El tiempo de Obama ya está corriendo en su contra

En Oriente Medio dan por descontado que las derrotas de esta semana del presidente norteamericano lo obligarán a atenuar su presión sobre el gobierno de Netanyahu.
Por: Marcelo Cantelmi

Barack Obama acaba de cumplir apenas un año de su histórica elección presidencial y 10 meses en el poder, pero el tiempo parece desplomársele encima. Una implacable trituradora está mutando en papel picado los polvos mágicos del "yes, we can" que hace tan poco esperanzaron a EE.UU. y al mundo.

Las derrotas que sufrió esta semana en Virginia y New Jersey son señales ominosas que pueden acelerar de modo insalubre su atención en las elecciones de medio término del 2010 que renuevan un tercio del Senado, todo diputados y dos tercios de los gobernadores. Será el momento que los republicanos esperan para convertir en su gran reconstrucción y devaluar a una rebelión de juguete todo el enorme significado de la llegada a la Casa Blanca de un hombre multicultural como Obama y sus ideas de distensión y moral tras la decadente experiencia de George Bush. Esa batalla no ha cesado.

El presidente había sido el primer demócrata desde 1964 que triunfó en Virginia, un estado históricamente republicano. Y había retenido sin problemas New Jersey, un bastión de su partido. Ahora ha perdido el gobierno de ambos por una culpa que no le pertenece, pero de cuya gestión es responsable.

El año que aún no se cumple de su estancia en el poder coincide con el golpe de la recesión en el nivel de la economía real. En esa caída se perdieron 8 millones de empleos. Y si el país volvió a crecer +3,5% el último trimestre, también aumentó de modo irritante la desocupación que llegó ya a 10,2%. El voto independiente castigó en estos distritos una realidad que no deja de lacerar. Pero el impacto del resultado puede ser más grueso. Vale recordar que la derrota de Bill Clinton en esos dos distritos en 1993 -por entonces él también un joven recién llegado al Salón Oval y aún envuelto en la esperanza- anticipó su caída en las legislativas del año siguiente que dieron paso a la revolución conservadora de Newt Gingrich, antesala del experimento neoconservador de Bush y Dick Cheney.

La historia, es cierto, no siempre se repite del mismo modo. En Nueva York, por ejemplo, un demócrata le acaba de ganar la banca en Representantes a un fundamentalista republicano respaldado por Sarah Palin, la ex candidata a vice que los halcones del partido están armando como una nueva Bush en todo sentido para las próximas presidenciales. Pero lo que sí importa de la derrota en Virginia y Nueva Jersey es que, realista como es, le reducirá a Obama su capacidad de fuego y le modificará su agenda. No sólo dentro del país.

En Israel celebran en silencio este revés del líder negro norteamericano, porque suponen que esmerilará su poder de presión sobre el gobierno del halcón Benjamín Netanyahu, renuente a hacer cualquier cosa para aliviar la crisis con los palestinos. Y descuentan que también recortará la diplomacia "blanda" que esta Casa Blanca propone sobre Irán.

Aquí piensan que ya no sucederá nada. Lo cree Netanyahu y también sus aliados. Y quizá nada termine sucediendo. Por eso tiró la toalla el presidente palestino Mahmoud Abbas, quien denunció la "traición" de Obama por las declaraciones aquí el sábado pasado de la canciller Hillary Clinton quien, sin medir la exageración, elogió como "histórico" el mínimo paso del gobierno israelí de restringir pero no detener los asentamientos en Cisjordania que avasallan la posibilidad de un Estado Palestino.

Abbas puede estar en lo cierto. El siempre duro Joel Marcus escribió esta semana con picardía en su columna del Haarets: "Obama ya ha aprendido una o dos cosas sobre el poder del lobby judío en EE.UU. El año próximo hay legislativas y necesitará del apoyo de la diáspora para evitar la pérdida de la mayoría en una o las dos cámaras".

No es el único frente que se ve desalineado. Afganistán y Pakistán, el mayor arenero militar que enfrenta Washington, ya es descrito maliciosamente en EE.UU. y Europa como "Caosistan". Octubre fue el peor mes para la Casa Blanca con 55 soldados muertos en Afganistán. Y Gran Bretaña acaba de sumar, en horas, la pérdida de media docena de sus hombres.

El oficial que el jueves en un gesto demente masacró a 13 colegas en Texas, en la mayor base del ejército norteamericano, agregó aún más atención a un estremecido pueblo norteamericano sobre la calamidad que llega unido a todo lo militar.

Los republicanos llaman Hamlet a Obama porque duda, sensatamente, en enviar otros 40 mil hombres a Afganistán, un conflicto que ya dura más que la Segunda Guerra y que insumirá este año US$ 65 mil millones sin resultados a la vista.

Las elecciones fraudulentas que coronaron la reelección de Hamid Karzai como presidente de ese país asiático, otro legado turbio de la fallida etapa imperial de Bush, condenan a la Casa Blanca a asociarse a un régimen corrupto, que trafica opio y que la rebelión Talibán desafía con facilidad. Obama sabe, como el británico Gordon Brown, que si se pierde Afganistán, perderán Pakistán -también en manos de un régimen picado de corrupción- y su arsenal de armas nucleares.

Una guerra atómica con India sería inevitable en esa avalancha. En 2001, cuando EE.UU. invadió Afganistán, tuvo la oportunidad de invertir para reconstruir la calidad de vida de ese pueblo martirizado y modificar la realidad regional. Pero eso no le interesaba a Bush. Y estas de hoy son las consecuencias. La apuesta militar es más de lo mismo. Obama quizá lo advierta. Pero el tiempo ya corre en su contra.

Copyright Clarín, 2009.

Comentá la nota