¿Tierra arrasada?

Por Mariano Grondona

Una y otra vez, a lo largo de los años, Néstor Kirchner ha probado ser igual a sí mismo. Una y otra vez, sin embargo, la sociedad esperó que cambiara. Los referentes políticos y empresarios que se están reuniendo estos días con los delegados de Kirchner en el Gobierno, ¿abrigan acaso alguna esperanza de que el cambio que alentaban, al fin se produzca? Difícilmente porque, así como los kirchneristas sólo amagan que el cambio está por venir, sus interlocutores van lo mismo a las reuniones porque, más que aguardar la tardía aparición de un "nuevo Kirchner", no quieren que, cuando el cambio pruebe de nuevo ser inviable, la sociedad los culpe por no haberlo intentado.

Hay que reconocer de todos modos que el hombre que aún lo controla todo nunca emitió un gesto personal que indujera a los argentinos a suponer que iba a cambiar. Esta tarea de "desinformación" quedó a cargo de sus subordinados. Pero poco a poco, gestos como la declaración del nuevo ministro de Justicia de que no impulsará la modificación del Consejo de la Magistratura, la nueva vuelta de tuerca que Ricardo Etchegaray acaba de aplicar al mercado de cambios y, por supuesto, la permanencia de Guillermo Moreno, sirvieron para recordarnos que el Gobierno sigue girando en torno de un único protagonista.

¿Cómo describir entonces a Kirchner? Como un político que sólo contempla dos opciones: doblegar a sus interlocutores o, si no logra hacerlo, vengarse de ellos. Este es el Kirchner de ahora y de siempre. Lo fue en la gobernación de Santa Cruz, lo volvió a ser desde Buenos Aires y continúa siéndolo ahora pese a la primera gran derrota que experimentó hace un año frente al campo y a la segunda gran derrota que sufrió el 28 de junio a manos del pueblo. Lo que lo puso en retirada no fue su propia autocrítica sino la acción conjunta de estos dos adversarios.

Lo mismo que Hitler al perder en Rusia, pues, Kirchner tendrá que retirarse "sí o sí" por la acción de las fuerzas que ahora lo superan. ¿Por qué Hitler luchó empero hasta la última gota de sangre de sus soldados cuando ya no tenía posibilidades? Una inquietante explicación psicológica es que en el fondo quería castigar a sus soldados y a su propio pueblo por no haberlo sostenido con eficacia, condenándolos por ello a perecer junto a él. Este agudo ejemplo de irracionalidad, ¿se aplicará ahora a un Kirchner empeñado en castigar a todos los que no supieron acompañarlo? ¿Extenderá entonces su venganza hasta el mismo pueblo que no lo votó? ¿Será la suya una política de "tierra arrasada", para que a sus vencedores les cueste mucho más levantar al país después de él? Esta perspectiva, impensable desde el ángulo de la sensatez, ¿lo es acaso cuando se trata de anticipar las acciones del "hombre fuerte" que dominó a la Argentina por seis años?

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