Todo en calma, por ahora

Por Joaquín Morales Solá

Un largo suspiro de desahogo se percibió ayer sobre las alfombras del Gobierno. La CGT no se había roto, por ahora. Cualquier otra alternativa era desastrosa para la administración. Hugo Moyano es el gran aliado que aún les queda a los Kirchner. No es un amigo fácil ni generoso, pero es un amigo al fin, quizás el único importante en un erial de deserciones. Los "gordos", los "flacos" o los "famélicos", según la extraña jerga del sindicalismo, podrían ser decisivos para alterar la paz social o para quebrar el precario equilibrio de una economía con serios problemas era tan mala como una CGT dividida sin Moyano.

Dos ministros, Aníbal Fernández y Julio De Vido, trajinaron las quejas de los sindicalistas díscolos. Uno de esos ministros oyó un argumento que rebotó sobre la mesa del propio Gobierno: no era posible, le dijeron, que Moyano siguiera manejando las obras sociales. Los antimoyanistas están seguros de que el funcionario recientemente nombrado al frente de los recursos de las obras sociales es un hombre del jefe de la CGT.

La respuesta del ministro hablante fue pragmática: un funcionario está interinamente a cargo de los fondos de las obras sociales, aseguró. Y, encima, subrayó: la designación del funcionario definitivo está todavía pendiente. Las cosas cambiaron de color. Podría haber una persona de consenso en ese estratégico cargo. No hay ningún conflicto ni problema ni divergencia que encolerice tanto a los gremialistas como el manejo de las obras sociales.

Esa es la "caja" con la que ellos financian su estabilidad y hacen política. Graciela Ocaña se fue, en última instancia, porque nunca quiso entregarle esos recursos a Moyano. Juan Manzur, el actual ministro de Salud, se ha metido con la epidemia de la gripe y con la prevención del dengue. No quiere perder tiempo en esas penosas batallas con los sindicalistas. Con Manzur o sin él, lo cierto es que no será Moyano el amo y señor de las obras sociales. Eso quedó claro en la crisis de las últimas horas.

El problema de Moyano es doble: su manera de ser y sus propias ideas políticas. Moyano está deslumbrado con Néstor Kirchner porque tienen la misma forma de construir poder. Los dos golpean primero y hablan después; a ambos les cuesta entrever los límites de cualquier poder. Más, siempre más. Es la estrategia y la táctica al mismo tiempo.

Sin embargo, la CGT es una organización colegiada de hecho, donde casi todos los secretarios generales de gremios son pares del jefe de la central obrera. Moyano se hizo del poder interno y se olvidó de sus pares. Ningún secretario general de la CGT anterior hizo tan poco por seducir al resto de los sindicatos ni tampoco hizo tanto por ampliar y extender el poder de su propio gremio usando el cargo de líder de todo el sindicalismo.

El control de afiliados

Con cada uno de sus actuales contradictores internos, Moyano viene de una trifulca por el control de los afiliados. Tal vez el más emblemático sea Armando Cavalieri, el incombustible líder de los mercantiles, a quien el sindicato de los camioneros le sacó miles de afiliados en los últimos años. Fue el primero en toparse con la inmensa ambición de Moyano. Fue el primero, pero no el último.

En efecto, la hoja de ruta de Moyano como secretario de la CGT fue siempre la misma: le importaba más el poder de los camioneros que el liderazgo de la central obrera. ¿Cómo conservar alianzas o preservar amigos con ese estilo? ¿Acaso Moyano no estuvo incubando desde que llegó a la cresta del gremialismo las razones de su propio despido? ¿Creyó en algún momento que le perdonarían esas pendencias en un mundo que no perdona?

Una pregunta brota sola: ¿por qué ahora la revancha si Moyano fue siempre así? Hay que ir, entonces, al otro terreno de los problemas del líder camionero: sus ideas. Kirchner y Moyano se desconfían mutuamente y los dos resuelven las cuestiones políticas con más practicidad que ideología, pero entre ellos se han convencido, en un diálogo de consumados embaucadores, que ambos piensan lo mismo. Muchos de los opositores internos a Moyano ni siquiera se han tomado el trabajo de disimular: no coinciden con Kirchner y no creen en las cosas que éste propaga. Tienen otras ideas, simplemente.

Cuando Kirchner tenía poder, Moyano exhibía su amistad con el entonces presidente o líder indiscutido como un trofeo que callaba a sus contrincantes. El problema ahora es que Kirchner ha perdido. No hay estirpes políticas menos generosas o solidarias ante los perdedores que los sindicalistas y los jueces. El termómetro más preciso de la fuerza o la debilidad de un gobierno ha estado siempre entre los pliegues del sindicalismo y en los pasillos de los tribunales.

La eventual caída de Moyano o la ruptura de la CGT hubiera sido leída, así las cosas, como el primer síntoma contundente de la anemia política de la administración kirchnerista. El Gobierno sofocó el riesgo en el momento agónico, pero nadie vive entre engaños en el universo del poder. Moyano y sus opositores se han dicho demasiadas cosas graves en las últimas horas, y hasta se agraviaron, como para que el fuego de la discordia se haya apagado por la acción de simples disculpas entre señores elegantes. Hay que creer en el teatro, pero hay que ser conscientes también de que la función es breve.

Moyano era el argumento ideal, construido por el propio líder camionero, para que los sindicatos más poderosos del país pegaran un salto hacia un lugar lejano del kirchnerismo. Moyano conjuró la conspiración con un humilde pedido de perdón, insólito en él, que dejó a los otros sin argumentos. Por ahora. Toda calma es relativa cuando el viejo y conocido sistema de poder ya no está y cuando, encima, el sistema que lo sustituirá no ha nacido todavía.

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