Tierra desnutrida en la ex Pampa Húmeda

El Inta Rafaela señala que durante los últimos 80 años se destruyó el 50% de la materia orgánica del suelo. Equivale a 6.000 dólares por hectárea. En 2006 se fueron nutrientes por u$s 3 mil millones.
La revolución verde argentina, acunada en la expansión de la soja transgénica y en la alta demanda mundial de alimentos, entró en un impasse productivo con final no necesariamente feliz. A los factores coyunturales que tiran para abajo las previsiones sobre la cosecha que viene, como la sequía que resquebraja el suelo santafesino y la crisis internacional, hay que agregarle cuestiones internas propias de un país falto de estrategia política y visión empresarial en grande. Los desmanejes del Gobierno hacia el campo mostraron la ausencia de un plan agropecuario a mediano y largo plazo. Los chacareros, por su parte, dilapidaron una porción de su futuro retaceando –incluso mientras duró el boom sojero– el uso de fertilizantes para garantizar la sustentabilidad de los suelos pampeanos. De los dos lados la obsesión por cuidar la caja propia a corto plazo abre interrogantes e hipoteca la calidad de la llanura tanta veces señalada como la más fértil del mundo.

La cosecha, para abajo. “Para el 2009 se espera una menor producción granaria, pero no a causa de una caída de las hectáreas sembradas sino por una baja en los rendimientos por el menor uso de tecnología, como agroquímicos y fertilizantes”. La frase pertenece a Alejandro Weskamp, presidente de la Bolsa de Comercio de Rosario. En su última información disponible, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (Usda) bajó sus pronósticos para la próxima campaña argentina, cuyo total estimado cayó de 50,5 millones a 49,5 millones de toneladas. Pero aquí hay quienes son aún más pesimistas.

“Los datos del Usda no tienen en cuenta lo que pasó en la primera quincena de enero, cuando el calor agravó todavía más la sequía. Para nosotros, la cosecha bajará aún más, y no pasará de los 48 millones”, calculó Fernando Botta, ingeniero agrónomo y consultor de la firma Agrobrokers. Como nunca antes, el clima se ensañó contra el núcleo de producción de soja más importante del mundo, que abarca la pampa argentina y las llanuras paraguayas y brasileñas. “Va a caer toda la producción sudamericana. En Paraguay la sequía es muy fuerte, y en Brasil a esto hay que agregarle problemas con los precios”, agregó Botta, para quien las pésimas condiciones del suelo por la falta de agua hicieron que incluso cayera la superficie sembrada en medio millón de hectáreas respecto del año anterior. Según el especialista, el anillo de 150 kilómetros a la redonda que enmarca a Rosario recibió un 40 por ciento menos de agua que el año pasado. Al panorama que deja la sequía falta agregarle la cuota de responsabilidad humana, visible sobre todo en el poco cuidado previo que una parte importante de los productores locales le dio a sus suelos.

Nutrientes, en vía de extinción. “Argentina produce soja más barata que sus competidores porque nos estamos comiendo nuestros nutrientes. Donde los productores hoy ven ganancias, hay en realidad pérdidas a futuro”. La sentencia fue el latiguillo preferido de Carlos Caparelli, director ejecutivo de la Cámara de la Industria Argentina de Fertilizantes y Agroquímicos (Ciafa). Según esa entidad, la venta de fertilizantes durante el año pasado no superó la cifra de 2,25 millones de toneladas contra los 3,4 millones vendidos en 2007, lo que habla de una caída de casi el 40 por ciento. Según la Ciafa, los productores sojeros se “ahorraron” 194 dólares por hectárea por no fertilizar correctamente el suelo. El empobrecimiento de las tierras, que afecta a toda la Pampa, es particularmente severo en Santa Fe, donde el Inta marca que el descenso en el nivel de materia orgánica en los suelos es preocupante. “En los últimos 80 años destruimos la mitad de la materia orgánica del suelo. Si transformamos eso en sus equivalentes en nitrógeno, fósforo y azufre, concluimos que perdimos alrededor de 6.000 dólares por hectárea”, reveló Hugo Fontanetto, agrónomo de la sede Rafaela. En ese estudio se afirma que en Santa Fe la tasa de reposición de nutrientes es deficitaria, lo que provoca una degradación de la fertilidad de los suelos y una disminución de los rendimientos y la sustentabilidad de las explotaciones agropecuarias. “No existe una estrategia de fertilización que tienda a la reposición de los nutrientes exportados, y menos aún alcanzar el umbral mínimo de disponibilidad de los nutrientes deficientes”, afirmaron los autores.

Un documento de análisis elaborado por el Ministerio de la Producción de la provincia para la campaña agrícola 2005/2006 corrobora esos datos y estipula que aproximadamente 2.727.700 toneladas de fertilizante natural presente en los granos fueron extraídos de los suelos como principios nutritivos minerales durante ese lapso. Eso equivale a 2.910.181.602 dólares de fertilizante comercial. “Si bien el nivel de reposición de los elementos nutritivos se va incrementando año tras año, este aporte es ínfimo teniendo en cuenta la gran extracción de nutrientes del suelo en los granos de los cultivos. Ello hace que suelos de muy buena aptitud productiva natural tengan un balance cada vez más negativo en cuanto a sus principales nutrientes, disminuyendo así sus niveles de fertilidad y productividad”. Los productores, por su lado, explican la falta de inversión por los altos precios que esos insumos tuvieron durante las últimas campañas. Como ejemplo, a mediados de 2007, el precio de la urea –el fertilizante de mayor consumo en el país– trepó hasta los 500 dólares por tonelada, casi el doble de su promedio histórico.

