Tiempo al tiempo

River hizo todo para ganarlo al principio y bastante para perderlo después. Y el final fue electrizante: zurdazo de Torres al travesaño y tiro libre de Ortega al palo. ¡Empate!
Revive River. Reviver. Juega con las palabras y con la pelota. Parece haber aprendido la lección: no sale dormido. Tiene los ojos bien abiertos. Tiene a Buonanotte picante, que huele sangre y va. Vallés y Sigali no se oponen. Al contrario. Pero el Enano no peca de angurriento y toca al medio, Rosa, Rosa, Rosales, el (al fin) maravilloso no perdona. River en apenas tres minutos ya está arriba. Chau miedo a perder, adiós miedo a ganar. Por primera vez en muuucho tiempo el equipo le es más leal a sus ideas que a sus miedos. Por eso no tiene aproximaciones al arco de Ibáñez: va a fondo, es superior en toda la cancha y deja en ridículo el 1-0.

Pero, justamente los peros son inevitables si se trata de River. Y no hace falta esperar demasiado. En la primera que Godoy Cruz arma en la parte final, Rojas deja al rojo vivo la endeblez defensiva del equipo de Astrada. Desnuda sus fallas. Deja al descubierto que la piedrita más chica puede convertirse en un piquete descomunal. Y vuelve el terror a quedarse sin nada. Y reaparece el pánico a ir por más. River ya no está ganando tres puntos. River está rescatando uno y apenas sobrevive.

Entender cómo un equipo con autoridad, buena circulación de pelota y decisión (e ideas) para dominar se convierte en otro equipo apichonado, dubitativo y que erra pases de dos metros, es lo que desvive a Astrada. Y la esencia de tantos porrazos. No hay dudas de que la salida de Cabral tuvo bastante que ver. Y no precisamente por las garantías defensivas del Sargento, sino por el cambio que generó su lesión. Al tener que retrasar a Almeyda, River perdió presencia en el medio (A Domingo le costó hacer pie), marca y, lo peor, como no tenía barreras en esa zona, empezó a meterse atrás. Así, el dominó fue imparable: Ferrari ya no se proyectó, el pibe Pereyra sintió esa falta de retroceso que le marcó Astrada en la semana, Ortega quedó lejos de todo y Buonanotte y Rosales se encontraron sin la pelota para seguir haciendo sufrir, principalmente, a Vallés y Sigali.

Godoy Cruz no alteró sus ideales. Tampoco inició una revolución futbolera. Pero vio que River no era el mismo y se agrandó. Y si durante los primeros 45 buscó tímidamente a Vega (casi siempre de media distancia), en la segunda parte empezó a verle la cara más seguido al arquero de River. Abriendo la cancha, manejando la bola en tres cuartos y buscando el hueco para lastimar. Y lo tuvo Torres con un misil que devolvió el travesaño. Y apareció Higuaín para hacer cumplir la ley del ex pero su derechazo se fue apenitas afuera. Y hasta el colombiano Valencia quiso vengar su (breve) paso por Núñez, pero Vega otra vez la sacó al córner. Era cuestión de animarse.

River ya no estaba en la cancha. Al menos el River del arranque. Y si la cara de Astrada era entendible, sus cambios fueron ambiciosos. Porque a pesar de pasarla mal, River ya no atacaba sólo con un enganche y dos puntas: tenía dos volantes ofensivos (Ortega y Pereyra) y tres delanteros (Buonanotte, Rosales y Villalva). Y esa búsqueda casi le da todo con ese tiro libre del Burrito que Ibáñez y el palo devolvieron. ¿Si hubiera sido justo que lo ganara? Sí y no. Porque fue más y fue menos. Mostró que es el mismo pero puede ser otro. Y es claro que para definirse sólo le falta tiempo al tiempo.

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