El que tiene más para ganar es el propio Estado

Por Hernán de Goñi

Para los consumidores, la tarea del Indec nunca fue merecedora de elogios. De hecho, el organismo suele despertar el mismo nivel de desconfianza que el de los funcionarios que conducen su destino. Por eso la población se acostumbró a no depender de él.

Tanto a la hora de evaluar un precio en un supermercado, de resolver si conviene o no colocar un plazo fijo, de juzgar las tasas que cobra una tarjeta de crédito o de discutir su propio salario, el único parámetro que usa hoy el ciudadano común es su billetera: si le alcanza, lo compra; si no le alcanza, pide aumento de sueldo. Así es la vida real, más allá del Indec.

Hasta el Estado mismo demuestra que le cree poco a sus estadísticas. Lo hace cuando convalida una paritaria para sus empleados con 19% de incremento. Y lo sufre cuando un inversor lo castiga con una prima de riesgo que encarece su financiamiento.

Si el Gobierno es capaz de devolverles credibilidad a las estadísticas oficiales, será sin duda el principal beneficiario del cambio. Porque la gente no lo espera, y porque si se produce podrá reconquistar la confianza de los agentes económicos en el resto de sus políticas. El riesgo que corre es que debe hacerlo con Néstor Kirchner y Guillermo Moreno en el mismo barco.

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