¡Todavía hay margen para la esperanza!

La sociedad no debería aceptar que las discusiones sobre la política económica sean simples actos de ataque y descalificación entre los principales protagonistas. En medio de tantas agresiones, los gritos y los prejuicios ideológicos sustituyen a las ideas... ¡y muchas veces disimulan su inexistencia!.
Si algo caracterizó a la economía argentina al finalizar el 2008 es que nadie, al comenzar ese año, esperaba un escenario como el que finalmente se presentó. Un rápido repaso de las condiciones vigentes a principios de 2008 permite advertir que ningún pronóstico podía prever lo que finalmente ocurrió. La economía argentina venía creciendo a “tasas chinas” durante los cinco años anteriores, y las perspectivas eran muy favorables por el crecimiento esperado en el consumo (interno y externo) y por el nivel de precios internacional de las “commodities”.

Por otra parte, y según todas las encuestas, la Presidenta de la Nación tenía una imagen favorable que en ningún caso era inferior al 50%, y existían esperanzadas expectativas de que éste sería el periodo presidencial del “progreso en la calidad institucional de la nación”.

Por supuesto que existían problemas, y algunos de ellos muy serios.

En los últimos años de la gestión de Néstor Kirchner las presiones inflacionarias eran indisimulables, y la estrategia de “romper el termómetro” manipulando el Indice de Precios al Consumidor había demostrado ya su ineficacia.

Tampoco la amenaza objetiva que sobre la sustentabilidad del crecimiento significaba la restricción energética podía eludirse formulando vagos anuncios sobre planes de inversión en el sector.

Finalmente, una distribución más equitativa de los frutos del crecimiento requería de decisiones que el gobierno no parecía estar dispuesto a adoptar (tal es el caso de una profunda reforma tributaria y de un nuevo régimen de coparticipación federal de impuestos).

Sin embargo, luchar contra la inflación, invertir en proyectos energéticos, o discutir la distribución del ingreso nacional eran problemas a resolver en el contexto de una economía en expansión; y por ello el gobierno podía, sin pagar demasiados costos y de manera irresponsable, ignorar (y ocultar) los riesgos que significaba no atender adecuadamente estos temas.

Aquel escenario de crecimiento y buenas expectativas de comienzos de 2008 ha cambiado tan drásticamente que muchos analistas hoy creen que estamos recorriendo un camino inexorable hacia la “era del hielo”. Hemos pasado del crecimiento exuberante al temor por el estancamiento o la caída. ¿Que sucedió en el medio?

La respuesta es clara, casi obvia: a los problemas económicos que existían a principios de año, se le agregaron dos hechos inesperados: la “batalla contra la oligarquía”, cuyo detonante fue la Resolución 125 y la crisis económica internacional que ha modificado las condiciones externas.

El gobierno, por razones exclusivamente fiscales y con un instrumento diseñado con sorprendentes deficiencias técnicas, se lanzó a una cruzada en la que sus propios errores fortalecieron a quienes se oponían. El dictado de la Resolución 125, y el intento de sostenerla a cualquier precio, conmovieron las bases del apoyo que pocos meses antes había obtenido la Presidenta en las urnas. Con una obstinación y energía dignas de mejores fines, encubriendo la necesidad de caja detrás de una supuesta lucha “progresista” y con una dosis de soberbia incomprensible, la Presidenta terminó cosechando un cachetazo “no positivo” del vicepresidente de la Nación; una fisura en su propio partido y, lo que es más importante, pagó un costo en términos de “imagen” y “credibilidad” que difícilmente pueda recuperar en lo que resta de su mandato.

Para el país, lo más grave de la “guerra de la soja” no fue que el gobierno la haya perdido de manera catastrófica, sino el hecho que Argentina no pudiera aprovechar íntegramente ese periodo de precios internacionales excepcionales porque no resolvía el conflicto. De hecho, en términos económicos, el resultado de la torpeza oficial lo pagó el conjunto de la sociedad que asistió perpleja a la increíble reacción del gobierno, mientras transcurrían días, semanas y meses sin solución alguna.

La no ratificación de la Resolución 125 significó un retorno al marco legal vigente antes del conflicto, pero la situación internacional ya no era la misma. La crisis cambió radicalmente las condiciones externas y el “viento a favor” pasó a ser cosa del pasado.

Hoy ya se perciben nítidamente en nuestro país algunas de las consecuencias de la crisis global: desaceleración económica, caída de la demanda y fuga de capitales son los primeros signos. La pérdida de confianza de los consumidores y las expectativas negativas de los empresarios parecen anticipar que los problemas se profundizarán en el año 2009.

El discurso oficial comenzó negando que la crisis fuera a afectar a la Argentina, pero terminará utilizándola para disimular errores propios. Las complicaciones de la economía mundial vienen ahora a enmascarar las dificultades que Argentina ya tenía con anterioridad.

La necesidad de actuar para morigerar los efectos de la crisis obligó a modificar el discurso del gobierno y, llevado por la fuerza de la realidad, comenzó una improvisada “entrega por fascículos semanales” de medidas “anticrisis”. De alardear imprudentemente diciendo “el plan B lo necesitan los otros”, se pasó a anunciar planes B, C, D, y así sucesivamente es probable que se agoten las letras del alfabeto.

A la luz de lo anunciado hasta el presente y de las estimaciones (por supuesto nada halagüeñas) que se realizan sobre la crisis global vale la pena preguntarse ¿Cómo será el año 2009 para Argentina?

