Qué tiene y qué le falta a Cobos para ser presidente en 2011.

Por: Manuel Mora y Araujo.

Luego de su voto "no positivo", que selló la victoria del campo sobre el Gobierno, el vicepresidente Julio Cobos pasó a encabezar los sondeos de opinión pública. Pero esa ventaja puede desaparecer de la noche a la mañana. Por ahora, se mantiene en la cresta de la ola y es percibido como el héroe de una guerra que ya pasó por una sociedad que busca un liderazgo dialoguista, conciliador. No está solo en esa franja, en la que compiten Scioli, Macri y Reutemann. Además, necesita un partido, una estructura organizada. En ese sentido, ya fue indultado por la UCR, que celebra su convención en Mar del Plata.

El conflicto con el campo instalado a partir de la Resolución 125 y, particularmente, el voto de esa norma en el Congreso el año pasado aceleraron un proceso que ya estaba gestándose latentemente al interior de la coalición oficialista: desacuerdos fundamentales, de fondo y de forma, se tradujeron en un paulatino desgranamiento de miembros de la coalición. Dirigentes de distintos grupos políticos que integraban la coalición comenzaron a emigrar a otros espacios. El problema del agro precipitó la partida de una gran parte de los radicales K, de justicialistas que apoyaron a Kirchner desde un principio pero fueron marcando esos desacuerdos posteriormente, de justicialistas más independientes que –en muchos casos, por razones tácticas antes que por sintonía profunda con Kirchner– también le habían dado su apoyo y, finalmente, se fueron además algunos ultrakirchneristas de la primera hora. También se alejaron, pero por diferentes razones, algunos socios de la coalición que sostenían posturas más de izquierda.

En aquella votación en el Senado cupo a Julio Cleto Cobos –ciertamente, sin que él lo hubiese buscado– el papel del votante marginalmente decisivo. Es posible que la historia no sería la que fue si la votación en el Senado se hubiera definido sin necesidad del desempate. El tema sobre el cual el Senado estaba empatado era importante para la sociedad argentina. Eso, y sólo eso, catapultó a Cobos al estrellato. Antes de ese día, el perfil de Cobos era más bien bajo y su imagen pública no particularmente destacada; en las encuestas de opinión, su imagen medía por debajo del 20 por ciento, y aquellos hechos lo llevaron a una aprobación del orden del 70 por ciento. Ahora bien, no hay duda de que para que un hecho puntual produzca un efecto de tal magnitud es necesario, además, que exista en la sociedad un vacío. El lugar existía, había un vacío en las demandas insatisfechas de la sociedad y Cobos lo ocupó. Lo que Cobos representa hoy en la política argentina es el producto de una circunstancia hasta cierto punto fortuita, sumado a una demanda insatisfecha de cierto tipo de liderazgos.

En aquel momento, dirigentes opositores ya había, tanto como hoy. La demanda de liderazgos opositores no era mayor que hoy; era más bien menor, si se piensa que la imagen positiva del Gobierno, al desencadenarse el conflicto en marzo de 2007, estaba en el entorno del 50 por ciento y se encuentra ahora en el entorno del 30. Menos gente demandaba en aquel entonces opciones alternativas al Gobierno. Lo que se demandaba, antes que más oposición, eran opciones con matices diferenciados del Gobierno, porque éste ya estaba declinando en la confianza del público y un horizonte no feliz ya parecía preanunciarse en el ambiente.

