Todavía estamos a tiempo

Por Alieto Aldo Guadagni

Es cierto que aún estamos a tiempo, pero debemos actuar sin demoras frente al cambio climático que es el desafío más grave que enfrenta la humanidad. Nuestro accionar colectivo, particularmente el energético, está incidiendo negativamente y alterando la temperatura del planeta.

Esto no puede sorprender cuando la población mundial, que aumentó al ritmo de apenas 420.000 habitantes anuales en los primeros 18 siglos de nuestra era hasta la Revolución Industrial, en los últimos sesenta años trepó al acelerado ritmo de 70 millones anuales. Pero no sólo trepó exponencialmente la población, que paso de 2300 millones de habitantes en 1945 a 6700 millones en la actualidad, sino que la humanidad progresó aceleradamente en las técnicas de producción, y es así como en el siglo XX el PBI mundial se multiplicó nada menos que 19 veces. Baste decir que la producción del último siglo es superior a toda la producción acumulada en el planeta desde Adán y Eva hasta el siglo XIX.

El cambio climático amenaza a todo el mundo, pero las naciones pobres son las más afectadas. El Banco Mundial ha estimado que más del 75% del daño total por el calentamiento global afectará a estos países en desarrollo; un calentamiento de dos grados por encima de las temperaturas preindustriales, podría generar, en América latina, Africa y Asia, una importante reducción permanente del PBI. Además, estos países carecen de los recursos financieros y técnicos para afrontar el creciente riesgo climático.

El panorama se agrava cuando se observa que la mayoría de estas naciones se ubica en regiones tropicales y subtropicales ya sujetas a un clima muy variable. En estas regiones, tenderá a disminuir la productividad agrícola, y además aumentará la incidencia del paludismo y del dengue, como nos fuera advertido ya en el Informe Stern de 2006.

Se estima, además, que disminuirá la cantidad y la calidad del agua en muchas zonas áridas y semiáridas. Caerá la posibilidad de abastecer de agua potable a más de mil millones de habitantes que ya sufren escasez. En regiones montañosas, por ejemplo la cordillera de los Andes, se corre el riesgo de una reducción no sólo en el abastecimiento de agua potable, sino también en la confiabilidad del suministro de hidroelectricidad, cuestión relevante para nosotros en la cuenca del Comahue.

Además se prevé la degradación de ecosistemas, como los arrecifes de coral; mayor inestabilidad climática con fuertes tormentas, y el desplazamiento de millones de personas en zonas costeras.

Pero el cambio climático también está afectando a los países industrializados. La Agencia Ambiental Europea acaba de advertir acerca de la modificación del clima en los Alpes, donde la temperatura viene trepando al doble que el promedio mundial. Este calentamiento afecta la abundancia de nieve y, por ende, de agua potable, ya que por algo los Alpes son conocidos como los "depósitos de agua en Europa"; el informe alerta sobre la extinción de numerosas plantas alpinas y también señala que se afectará negativamente el sistema hidrológico alpino que alimenta a cuatro importantes ríos europeos: Danubio, Rin, Ródano y Po.

Las naciones negociarán nuevos acuerdos para mitigar los efectos nocivos del cambio climático, pero estas discusiones serán complejas por la magnitud de los intereses en juego. Recordemos que en 2005 entró en vigor el Protocolo de Kyoto; es así como 38 países industrializados se comprometieron a reducir, entre 2008 y 2012, sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 5,2% por debajo de los niveles de 1990 (el mayor contaminador mundial, Estados Unidos, se negó a ratificar el Protocolo de Kyoto).

Las negociaciones que se avecinan serán complejas por tres circunstancias. Primero, los países industrializados con compromisos de reducción de sus emisiones representan apenas el 28% de las emisiones mundiales. Segundo, Estados Unidos, el principal contaminador, no asumió ningún compromiso (el 21% del total mundial de emisiones). Y, en tercer lugar, el mundo en desarrollo no está obligado a realizar reducciones de sus emisiones, que ya alcanzan al 50% del total (China es el segundo país contaminador con el 20% de las emisiones totales).

La negociación que tendrá lugar en Copenhague, en diciembre, se complica aun más cuando se consideran las diferencias en las emisiones por habitante, es así como un alemán contamina 100 veces más que un etíope, un norteamericano el doble de un alemán y cinco veces más que un chino y un inglés el doble que un argentino.

Es urgente actuar ya, porque lo que hacemos ahora determinará el clima de mañana, puesto que los gases que hoy emitimos retendrán calor en la atmósfera por siglos. Las inversiones que hoy hacemos en maquinarias, industrias, edificios, usinas eléctricas y transporte durarán por varias décadas y afectarán el clima. Por ejemplo, existen hoy en el mundo algo más de 600 millones de automóviles, este stock se multiplicará cinco veces, hasta llegar a 3000 millones a mediados de este siglo; India y China aumentarán en este período su parque en nada menos que 800 millones de unidades.

Es necesario que todos actuemos de común acuerdo, porque el cambio climático es un problema global y no podrá resolverse si no cooperan todos los países sin excepción; todos tendremos que actuar, pero de un modo diferenciado, que apunte a la equidad entre las naciones.

Los países industrializados son responsables de la mayor parte de las emisiones hasta la fecha y registran un alto nivel de emisiones por habitante. Ellos deberán hacer un aporte sustancial, al reducir drásticamente estas emisiones contaminantes. Pero los países en desarrollo también deberán cooperar en el esfuerzo común, ya que ellos serán, en los próximos años, los mayores responsables por el crecimiento en las emisiones. Para apoyar este esfuerzo, muchos de estos países necesitarán cooperación internacional para contribuir a preservar el clima global con menos emisiones.

También será necesario que todos actuemos de una nueva manera, porque habrá que modificar sustancialmente los sistemas energéticos para poder abatir las emisiones en más de un 50 por ciento. Como bien se expresa en el informe presentado por Greenpeace, en nuestro país es "urgente introducir cambios profundos en el sector energético". Estos cambios deben configurar una verdadera revolución energética, con tecnologías de alta eficiencia y reducidas emisiones de carbono. Para avanzar en la promoción de nuevas energías limpias y promover la conservación energética es crucial comenzar por abolir los subsidios a las energías fósiles contaminantes, ya que no sólo son fiscalmente costosos, sino que, además, contribuyen a degradar el medio ambiente y benefician desproporcionadamente a los más ricos.

La eliminación de los subsidios a los materiales fósiles contaminantes estimulará la eficiencia y la conservación energética, y además favorecerá alternativamente las nuevas energías limpias, que deben ser urgentemente promocionadas. Recordemos que estos subsidios registran en nuestro país el nivel más alto en todo el continente, después de Ecuador y de Venezuela, países miembros de la OPEP.

En la reciente encíclica Caritas in Veritate se señala que las sociedades tecnológicamente avanzadas pueden y deben disminuir el propio consumo energético, ya que es factible hoy mejorar la eficacia energética y avanzar simultáneamente en la búsqueda y en la aplicación de nuevas energías alternativas. Además, se señala que los costos económicos y también los ambientales, por la utilización de los recursos energéticos, deben ser explicitados de una manera transparente y sufragados por quienes los utilizan, y no por las futuras generaciones.

Como bien expresa el Papa: "Los proyectos para un desarrollo humano integral no pueden ignorar a las generaciones sucesivas, sino que han de caracterizarse por la solidaridad y por la justicia intergeneracional". Esperemos que todo esto sea tenido en cuenta en la próxima reunión, en el mes de diciembre, en Copenhague.

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