. En cambio, coincidieron algunas protestas de tipo gremial con otras de corte social, más la carta que distribuyó Elisa Carrió en las embajadas de países vecinos, donde denunciaba que los Kirchner se aprestaban a desplegar un plan de autodesestabilización. Les pidió a los productores rurales que no marchen sobre Buenos Aires y lo mismo les pidió a Mirtha Legrand, Susana Giménez y Tinelli que estaban hablando de una marcha contra el caos. Una marcha contra las marchas anteriores.

"No entren a Buenos Aires –dijo en entrevistas periodísticas– porque los van a estar esperando armados. Buenos Aires es una emboscada. Tenemos información sobre piqueteros kirchneristas armados en La Matanza, y si no, pregúntenle al Renar (¿?)." En el mismo sentido, desde la derecha prodictadura se comenzó a plantear una salida anticipada del Gobierno y las entidades rurales anunciaron que realizarán un acto en Palermo el 10 de diciembre, cuya convocatoria ya circula por Internet con declaraciones muy violentas contra el Gobierno, como las que siempre rodean a este sector. Ese día cambia la relación de fuerzas en el Congreso. El escenario apocalíptico entrevisto imagina una progresión de la crispación ciudadana por cortes de calles, campamentos en las avenidas y subtes parados, que termina siendo capitalizada con toda la furia en el acto de los ruralistas en un momento de debilidad del Gobierno, todo eso amplificado y glorificado por los medios.

Como los gobiernos son proclives a ver conspiraciones, unificaron estos sucesos y les otorgaron una coherencia. Y se armó una bola de nieve. De alguna manera frente a los conflictos en Kraft y los subterráneos –profusamente cubiertos por los medios– Moyano sintió el impulso de demostrar que puede disputar y ocupar la calle. Ambos conflictos impactaron en la imagen ya alicaída de la CGT y sus gremios. En el primer caso, el gremio ni pudo intervenir y en el segundo, el conflicto es contra el gremio. El líder camionero convocó para respaldar al Gobierno, y al mismo tiempo para relegitimar su propia central.

Pero cuando el Gobierno se involucró en el clima de crispación generado en la disputa política o en el conflicto distributivo –como con la 125–, le fue mal. El discurso mediático lo instaló rápidamente en el lugar del villano violento y perdió en política aunque en comparación con sus adversarios haya sido más manso que una vaca suiza.

Entrar en ese clima de conspiraciones y alevosías hubiera sido pisar el palito otra vez. La denuncia de la conspiración iba en ese sentido, hacia un territorio donde el Gobierno siempre pierde. El acto de la CGT hubiera sido su continuidad lógica, pero alguna luz roja se prendió en la Casa Rosada para desandar esos centímetros de terreno minado. La Presidenta hizo una reivindicación pública del gremialismo peronista, pero pidió que el acto se realice en otro momento. El 10 de diciembre será un día clave para reafirmar las apuestas por la democracia tanto para el Gobierno como para la oposición.

Comentá la nota