En otras palabras, el vacío que Cobos llenó no era exactamente el de liderazgos opositores sino el de líderes dialoguistas, conciliadores, artífices de consensos. Cobos no es el único en ese espacio. Hay dirigentes que militan en el oficialismo y tienen algunos de esos atributos –por ejemplo, Daniel Scioli–; también los tienen algunos que militan en la oposición –por ejemplo, Macri–. Pero si Cobos no es el único en ese espacio, sí es el primero. El perfil de atributos de Cobos resulta ser, en las circunstancias actuales, atractivo para mucha gente, porque suma distintos aspectos todos ellos positivos: no rompió abiertamente con el Gobierno sino que más bien fue expulsado unilateralmente de la coalición en castigo por haber obrado con independencia. También pesa el hecho de que Cobos fuera un kirchnerista radical. Hasta ese momento, el radicalismo llamado K recogía casi todo el voto radical del país. Contra lo que predicaban –y todavía predican en alguna medida– dirigentes radicales que no adhirieron al proyecto de Kirchner y dirigentes de otros diversos grupos opositores, la sociedad argentina no veía mal, sino en todo caso bien, que miembros de un partido no afín a un Gobierno lo apoyen cuando éste encarna una oportunidad de cambios. Cobos, por su apoyo a Kirchner, fue expulsado de su partido, y eso, lejos de dañar la imagen pública de Cobos, hizo mal a la imagen del partido. Que luego el Gobierno lo expulsase de su coalición sólo por haber procedido de acuerdo con sus principios nuevamente fue a favor de la imagen de Cobos, no de la del Gobierno ni de la del partido radical.

Lo cierto es que Julio Cobos pasó hace un año al primer rango entre los dirigentes que están expresando la posibilidad de un liderazgo político sustentado en el diálogo y la búsqueda de síntesis. Y ahí sigue estando, hasta ahora.

Si Cobos persiste en su actitud dialoguista y no conflictiva, sus mayores competidores en términos de un perfil de liderazgos políticos nacionales con proyección presidencial no serán los dirigentes de los espacios confrontativos, ya sean estos del oficialismo o de la oposición; serán otros dirigentes que hoy ocupan el espacio de la moderación donde él se situó. Para mencionar a algunos de ellos, hay quienes siguen en el oficialismo –por ejemplo, Scioli–, otros que nunca estuvieron –como Macri– y otros que estuvieron y dejaron de estar –Reutemann, Solá, Schiaretti, Binner, muchos radicales K–.

La ventaja de Cobos es su índice de aceptación más alto en la opinión pública. Es una ventaja que puede desaparecer súbitamente, de la noche a la mañana; requiere un trabajo permanente para ser sostenida en el tiempo.

¿Lo favorece no ser candidato en esta extraña elección legislativa de 2009? Difícil evaluarlo, hay pros y contras. Correr en esta carrera en cancha embarrada y en un contexto donde la oferta es tan desordenada y la demanda tan vaga posiblemente lleva al desgaste a los dirigentes y candidatos. Estos tienen que hacer campaña electoral para instalarse en la ciudadanía y, a la vez, tienen que lidiar con sus adversarios, que –como es obvio– procuran desgastarlos, pero tienen que lidiar también con sus aliados o potenciales aliados –esos a los que cabe el viejo adagio "líbrame, Señor, de mis amigos..."–. Promover y consolidar alianzas en medio de continuas peleas que sorprendentemente se ventilan en los medios de prensa y no en ámbitos reservados de deliberación, candidatearse y descandidatearse día tras día, decidir esas cosas como si fueran asuntos personales, casi íntimos, y no decisiones estratégicas que comprometen a muchos, pelearse unos y otros por las candidaturas, todo eso confunde a la ciudadanía mucho más de lo que la orienta. Lo esperable es que esas cosas desgasten a cualquiera. Cobos no está en esa situación. En Mendoza protagonizó un acuerdo electoral con su antiguo partido que se concretó rápida y simplemente. Ahora, el hombre espera que la UCR decida qué quiere hacer con él –y denota que lo espera tranquilo–.

El radicalismo oscila entre distintas posibilidades. Una es aceptarlo de regreso como al hijo pródigo. Otra es aceptarlo refunfuñando, como se recibe al hijo que partió sin permiso, se portó mal y vuelve al hogar. Otra es no aceptarlo y tratarlo como a un aliado externo, sin amor. Como la opción, y la discusión que lleva a ella, es de los radicales, a Cobos esa espera no parece estar desgastándolo. A los ojos del público, hoy, él no necesita a su partido, es el partido el que lo necesita a él.

