El tipo de cambio y la confianza

Justo cuando la crisis internacional impacta como facto exógeno, nos encontramos frente a una ‘represión cambiaria’. Un sinceramiento del tipo de cambio puede producir confianza y no una espiralización negativa
Nuestra política económica general arrastra una paradoja: avanzando desde noviembre último en la dirección correcta de un planteo anticíclico, en el plano de la esencial política cambiaria, juega procíclicamente. Justo cuando la crisis mundial nos impone un shock exógeno negativo del lado real, en lugar de dar paso a una depreciación en forma a modo de resorte congruente de respuesta, aquélla fuerza a través de diversos métodos -controles varios, altas tasas (y aprovechando estacionalidades)- un nivel cambiario real distante del valor de equilibrio afín a la instancia, que ampare aceptablemente producción y empleo nacionales. Surge, pues, un fenómeno de ‘represión cambiaria’.

Así hay un riesgo adicional sobre la contribución a la actividad doméstica de vastos sectores de la industria y del campo (con perjuicio para las economías del interior), se puede afectar el empleo y se resigna recaudación (un cambio más alto permitiría, incluso, bancar fiscalmente la extensión de las reducciones marginales de retenciones a oleaginosas y a rubros industriales). Asimismo, cuanto más apostemos en 2009 a un crecimiento decoroso -que no sea nulo o negativo-, tanto más divisas se exigen como correlato. Un cambio más sincerado es un factor clave para posicionarse mejor en cuanto a las exportaciones y a resistir importaciones, lo que no es sustituible apelando exclusivamente a medidas de contención de comercio exterior.

Entonces, ¿qué poderosos argumentos abonan la represión cambiaria?. El medular es el de la ‘realimentación en espiral’: un ajuste cambiario hoy, vía expectativas, se espiralizaría incontinentemente, con malas secuelas: vgr., pérdida de depósitos, presiones inflacionarias fuertes.

Subyace la idea de una desconfianza básica inherente, candidata, así, a exponenciarse en el caso. La tesis la dejó trascender siempre el Banco Central, asociándola a su visión de la flotación administrada y del gradualismo, justificado éste por el sostenimiento anterior del tipo de cambio. Algo, esto último, muy discutible, dado el desvanecimiento que sufrió desde hace tiempo la competitividad cambiaria.

Una variante del planteo la arrima Frenkel. El reconoce que la devaluación, en sí, es útil de cara a la adversidad. Pero, en tanto que se han producido furcios endógenos de política que alentaron la fuga de capitales y nuestro aislamiento financiero internacional, creando un clima de desconfianza, si se devaluara bajo un tal marco, se verificaría la temida espiralización.

Lo notable es que, en sustancia, todo este enfoque es idéntico al de la mayoría de los economistas ortodoxos. Estos sólo discrepan en la conclusión: la espiralización cambiaria explosiva debe efectivizarse, dicen, porque ella resume el equilibrio en una situación de desconfianza radical.

Asoma, por ende, el desasosiego. En verdad, urge un cambio más sincerado -ir ‘de a centavo‘ es inocuo- para reforzar dada la crisis la protección directa de nuestra producción y empleo y para hacerlo indirectamente vía el aporte de divisas de fuente comercial, sin olvidar el pago de vencimientos de la deuda. Tanto más cuando el aporte de divisas de fuente financiera luce bastante restringido.

Pero, estamos entre Escila y Caribdis: si atisba una devaluación o depreciación, el destino es, a pleno, explosivo; si para obviar esto, hacemos represión cambiaria, la que ya costó reservas y que poco logra en regenerar depósitos, se daña fuerte el planteo anticíclico, complicando de más la monetización de la economía y estimulando las altas tasas de interés.

Unos dicen que el valor cambiario explosivo registra el equilibrio propio de una desconfianza suprema; otros, con la represión cambiaria, aspiran a ‘alquilar’ confianza. Como alternativa, creemos que, dentro de una estrategia integral, es operable un tipo de cambio más sincerado, anticíclico, a salvo de las molestias de la explosión y de la represión cambiarias. Y que contribuya, como tal, a una mejora auténtica de la confianza y no al revés.

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