Un tiempo de enorme incertidumbre

Por: Eduardo van der Kooy

Ante la candidatura de Kirchner y el adelantamiento de las elecciones, el escenario político del país cambió. Cobos quedó con su proyecto político a la intemperie, mientras Solá y De Narváez corren contra reloj. La Provincia es clave, pero Scioli tiene problemas de todo tipo.

Néstor Kirchner será al final candidato en Buenos Aires. Gabriela Michetti quizás no tenga más remedio que trenzarse con Elisa Carrió. Mauricio Macri no podrá darle la espalda a la elección legislativa nacional. Hermes Binner deberá cargar de nuevo con la incómoda sombra de Carlos Reutemann. Julio Cobos ha quedado con su proyecto político a la intemperie. Felipe Solá y Francisco de Narváez ya están corriendo una carrera dramática contra el reloj.

Ese paisaje político revuelto e imprevisible sucede a la repentina decisión de Cristina y Néstor Kirchner de adelantar las elecciones. La Presidenta fue autora de la comunicación a la sociedad. El ex presidente maquinó el golpe de timón con la misma audacia e imprudencia con que días atrás se había sumergido en la lejana elección de Catamarca. Allí le fue muy mal. El interrogante queda ahora abierto para la apuesta de junio. Pero, en cualquier caso, aflora el dirigente imprevisible, inescrupuloso, capaz de sacrificarlo casi todo por el poder. En ese sentido, parece arrancarle una luz de ventaja a sus competidores.

Aquel afán por el poder no repara en ninguna frontera política e institucional. Suele ser así cuando sólo el poder es lo que manda. La Argentina ingresa en 90 días de desenfrenada campaña. El Congreso deberá a las apuradas fijar nuevas normas electorales. Los partidos tendrán que improvisar planes y candidatos. Los Kirchner no han sido una excepción, aunque digan lo contrario, al maltrato y el desprecio por las instituciones.

La historia de la democracia de nuestro país tiene que ver con ese maltrato. El peronismo no vaciló en 1989 con atizar el incendio y forzar la salida anticipada de Raúl Alfonsín. Carlos Menem zamarreó la Constitución para permanecer en el Gobierno más de una década. El estallido de la Alianza devino en el 2001 en la insólita sucesión de tres presidentes en una semana. Eduardo Duhalde pergeñó en su tiempo de emergencia una salida electoral pensada, sobre todo, para dirimir fuerzas internas en el peronismo. Kirchner abdicó su reelección pero sin pudores cedió el trono a su esposa, Cristina. ¿Por qué debería entonces sorprender tanto la nueva alteración del calendario electoral?

La culpa y la responsabilidad primaria de tantos desatinos recae siempre en aquellos que concentran el poder mayor. Ahora, los Kirchner. Pero hurgando hacia abajo del esqueleto político se descubren también conductas cuestionables aún en aquellos que, por su trayectoria o su aparición novedosa, generan expectativas en la sociedad. ¿Tenía Binner la necesidad de convertir a Santa Fe, uno de los pagos más castigados por la crisis, en un teatro de tres votaciones hasta octubre? Hay un atenuante para el líder socialista: esa determinación la adoptó luego de una ronda de consulta con los partidos. ¿Necesitaba Macri embretar a los porteños en un desdoblamiento fogoneado quizás por el egoísmo o el temor?

A los Kirchner los está acechando la crisis económica. Cristina alertó con extrema pereza que "el mundo se cae a pedazos" y que "esos pedazos caerán sobre la Argentina". Un gesto saludable de realismo pero también de inocultable hipocresía. La misma Presidenta refutaba con jactancia, hace pocas semanas, a aquellos que advertían sobre los inevitables efectos de la crisis y marcaban las medidas de salvataje que disparaba su Gobierno.

Ese martirio se acortará a junio con el anticipo electoral. Pero no es el único martirio. El conflicto con el campo ha sido devastador para los Kirchner. El desgranamiento del peronismo pone en duda su destino político.