Cobos, por lo tanto, no sufre el desgaste de la competencia electoral presente. Lo que podría desgastarlo es la ausencia en estas lides. Por ahora, de algún modo campea como el héroe de una guerra que ya pasó y es tratado como tal por las poblaciones que quieren más paz, menos batallas y más dirigentes que se no engolosinen con sus triunfos marciales. Cobos da con ese perfil. Pero, a partir de ahí, debe enfrentar el riesgo de mantenerse en un primer plano en la vida pública del país sin ser candidato, cuando algunos de los otros lo son y otros están ejerciendo funciones ejecutivas en sus respectivos gobiernos locales. La exigencia que se le presenta es dura: debe revalidar continuamente el lugar que alcanzó en esa oportunidad única que él supo aprovechar.

La sociedad acepta símbolos y testimonios tanto como acepta ofertas programáticas y propuestas sustantivas. No hay un único camino para llegar a instalarse en el lugar de la representación genuina de sectores de la ciudadanía. El problema crítico para Cobos no es cuán consistentes o vagas, o hasta desconocidas, son sus propuestas, o cuánto sus atributos de liderazgo son meros destellos fugaces. Esos aspectos son riesgos ciertos, porque cabe esperar que tarde o temprano la ciudadanía demande propuestas sustantivos y no tan sólo símbolos. Pero hay un problema mayor, que es el desafío de todo mercado: cómo hace alguien que dispone de una oferta para posicionarse –posicionar lo que está ofreciendo– en el lugar que los demandantes esperan, y consolidarse en ese lugar. Esas cosas no dependen de los oferentes, dependen de los compradores, de sus percepciones. Julio Cobos tiene el desafío de entender a su público en estos tiempos difíciles y cambiantes, y tiene que descubrir los caminos para ofrecer las respuestas. Otros competidores están en esa carrera. Julio Cobos no es un general enfurecido, y eso cae bien. Por el lugar donde se encontraba cuando se destacó ante la opinión pública, bien podía ni siquiera haber sido un general de la política. Hoy es más bien un general pacífico, tal vez podría ser un pacificador. O podría, al cabo de estos procesos políticos enrevesados que sobrevuelan a la sociedad argentina, terminar cayendo en la irrelevancia.

Sabemos, sí, que está demandando la sociedad. Sabemos quiénes parecen ser, en esta hora, los dirigentes políticos con los atributos más adecuados para responder a esas demandas.

Hay algo más que algunos creemos saber pero acerca de lo cual no todos los argentinos están convencidos: para que esa oferta política se torne sustentable y se transforme en una opción cierta de gobernabilidad y liderazgos para una masa significativa de la población, hace falta una estructura organizada. Siempre existe la idea de que ese tipo de estructura es sustituible por liderazgos personalistas y por comunicación televisiva.

La realidad parece desmentir esa idea. Si esto es así, Cobos necesita la estructura. Si la encuentra en su antiguo partido, deberá avenirse a convivir y conciliar con otros dirigentes. Así eran las cosas cuando los partidos pesaban en la política nacional, y así es bueno que sean para que la política se despoje en alguna medida del mesianismo que hoy la aqueja y recupere la capacidad de representación democrática de la ciudadanía.

No está dicho que haya un solo camino, pero se advierte un desafío mayúsculo para dirigentes como lo es hoy para el país Julio Cobos: no se trata solamente de descubrir las oportunidades que el destino a veces ofrece, además hay que construir laboriosamente un vínculo productivo entre el lugar de la práctica de la política y la sociedad, que, a la vez que la demanda y la necesita, la sustenta. Cuando la gente sale a las calles enarbolando el mensaje de mejor institucionalidad –como ocurrió hace pocos días con la muerte de Raúl Alfonsín– está señalando que algo de eso le está faltando a la sociedad.

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