No tiene piso.

River se acostumbró a perder en situaciones límite. Hay un equipo que se supera en las derrotas y un plantel que no permite arriesgar cuál es el fondo de esta crisis...
Una reciente encuesta reveló que el 73% de los argentinos se consideran exitosos en sus respectivas actividades. Pero los integrantes de River nadan contra la corriente: cada día se acercan más al otro 27% de la torta. Igual, a la luz de los hechos, siguen mostrándose invictos. El mea culpa no llega. Las derrotas se repiten. Y las altas dosis de autoestima, que diariamente se escuchan cuando se piensa en el partido que vendrá, son tan parecidas a la realidad como un elefante a un mosquito.

"Trataremos de no desaprovechar las próximas oportunidades", dice Gorosito. "Jugamos un gran primer tiempo", dice Buonanotte. "Quedan siete finales", dice Fabbiani. Ninguno advierte que el equipo no tiene piso. El fondo siempre puede verse un poco más abajo, en las profundidades de caídas que van superando en contenido y forma a las derrotas anteriores. Si en el 2007 River era noticia por quedar eliminado ante la potencia de Caracas, ahora lo es por caer con el poderosísimo Nacional de Paraguay. Si hace un par de meses logró perder por primera vez con todos los equipos ascendidos, en diciembre estrenó el último puesto en 108 años de historia. Si antes le costaba jugar campeonatos internacionales, hoy sufre hasta las excursiones cuyas distancia superan por un kilómetro al Monumental. Ejemplos como los del domingo sobran en tiempos de caída libre: un partido clave, dos tiros al arco, errores en cadena.

Y esto se escribe cuando River mantiene posibilidades de lograr el Apertura. Pero su andar es tan pendular que ya no se sabe si mirar la tabla con el ojo puesto en los siete puntos del líder, en el medio o en el fondo... O si conformarse con haber superado la performance del Apertura 08. O si llorar al revisar el global de la temporada: apenas pasa al Lobo Jujeño. O si pispear la tabla de promedios que, luego de julio, lo mostrará más abajo que en toda la existencia de torneos de 3 puntos.

Tenía razón José María Aguilar. ¿Para qué está el equipo?: "Y está para ser cuarto". Y ya ni cuarto está. También Gorosito se anticipó al diagnosticar necesidades. "Nos faltan dos morochos que se hagan respetar en el vestuario", comentó en la intimidad. Esos morochos eran Mercier y Escudero, apenas dos ilusiones. Igual que las prácticas a todo o nada que el mismo Pipo imaginó hasta pisar las arenas movedizas de la realidad.

Todo lo puede este equipo que se muestra optimista frente a cada instancia decisiva y que se declara pesimista al entrar a la cancha. La primera final de la semana era Newell's. Ahora, Lanús. Esta capacidad para lastimarse en forma anticipada no es nueva. San Lorenzo, Arsenal, Chivas y los torneos en los que River ni siquiera llega a olfatear la pelea revelan un mal que pulveriza récords negativos. La única alegría reciente duró lo mismo que la simbiótica sociedad entre Ortega y Buonanotte y que la solidez de Carrizo. El colmo lo escribió Simeone con su renuncia: se fue al cabo de otro revés en el que vio a un conjunto sin cuchillo ni dientes. Ni Passarella antes, ni Rodríguez y Gorosito después cambiaron esta verdad.

Archivando la gloria del ayer, el hincha debió copiar el afán compensatorio de Racing: a más dolor, más aliento. Pero eso tampoco les llega a los de adentro, que van en camino a superar a las máximas tragedias de la Academia. ¿Será una cuestión anímica? ¿De confianza? ¿De capacidad para afrontar la adversidad? ¿De agobio escénico por la tela que llevan puesta? Si Freud viviera, tendría agenda llena cruzando la puerta de Figueroa Alcorta.

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