Los costos del pack tecnológico

El costo aproximado de sostener el esquema de labranza cero hoy es de 12 quintales (1.200 kilos) de soja por hectárea. Eso incluye las aplicaciones previas (barbecho químico), la siembra y la protección de plagas. A eso hay que sumarle tres quintales de por servicio de trilla y otro más por el seguro antigranizo. Ese cálculo está hecho sobre un valor de 82 pesos por quintal. Detraídos los costos de comercialización, el valor neto ronda los 77 pesos.

A ese piso de costos fijos, quienes arriendan campo deben sumarle el valor del alquiler. En el sur santafesino hubo grandes arrendatarios que ofrecieron hasta 20 quintales de soja por hectárea.

“La siembra directa es buena, a pesar de Monsanto”

Según la Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa (Aapresid), el 70 por ciento de la superficie agrícola del país se trabaja con ese método de labranza cero. Y si se consulta a los agrónomos de cooperativas y acopios del centro y sur santafesino, la proporción supera el 95%. Sin embargo, en esta campaña sojera hubo quienes volvieron a enganchar el arado al tractor.

“Hay productores, digamos que de Arequito al sur, que este año hicieron labranza, pero no por una cuestión de costos sino por enojo: se sienten defraudados por la política del gobierno, por la suba de agroquímicos, por la baja del precio del cereal, entonces en repudio dicen ‘voy a trabajar como lo hacía mi viejo’, y vuelven a arar. Es una actitud cultural”, contó el ingeniero agrónomo Fernando Martínez, del INTA Casilda.

El profesional lamenta esa reacción que ha percibido en su zona. Los que aran, dijo, “no consideran los costos ocultos: si se le pusiera un precio al milímetro de lluvia, verían que el laboreo les sale caro porque así no retienen humedad”.

Martínez discute con los chacareros que vuelven a roturar la tierra. “Los que tienen campos planos se pueden dar el lujo de gastar recursos así, pero donde hay suelos ondulados ninguno aró porque sabe que en las pendientes el suelo no debe tocarse para conservar humedad y evitar la erosión hídrica”, explicó.

“Todos siguen hablando de pampa húmeda, y ese concepto ya es un mito: la pampa húmeda no existe más”, alertó.

A sabiendas de que su gremio está bajo sospecha de ser virtuales agentes de venta del paquete tecnológico de Monsanto y compañía, el agrónomo se despegó de esos intereses comerciales, pero afirmó: “Aapresid no es la única verdad técnica, aunque sí es la única que le llega al productor. La siembra directa es una excelente idea, aunque detrás hay un gran negocio de multinacionales”.

Algunos chacareros volvieron a los “viejos fierros”

La sequía, las retenciones, la caída de los precios de los commodities y las ansias por ahorrar unos pesos aún a costa del maltrato de los suelos llevaron a que, según confirmaron desde el ámbito privado, algunos pequeños productores abandonaran la siembra directa para volver al sistema de labranza tradicional. “No conozco un solo caso de productor que haya vuelto a la labranza”, aseguró desde Villa Mugueta Pedro Peretti, director de la filial Máximo Paz, de Federación Agraria Argentina. Pero a pesar de esa impresión, varias voces que conocen de cerca al sector rural aseguraron que, aunque de manera marginal y lejos de hablar de una tendencia generalizada, algunos chacareros abandonaron en esta campaña las bondades de la tecnología para volver al disco. Explican esta decisión, a la que califican de un error y “grande”, por los menores costos derivados que significa ese método, ya que se trabaja con las herramientas disponibles y sólo genera gastos de combustible. Una decisión que puede reportar menos pérdidas en lo inmediato, pero que –según coinciden en señalar los expertos– más temprano que tarde afectará el rinde.

Desde la Cooperativa Agropecuaria de Bigand, el ingeniero Maximiliano González confirmó que allí hubo agricultores que debieron recurrir al laboreo, pero no atribuyó el cambio a motivos económicos y remarcó que fueron decisiones de coyuntura. “Tuvieron problemas con la maleza llamada rama negra. El barbecho químico se demoró por la sequía de otoño-invierno, cuando llegaron las lluvias de primavera esa plaga se hizo incontrolable y hubo que roturar”, contó. Igual, este profesional sostuvo que “el productor no se pasa a la labranza convencional porque la diferencia de costos es mínima: el glifosato estaba a 7,6 dólares por litro en invierno, y hoy está a 3,9 dólares”. También es cierto que en la mayoría de los casos, los sojeros reservan sus insumos por anticipado y no ahora, cuando la campaña está en marcha.

González señaló que la sequía de esta temporada recrudeció el azote de plagas como la isoca bolillera y la cortadora, tucuras y grillo subterráneo. “Entonces, hubo que invertir más en productos”, reconoció.

Otro agrónomo consultado, Omar Mangiaterra, de la Cooperativa Agrícola y Ganadera de Monje, aseguró que en su zona “el 99,5 por ciento hace siembra directa”.

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