Tierra del hambre y de la desesperación

La emblemática Cité Soleil genera una mezcla de temor y respeto entre los haitianos. La gente vive en casas precarias sin agua potable ni luz eléctrica que albergan cerca de diez personas cada una. La mayoría pasa su tiempo en las calles.
Supo ser la villa más peligrosa de América latina. Hasta hace poco más de dos años estuvo controlada por bandas armadas que la utilizaban como centro de operaciones para organizar secuestros, traficar armas y drogas. Entre fines de 2006 y principios de 2007, estos grupos, conocidos como gangs, resistieron allí el avance de las tropas de la ONU. Finalmente, fueron desarticulados luego de varios operativos que les costó la vida a decenas de mujeres y chicos que no tuvieron dónde esconderse. Todavía hoy la emblemática Cité Soleil genera una mezcla de temor y respeto entre los haitianos y si un extranjero quiere ingresar recomiendan hacerlo con gente del lugar o escoltados por fuerzas de la ONU. Página/12 eligió la primera opción y, una vez adentro, pudo contemplar la pobreza extrema que sirvió como caldo de cultivo para el surgimiento de las gangs. La gente vive en casas precarias sin agua potable ni luz eléctrica, que albergan cerca de diez personas cada una. La mayoría son desocupados que pasan su tiempo en las calles, donde la basura se fue acumulando durante años e incluso bloquea el curso de varios arroyos. A ese escenario desolador se le suma el dato asombroso de que el 80 por ciento de la oferta educativa es privada y los hospitales están arancelados porque el Estado es casi una entelequia en Haití.

Cité Soleil es una villa que comenzó a poblarse de manera acelerada en la década del ’80. Por entonces, todavía gobernaba el dictador Jean-Claude Duvalier, conocido como Baby Doc para diferenciarse de su padre, el también dictador François Duvalier, que se hacía llamar Papa Doc. Para que todo quedara en familia, a este barrio, ubicado en la costa norte de Puerto Príncipe, le habían puesto Cité Simone, en homenaje a la esposa de François. Por ese entonces los Duvalier figuraban hasta en los billetes, pero cuando el régimen cayó, su rastro se fue perdiendo y Cité Simone fue rebautizada como Ciudad del Sol. Los que llegaron del campo escapaban del hambre, y en Sonapi los esperaban las maquilas donde trabajaban para contratistas de las grandes multinacionales por sólo 2 dólares al día. Esa zona franca limita con Cité Soleil. Por eso empezaron a radicarse allí.

En 1991 el flamante presidente Jean Bertrand Aristide se ganó el apoyo de los pobres con un conjunto de medidas que buscaban mejorar un poco su situación desesperante, pero la primavera duró sólo seis meses porque luego fue derrocado por el Ejército. El golpe generó un amplio rechazo internacional y Estados Unidos impuso un bloqueo económico que aisló a la dictadura y destruyó a la ya débil economía haitiana, reduciendo las maquilas a su mínima expresión. Aristide volvió al poder en 1994 de la mano de los estadounidenses para terminar su mandato y disolvió el Ejército en represalia por haberlo destituido. En 2001 el pueblo lo volvió a elegir, pero le resultó imposible gobernar y tres años después fue forzado a renunciar con un juego de pinzas que incluyó a los ex militares en las calles y una operación relámpago de los marines estadounidenses, que esta vez no sólo no lo respaldaron, sino que lo sacaron del país. Aristide contó con el apoyo de grupos de jóvenes excluidos conocidos como "chimeres", que protagonizaron hechos violentos para tratar de resistir su salida. Algunos de esos jóvenes integraron luego las gangs, al igual que ex militares y delincuentes comunes.

La salida de Aristide dejó un clima de anarquía en las calles y la ONU envió tropas en 2004 como parte de la Misión para la Estabilización en Haití (Minustah). Las gangs se replegaron sobre los barrios marginales y tomaron el control de Cité Soleil. Como en Haití el 76 por ciento de la población es pobre y en las fortalezas de los ricos es muy difícil entrar, el robo no era un buen negocio. Entonces, optaron por los secuestros para financiarse. Cité Soleil pasó a ser entonces uno de los lugares donde guardaban a las víctimas porque la policía no se animaba a entrar. Después de varios enfrentamientos con las tropas de la ONU, Cité Soleil fue liberada, pero la extrema pobreza sigue vigente.

"La mayor dificultad es que no podemos mandar a los chicos a la escuela porque no tenemos la plata", afirma a Página/12 Denise Charles, una vecina del barrio. El 80 por ciento de los colegios son privados y esa proporción se mantiene incluso en las zonas pobrísimas. La matrícula cuesta 3600 gourdes (90 dólares) y deben abonar otros 600 gourdes por mes (15 dólares) en concepto de cuota. Además, los vecinos afirman que los colegios públicos también les exigen dinero a modo de "contribución" para aceptar a sus hijos.

Otro de los dramas que enfrentan es el precario e insólitamente arancelado sistema de salud. El hospital público Isaïe Jeantry les cobra 800 gourdes los análisis (20 dólares). "El médico te los encarga, pero si no los podés hacer porque no tenés el dinero no te vuelve a recibir", sostiene Michelle Erani. Una situación similar se vive en una salita llamada Immaculee, mientras que en el Sainte Catherine no hay doctores y los enfermos están a la deriva.

Los alimentos también son inaccesibles porque la mayoría de los habitantes de Cité Soleil están desocupados y no reciben ningún tipo de ayuda del gobierno. Incluso para los que trabajan comer es una odisea porque en las fábricas maquiladoras de la zona les pagan 125 gourdes por día al empleado común (3 dólares) y 200 (5 dólares) a los calificados. Un agravante que obstaculiza aún más el consumo es que la gran mayoría de la oferta de alimentos es importada debido a la falta de producción nacional. En este contexto, no es de extrañar que el año pasado haya vuelto a haber disturbios por la suba del precio internacional de los commodities agrícolas. De hecho, los más pobres llegaron a comer galletas de barro para engañar el estómago.

La cooperación internacional intenta revertir esta situación colaborando con un Estado haitiano raquítico, pero los vecinos dicen que la ayuda no da resultado y recientemente conformaron un foro de organizaciones de base para tener incidencia en la orientación de esos recursos. "La gente no se siente tocada por ese dinero", afirma Rivage Elle a este diario. Las estadísticas avalan esa percepción. Según un reciente informe de Flacso, entre 1990 y 2003 Haití recibió más de 4000 millones de dólares de fuentes multilaterales y bilaterales, sin incluir remesas, y Estados Unidos aportó otros 1500 millones de manera directa entre 1990 y 2005. Sin embargo, en esos años Haití cayó del puesto 150 al 154 en el Indice de Desarrollo Humano. Los países latinoamericanos que integran la Minustah, más Venezuela y Cuba, afirman que los datos reflejan el fracaso de la cooperación Norte-Sur y avanzan con acciones para consolidar un eje Sur-Sur. Argentina, por ejemplo, implementa el programa Pro Huerta en Haití desde hace cuatro años y recientemente puso en marcha una experiencia piloto en Cité Soleil. El gobierno de Estados Unidos, sin embargo, no resigna su lugar y evalúa darle énfasis nuevamente a la maquila. Incluso se habla de convertir a Cité Soleil en una zona franca. Por ahora, las casi 400 mil personas que viven allí están en calma, pero el hambre y la desesperación acortan los tiempos de un pueblo que sabe lo que significa rebelarse.

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