Todo, dentro de la pobreza imaginada

Por: Eduardo van der Kooy

Hay un giro en la campaña del Gobierno. Kirchner mutó su irascibilidad en mansedumbre. Sus gritos, en ruegos. Con esa rudimentaria estrategia intenta ganar en Buenos Aires. La oposición, entre rencillas internas, no provoca ninguna sorpresa. Y se reparte los votos.

La Argentina está empezando a asistir al previsible y desvaído espectáculo de la campaña electoral. Quizá nunca más ajustada que ahora la denominación de espectáculo: una tira de sátira y humor televisivo casi dominó la política de la semana pasada. Cabalgaron sobre ella demasiados candidatos y demasiados funcionarios.

Si el humor consigue ocupar de ese modo el lugar de la política podrían estar sucediendo dos cosas: o la sociedad ha superado por un golpe mágico todos sus problemas y habita ahora un paraíso, o aquella política ha dejado de provocar interés y corre peligro de tocar el extremo de su decadencia.

Nada indica que los argentinos estén viviendo una época de felicidades y despreocupaciones. Alcanza con caminar algunas calles porteñas y del interior. Todo apunta a desvanecer las esperanzas de que alguna brisa renovada despierte un interés colectivo diferente sobre la política y una mejor calidad institucional.

Néstor Kirchner recurrió a las candidaturas testimoniales y embretó a Daniel Scioli y a numerosos intendentes en una pelea electoral que no tenían por qué dar así. Fue un recurso desesperado para frenar algunos vaticinios de derrota. ¿Los frenó? No hay encuestador que pueda darle ahora mismo esa seguridad al ex presidente.

El PJ disidente junto a Mauricio Macri y la Coalición Cívica con el radicalismo también hicieron de las suyas: se distribuyeron a dedo los lugares en las listas sin privarse de miserias y alborotos. Lo fueron -¿lo son?- los tironeos entre Francisco De Narváez y Felipe Solá. El ex gobernador había nominado a su mujer y luego optó por retirarla. Un intendente fue piedra de discordia entre Elisa Carrió y Julio Cobos. El desacuerdo pasó, pero las heridas quedaron.

Kirchner y Cristina, la Presidenta, arrancaron la campaña con palabras inquietantes sobre el destino del país en caso de que se abatiera una derrota sobre ellos. Los últimos días empezaron a virar. Algunos opositores, sobre todo Mauricio Macri, tuvieron reflejos perezosos y llamaron con dramatismo a una "transición civilizada" porque decretaron el fin del kirchnerismo antes de votar. Aquel giro del matrimonio los hizo retroceder con premura.

Las desmesuras hasta terminaron contagiando a dirigentes con una larga trayectoria de moderación. Hermes Binner y Carlos Reutemann se dijeron ciertas cosas horribles en Santa Fe. Tan horribles que Agustín Rossi, el candidato kirchnerista en la provincia, asemejó con su discurso a un pastor. Binner y Reutemann lo advirtieron y recobraron un poco la cordura.

Ese teatro político suele ser atrayente, tal vez por lo intrincado y sorprendente, para cualquier observador avezado. Lo es el ex presidente Julio María Sanguinetti, que días pasados presentó su libro en Buenos Aires sobre la incubación del quiebre institucional en Uruguay entre 1963 y 1973.

Sanguinetti hizo preguntas durante una velada amigable, pero evitó hacer comentarios. Los comentarios los construye la propia realidad. Los partidos uruguayos harán justo el 28 de junio las elecciones internas para definir los candidatos para las presidenciales de octubre. La puja final estaría entre el Frente Amplio, que ahora gobierna, y el Partido Blanco. José Mujica y Danilo Astori son los postulantes del oficialismo. Luis Lacalle y Jorge Larrañaga pelearán la candidatura entre los blancos. Existen conversaciones para que, en ambos casos, el perdedor pueda integrarse como vicepresidente.

La política uruguaya depara otras gratificaciones. El ex presidente Lacalle fue el presentador en Uruguay, en una oportunidad, del reciente libro de Sanguinetti en el cual critica, en especial, a los frentistas por las conductas de aquellos años sobre el resguardo del sistema democrático. Pero tampoco elude a los blancos. ¿Podría aquí Kirchner presentar un libro de Eduardo Duhalde. O viceversa? ¿Podría hacerlo acaso Duhalde con Carlos Menem o Fernando de la Rúa?

Esas preguntas con respuestas cantadas estarían desnudando diferencias sustanciales entre dos países y dos sociedades de distinta envergadura, pero con una enorme familiaridad geográfica, histórica y cultural. ¿Cómo explicar entonces las diferencias sustanciales?. Sanguinetti ensayó una explicación precisa e interesante: "En Uruguay las instituciones están por encima de su sociedad; en la Argentina la sociedad aparece siempre por encima de las instituciones", afirmó.

