Que todo quede "en familia"

Por: Osvaldo Pepe

Son tiempos de cambios muy intensos, también en las costumbres. Los sistemas relacionales, antes estables y duraderos, tienden a la mutación continua. Así, seis de cada diez hogares ya no representan a la familia tipo, digamos "papá, mamá, dos hijos". Según datos de un informe de la ONU, ese modelo abarca en el país menos del 40% de los hogares.

Lo vemos a diario, en el barrio, en la escuela, en el trabajo. Hogares con sólo un papá o una mamá a cargo, familias ensambladas, menos casamientos, más separaciones o divorcios. Y desde la crisis de 2001 muchas mujeres al mando de la casa. También se observa un gradual avance de la llamada "realización personal", en desmedro de los proyectos compartidos. Allí está una de las batallas a librar. Se trata de mantener viva, aún con crisis -en el país o en la propia vida- la idea de reagruparse bajo el mismo techo, sin dejar de tejer ilusiones y sueños detrás de un objetivo común como sociedad. De fijar normas y valores, que apunten al sentido central de la vida, pero también a las cuestiones cotidianas que pueden servir, por ejemplo, para evitar repetidas tragedias al volante, como las de ayer en Merlo (ver: Otra tragedia joven: 4 muertos al chocar de frente a un colectivo) En el formato que tenga, la familia seguirá siendo ese núcleo que define el perfil social argentino.

Hay, eso sí, una cuestión de fondo, acerca de esa organización familiar. En su excelente "Historia de la familia en la Argentina moderna 1870-2000", la socióloga Susana Torrado dice que, finalmente, la cuestión a dilucidar es "no ya si la organización familiar será apta para producir la fuerza de trabajo que requiere la acumulación capitalista, sino más bien si esta última será capaz de compatibilizar algún mecanismo que vuelva a incluir a los vastos contingentes de la población (es decir las familias) que demandan ser aceptados (hoy, pacíficamente, quizás no así mañana) en el banquete de la vida". Nada menos.

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