Todo Rojo

Todo Rojo
Independiente se llevó el clásico ante Racing. No le hizo falta brillar para tener la fiesta que más quiere.
Esa lluvia es agua bendita en tiempos de sequías, pero ni cosquillas le hace al Diablo. Se mojan los cuerpos colorados en una fiesta pagana que tiene a Pusineri como rey. Gozan, saltan, cantan, se quedan sin voz en el medio de una tormenta perfecta. Porque para Independiente, que hace una semana estaba más cerca del infierno, se le abrieron las puertas del cielo. Las llamas son de Racing y todavía arden en una tribuna que es pasión sin razón. No se apagan. Ni siquiera lo harían bajo un diluvio universal. Ya se devoraron las ilusiones de pelear el título y a Llop. Satanás es celeste y blanco. La alegría divina, toda roja.

No podía tener otro color. Porque desde el aspecto estrictamente futbolístico, Independiente fue superior a Racing. Apenas, es cierto. Pero le alcanzó para ganar el clásico, para canonizar a Santoro, para soñar con un futuro luminoso después de un comienzo de sombras. Fue más claro con la pelota, porque Montenegro es consciente de que una pausa muchas veces cotiza fuerte en el mercado del vértigo y porque sus pies siempre apuntan a otros pies, ni más ni menos que los de sus compañeros. Fue más astuto en el medio, porque Pusineri no necesita otro cinco que entregue la pelota, para qué si vale por dos. El recupera, distribuye y llega al área con gol.

Fue este experimentado volante, al cabo, el que le ganó en el salto a Yacob, el que conectó con su cabeza un tiro libre del Rolfi, el que gritó hasta la disfonía frente a la red de Campagnuolo. Iban tres minutos y a Racing ya le habían mostrado que no sólo tiene problemas en el sótano; también, goteras en la terraza.

Si uno se impone tres veces en el área del otro en tan solo 180 segundos, algo falla. Y si bien es cierto que los jugadores de Racing no son aleros de San Antonio Spurs, los de Independiente tampoco tienen la altura de Ginóbili. Hay desconcentraciones de fútbol universitario. Y lo peor de todo, una alarmante imprecisión. Porque se podrá escribir que la estrategia del técnico no era capaz de hacer de este equipo un Fórmula 1. Pero con el nivel que ayer mostraron los futbolistas vestidos de celeste y blanco, ni Fangio lo hubiera podido hacer arrancar.

Santoro se apoyó en sus dos figuras y referentes, bien sostenidos atrás, con dos centrales sólidos y dos laterales disciplinados. Independiente lo buscó de entrada, lo encontró y le dejó la responsabilidad a Racing en el segundo tiempo. Con Montenegro y su visión para encontrar los huecos detrás de Shaffer, primero, y Franco Sosa, después, tuvo más posibilidades de contraataque que su rival cada vez que se aproximó al área de Assmann. Y eso que el colombiano Moreno e Ismael Sosa fueron livianitos arriba. Pepé, incluso, se mostró como un viejito piola al mandar a la cancha al Toti Ríos, un socio de buen pie para Rolfi.

Llop apostó a la explosión por las bandas pero Leandro González y Adrián Lucero fueron inofensivos. Y Sosa y Shaffer lucieron confundidos, nerviosos. Bajo esa coyuntura, Yacob se hundía en el medio. Falcón, que se había debatido entre colaborar con la marca y asistir a los delanteros, ya le había dejado su lugar al pibe Gonzalo Pérez. Claro que no es un crack. No lo tiene Racing. Pero Castromán no puede haberse olvidado de jugar al fútbol. ¿Cuánto menos era que Brian Lluy, que entró por Shaffer, lesionado? ¿Valía la pena quemar a los pibes cuando el clásico ya estaba perdido desde el juego?

Baldassi colaboró para que Independiente pudiera marcar el segundo, algo que, parecía, iba a llegar por decantación. Sólo árbitro observó infracción de Mercado al Chuco Sosa. Y Montenegro, dos veces porque primero hubo invasión de zona, aumentó de penal.

Lo que siguió, fue un concierto de ooooles. Todos rojos. Racing, apenas el empuje de Lugüercio y una disimulada impotencia de su hinchada. Independiente volvió a sentirse vivo. Santoro, también.

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