Esa aproximación teórica del ex presidente uruguayo ayudaría a explicar, en parte, el empobrecido espectáculo electoral de la Argentina. La estrategia del Gobierno de convertir una elección legislativa en plebiscito, una elección de medio término en una apuesta absoluta del poder. También, la distorsión de un vicepresidente, Julio Cobos, condenado al olvido por los Kirchner y encaramado ahora en una alternativa opositora.

Tal vez aquella misma teoría explique las metamorfosis repentinas en la política argentina, la facilidad y frecuencia con que se recurre a los disfraces. Asoma en los últimos días un Kirchner de tono contenido, que se aleja de los alaridos y exhibe un llamativo ánimo de conciliación.

El ex presidente habló casi una hora en el acto de lanzamiento de la campaña en La Plata sin alzar una vez su voz. La voz invariable no alcanzó a disimular, sin embargo, la tendencia de un discurso maniqueo, oscilante siempre entre el bien o el mal, la patria o la antipatria, el modelo o el antimodelo. El esfuerzo de parecer ahora lo que no es resulta tan ostensible y exagerado que hasta podría ser contraproducente en esa búsqueda de la confianza popular que, en gran medida, ha perdido. ¿Quién podría creerle, como dijo, que su futuro libro de memorias podría titularse "Todos mis errores"?

No existe un Kirchner distinto. Existe un ex presidente convertido por obligación en candidato. Su irrupción perseguiría dos metas modestas comparadas con los sueños anteriores de eternidad: asegurar la gobernabilidad de Cristina hasta el 2011 y conservar el capital político que aún posee para cuando el peronismo se lance a discutir los candidatos del futuro.

Esos caminos reconocen alguna escala en Scioli. El gobernador bonaerense fue el único que aceptó sumarse a las listas testimoniales. La renuencia de los restantes pareció entonces más enfática. Scioli fue también quien terminó convenciendo de participar en los comicios a intendentes del conurbano y del interior que tampoco querían hacerlo. La posible victoria en Buenos Aires, al margen de la caída objetiva que tenga en votos, le daría a Kirchner la posibilidad de continuar como puntal del Gobierno. Y a Scioli de añadirse.

El gobernador está ejerciendo influencia en el claro viraje de campaña del ex presidente. Al menos su tono manso de ahora lo indica. Incluso harán una distribución geográfica de campaña. No habrá día hasta junio que Kirchner no recorra el conurbano. Scioli se comprometió a la aventura de visitar el interior, donde el conflicto con el campo permanece en los números de la economía y en el espíritu de miles de pobladores.

Los encuestadores que frecuentan Olivos coinciden en un diagnóstico: la mayor diferencia que Kirchner pueda obtener en el conurbano neutralizará la marea de votos en contra que provendrá del interior de la Provincia. Y si aquella diferencia es bien amplia le garantizaría la victoria en el principal distrito electoral.

Lo que piensan los encuestadores lo sabe la oposición. De Narváez y Margarita Stolbizer centrarán energías también en el conurbano para dañar la base electoral oficialista. No se trata de una tarea menuda ni sencilla. El Gobierno tendría, a priori, una ventaja sobre los opositores: esa oposición arrasaría en el interior bonaerense, pero también dividiría sus votos.

La hipotética victoria dejaría a Scioli en una posición propicia para la carrera presidencial. Aunque dependerá mucho también de la capacidad que tenga para colocarle límites a las ambiciones de Kirchner. El ex presidente podría estropearle el proyecto al gobernador.

Reutemann no lo dice en público, pero supone que el matrimonio aún no está resignado. Una posible trifulca entre Kirchner y Scioli y un triunfo suyo en Santa Fe lo dejarían en un lugar envidiable cuando el PJ hurgue al sucesor. El senador tiene armado un eje político con Córdoba y Entre Ríos.

Kirchner tiene con Reutemann un trato especial. Respetuoso como con pocos. Viene de la época de la gran crisis cuando el ex presidente le propuso que fuera candidato, como quería Duhalde. Y que en el 2007 vendría él mismo para reemplazarlo. El senador es crítico con las políticas de los Kirchner, pero evita las alusiones personales. Kirchner sabe que Reutemann puede ser una pieza clave para la gobernabilidad de Cristina después de junio.

Ese después constituye una gigantesca incertidumbre. La crisis económica castiga pero hay signos de que, tal vez, haya pasado lo peor. La política, en cambio, no permite todavía que la misma ilusión claree en el horizonte.

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