Tinelli toma distancia del poder kirchnerista

Por Pablo Sirvén

Ya van dos veces que Marcelo Tinelli interrumpe la jarana y habla muy serio a cámara (de la inseguridad, la semana pasada, y anteanoche confrontó con la Presidenta al aludir a los pobres que lloran de emoción en su programa).

Con el mismo olfato con que Tinelli ha logrado mantenerse en la cumbre del éxito durante veinte años consecutivos, en algún momento inicia su alejamiento del poder de turno cuando éste empieza a menguar. Lo hace en el momento exacto: ni un minuto antes ni un minuto después.

No es nada premeditado. Casi se diría que le surge de manera espontánea, instintiva y solitaria (sus lugartenientes tienen mínima influencia cuando se le mete algo en la cabeza).

Así sucedió con Carlos Menem, a quien se cansó de agasajar en su programa cuando el riojano todavía estaba en su apogeo. Luego también se decepcionó públicamente, aunque más rápido, de Fernando de la Rúa, tras invitarlo a su programa (en accidentada visita cuando un joven tironeó de su corbata).

Es que cuando la popularidad de los presidentes se resquebraja, Tinelli se ubica lo más lejos posible. Cesan de inmediato sus saluditos, invitaciones y hasta la fría neutralidad que sabe llevar adelante durante largos interregnos cuando las cosas no se definen ni para un lado ni para el otro.

Lo cierto es que si Tinelli tuvo como estrecho aliado a Néstor Kirchner en la inauguración de su gestión frente a Radio del Plata (en abril de 2004), se prestó a parodiar a De la Rúa junto con Freddy Villarreal en la mismísima Casa Rosada (en diciembre de 2005), fue activo y fuerte financista (con dineros públicos) en el remozamiento integral del polideportivo de Bolívar, su ciudad natal (en octubre de 2007), y varias veces mantuvo entrevistas amistosas con el matrimonio presidencial, no cabe duda de que esas postales ahora ya forman parte del pasado.

Hay, tal vez, enojos mutuos: Kirchner habría pretendido que Tinelli devolviese favores jugándose más fuerte por la causa K desde su influyente y popular vidriera y aquél no tuvo mejor idea que hacer archiconocido a Francisco de Narváez por medio de la graciosa personificación del actor Roberto Peña cuando ganar las elecciones del 28 de junio todavía era su principal ilusión.

Por su parte, el conductor de ShowMatch habría sentido que el ex presidente le pagó con moneda magra el titánico esfuerzo de Freddy Villarreal por hacer del santacruceño una caricatura blanda y graciosa. Si hasta había logrado el milagro de convertir en algo divertido el inquietante grito de guerra oficialista ("¿Qué te pasa, Clarín ?"). Kirchner ni siquiera se dignó a ir al piso de "Gran cuñado" y apenas accedió a regañadientes a una comunicación telefónica desde Olivos que no conformó a ninguno de los dos, y el malhumor quedó flotando entre ambos.

Para colmo, después de tanto escándalo y caño, Tinelli descubrió hace pocas semanas que ponerse serio y solidario frente a cámara lo ayuda a sostenerse en un año difícil de rating veleidoso. Tener en contra a la santísima trinidad televisiva (Susana, Mirtha y Tinelli), toda junta y al mismo tiempo, es para los Kirchner peor que haber perdido las elecciones del último 28 de junio por paliza.

Por mucho que hayan dejado grogui a la oposición con la ley de medios y los anuncios de la reforma política y de la asistencia universal para cada hijo de los desocupados, cuando las estrellas más populares empiezan a levantar la voz, el frágil castillo de naipes levantado por el oficialismo se zarandea peligrosamente.

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