Tigre se llevaba todo, pero en la última pelota cantó Colón

Convirtieron Fuertes, Arruabarrena y Morel. Y Rubén Ramírez selló el empate en el tercer minuto adicionado.

Por: Marcelo Máximo

Juega con identidad Tigre. Lo intenta, este equipo de Diego Cagna que no se ruboriza por ser candidato. Su estilo definido es lo que lo lleva hasta la puerta del sueño. Al margen del desencanto del minuto final que, inevitablemente, duele. Se rompe la mano Matías Giménez. Le pega al piso una, dos, tres veces. No maquilla la impotencia. Al líder del Apertura se le escapa un triunfo en la última pelota. Se queda con un punto que le da liderazgo transitorio hasta que se presenten San Lorenzo y Boca. Sin embargo, le molesta esa espina de Rubén Ramírez en el segundo palo. Es esa sensación que sólo asumen los protagonistas. Esta tarde, pese a la dolorosa igualdad con Colón, Tigre sale convencido de que esa utopía es discutible. Que de la fantasía a la realidad queda un espacio acotado por su juego.

Esa insinuación de entrada alerta sobre su destino en Santa Fe. Porque Colón sale con la emoción de jugar, de pasarse la pelota entre compañeros. Siendo simple para los que entienden al fútbol desde la tabla periódica. Ese interesante Alfredo Ramírez se la da a Esteban Fuertes, que genera la falta de Daniel Islas para el penal. Es gol, en segunda escena -lo repite porque se invade el área- y un nuevo partido para un Tigre que no especula. Que sale en ganador. Desde lo que genera por las bandas con Giménez por la izquierda y Sebastián Rosano por la derecha el trámite se muda a la sucursal de la otra calle. Lo envuelve Tigre a Colón, lo tiene contra las cuerdas pero no le alcanza para saldar su deuda en la red. Hasta que de ese córner de Martín Morel llega el cabezazo de Norberto Paparatto, la respuesta de Diego Pozo, el travesaño y la aparición de Rodolfo Arruabarrena para la merecida igualdad. Es la concreción de tanta teoría.

Pero mientras se desdibuja su imagen, a Colón le queda siempre una bala en la cartuchera. Entonces Ramírez cabecea al palo, el balón camina por la orilla del arco y se aleja. En esa le toca la sortija al conjunto de Cagna, porque se da en un momento donde tiene en su mano el control remoto del juego. No cambia de canal. Sabe que su fútbol es abierto, que su mensaje no necesita de decodificador. Se enciende Morel, su invención otra vez le ofrece ese salto de calidad. Juega en play y pausa y eso, en definitiva, es lo que marca la diferencia de talento. Su cabeza, en posición de nueve, desata la locura colectiva.

Le falta poco para que en ese micro de regreso a Victoria se hable con el corazón.

A continuación, una nueva señal para entender de qué se trata. Tigre no se refugia en su arquero para aguantar lo que pueda ser la última pelota. Va. Siente que el partido lo llama a una definición. Morel lo tiene en mano a mano tras pase de Blanco, pero Pozo lo tapa. Morel lo tiene en segunda instancia con un remate que sale al lado del palo. El reloj camina y del otro lado no hay embates que sacudan a Islas. Hasta que una jugada de Ramírez termina en una falta de Paparatto en el descuento. A pedir de Fuertes. El remate lo controla Islas primero con sus manos, después Fontanello impide el empate de Acosta.

De ese lateral, llega un córner. Y un silencio tácito en el alma que viaja desde el arco hasta ese banco de suplentes que observa de pie su final. El gol.

Es un punto en este embudo rumbo a la última curva del Apertura. Es en Santa Fe, pero a Tigre eso no lo arregla. Porque estos entusiastas jugadores conocen sus limitaciones, entienden que sus apellidos son de otro palo, que las tablas quedan lejos. Porque Altobelli -¡cuánta potencia!- no es el italiano de los mundiales. Es Leonel, juega para Tigre. Juega para un equipo con identidad, que sale de la cancha con esa idea: la utopía ¿es tal?

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