Obviamente, la marcha de la economía mundial condicionará la evolución de la economía argentina. Los análisis más optimistas señalan que el mundo no se recuperará durante el año 2009 (y muchos sostienen que recién lo hará a fines de 2010). En dicho contexto, para Argentina el escenario más optimista es el de una desaceleración significativa del crecimiento del PBI (sólo crecería entre el 1.5% y el 4%; según el FMI el 3.6%) y un aumento de la tasa de desempleo abierto (que podría volver a alcanzar los dos dígitos).

Las medidas adoptadas por el gobierno (crediticias, tributarias, previsionales y de obras públicas) intentan, razonablemente, evitar el derrumbe de la demanda efectiva para morigerar los efectos de la crisis. Una mayor prudencia y racionalidad fiscal en el periodo de “viento a favor” le permitiría hoy al gobierno contar con mayores posibilidades de “enfrentar la tormenta”, pero eso ya es historia pasada... ¡y oportunidad perdida!

El futuro inmediato exigirá un monitoreo permanente de la coyuntura económica para ir tomando las decisiones que la realidad demande. El año 2009 será además, y ello no es neutral para la economía, un año electoral. Es seguro que la mirada del gobierno estará puesta en el resultado de las elecciones y los fondos públicos serán una vez más la clave de su accionar político.

La decisión de terminar con el sistema de las AFJP, más allá de las múltiples razones que con fundamentos serios podrían esgrimirse, tuvo realmente la misma motivación que la frustrada Resolución 125: la necesidad fiscal

Acumular poder desde el poder, haciendo uso de recursos públicos ha sido un ejercicio frecuente en la Argentina, aunque en la actualidad parece haber asumido una intensidad mucho mayor. La discrecionalidad en la asignación de recursos públicos no solamente no se esconde, sino que se muestra abiertamente para disciplinar más efectivamente a gobernadores y legisladores. Por supuesto que ello no es sólo una cuestión ligada a la conducta de los dirigentes. La demagogia, que es capaz de reducir al ciudadano a la condición de “cliente”, necesita una sociedad dispuesta a aceptar esas formas de construcción política y las condiciones de necesidad económica reinantes en nuestro país facilitan el éxito de las mismas.

Sin embargo, en 2009 ya no serán de la misma dimensión los recursos disponibles por retenciones a las exportaciones, también se sentirá el “enfriamiento” de la economía” sobre la recaudación de los otros impuestos, además los ingresos provenientes de Anses tienen un límite y las necesidades de financiamiento del gobierno nacional y de la mayoría de las provincias harán más complicado aún el panorama. Para quien se ha acostumbrado a fortalecer su poder con abundantes recursos, una realidad de dificultades fiscales puede llegar a ser la peor de las noticias.

No obstante lo anterior, un menor crecimiento (y aún un crecimiento nulo) no puede ser visto como una crisis comparable al estallido final de la convertibilidad, con sus dramáticas consecuencias sociales e institucionales. Los que predicen semejanzas con aquella situación parecen ignorar que entre los años 1999 y 2002 el Producto Bruto Interno de Argentina cayó, en términos reales, más de un 18% y la mitad de la población terminó arrojada a la marginalidad y a la pobreza. Aunque 2009 será un año con dificultades, nada hace pensar en una crisis de aquella magnitud, y sería muy saludable que se las enfrentara considerándolas como una oportunidad para reflexionar sobre la mejor estrategia para superarlas.

El proceso electoral debería servir para escuchar nuevas propuestas, porque en la actualidad, con una oposición fragmentada y frecuentemente desorientada, ese debate está ausente. Una oposición responsable, que se ejerza constructivamente, no sólo aportaría un mayor equilibrio institucional sino que permitiría pensar en verdaderas políticas de Estado para un período delicado como el que atravesará el país.

Lamentablemente, en la historia de Argentina sobran ejemplos en los que la preocupación por los resultados de un proceso electoral ha llevado a los gobiernos a tomar decisiones que finalmente han impactado negativamente en la economía.

La sociedad no debería aceptar que las discusiones sobre la política económica sean simples actos de ataque y descalificación entre los principales protagonistas. En medio de tantas agresiones, los gritos y los prejuicios ideológicos sustituyen a las ideas... ¡y muchas veces disimulan la inexistencia de las mismas! Estas conductas exceden la dimensión de lo económico y reflejan lo deficiente que son los comportamientos políticos argentinos.

El año 2008 terminó siendo peor que lo que se predecía en su comienzo; 2009 será difícil, pero podría terminar siendo mejor de lo que hoy se avizora. Además de esperar la recuperación de la economía internacional, además de acertar con las medidas de la política económica nacional, ayudaría mucho a esta posibilidad un profundo cambio cultural en nuestra sociedad.

Cambio mediante el cual fuéramos capaces (comenzando por quienes ejercen el poder) de contribuir al desarrollo de una cultura política que nos permita marchar hacia una sociedad más democrática en lo político, más equitativa en lo social, más racional en lo económico, más íntegra en lo moral, y más respetuosa de sus normas, de sus instituciones y de sus ciudadanos.

Avanzar en ese sentido no solamente haría más fácil enfrentar las dificultades económicas sino que permitiría pensar en un futuro mejor en todos los planos. El rumbo actual de Argentina parece no ir en esta dirección, las elecciones de este año serán un momento propicio para reflexionar sobre el camino que preferimos transitar y comunicárselo al gobierno.

¡Todavía hay margen para la esperanza!

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