Vamos por partes. Cristina tuvo una áspera reunión con Agustín Rossi y Miguel Pichetto, los jefes de los bloques del PJ en Diputados y el Senado. Esos legisladores le plantearon que no podían en plena época electoral jugar siempre a las escondidas con la oposición empecinada en discutir la baja de las retenciones que reclama el campo. "Parece que están muy influidos por Reutemann", les espetó la Presidenta.

Kirchner, su marido, se alarmó con una reunión sindical del lunes último. Gerónimo Venegas, secretario de las 62 Organizaciones, no sólo descargó críticas contra el matrimonio. Explicó también que su gremio --el de peones rurales-- seguirá sin pliegues los pasos de la Mesa de Enlace. Lo interrumpió Hugo Moyano con una frase intempestiva: "A los camioneros también nos está perjudicando el conflicto con el campo. Esos dos (por Cristina y Kirchner) nos van a llevar a la ruina", pronosticó.

Moyano es un soporte vital del enclenque sistema político del matrimonio. Rossi y Pichetto fueron fieles y eficaces ejecutores de las órdenes que bajaron desde la Casa Rosada y Olivos después de la derrota con el campo. No se puede descartar que Cristina y Kirchner resuelvan en las semanas venideras alguna segmentación para las retenciones de la soja que obre como sedante. Para atemperar hasta después de las elecciones los reclamos del campo. Para quitarle al peronismo en el Congreso una insoportable presión opositora. Para serenar al jefe de la CGT. También para terminar de ordenar a un peronismo que continúa corcoveando.

Ningún peronismo le preocupa más a Kirchner que el de Buenos Aires. La provincia puede ser la llave de su triunfo o de su derrota. ¿Qué sucede en Buenos Aires? El Frente para la Victoria ha perdido diez diputados en la legislatura bonaerense. Se echaron a los brazos de Solá. Otros ocho todavía no se van pero marcaron distancias con el kirchnerismo. En más de medio centenar de intendencias bonaerenses ese kirchnerismo se ha quebrado. Los consultores hacen cálculos que estremecen al ex presidente: el Gobierno podría perder unos 400 mil votos en el interior bonaerense que en el 2007 acompañaron a Cristina. Son de localidades donde el conflicto con el campo se siente como un flagelo.

Otros números en esa misma tierra tampoco causan tranquilidad. Un informe de una consultora que no trabaja para el Gobierno reveló un estado de ánimo: el 55% de los bonaerense se inclinaría por votar a un candidato opositor al Gobierno, el 27% lo haría por un oficialista y el 18% todavía no lo sabe.

Una medición directa entre Kirchner y De Narváez arrojó novedades sorprendentes. Ganaría hoy el ex presidente, pero por sólo 3 puntos: 31 a 28%. Falta esperar aún el despegue de Margarita Stolbizer, la postulante de Carrió.

Daniel Scioli padece esa inestabilidad del peronismo en Buenos Aires y también la enorme incertidumbre electoral. La falta de seguridades a los Kirchner podría volverse como un búmeran contra su propio proyecto.

El conflicto con el campo es un estigma. Pero lo es todavía más la inseguridad. Kirchner hizo críticas a las autoridades provinciales luego del asesinato del cuarto policía en 24 días en la comarca bonaerense.

La reacción del ex presidente no fue la única novedad ingrata para Scioli. Carrió instruyó a la Coalición Cívica que no deberá empantanarse en la nueva discusión electoral planteada por el Gobierno que ocupará al Congreso. Tiene el propósito de hacer de la violencia y el delito uno de los ejes de campaña de su agrupación.

Kirchner añora la política de purgas en la bonaerense que en su tiempo practicó León Arslanián. Scioli cree que la lucha contra la delincuencia sólo es posible apelando a la policía. Juan Carlos Paggi, el nuevo jefe de la fuerza, reclama 8 mil agentes más para patrullar algunas de las temibles calles provinciales. El ajustado presupuesto no lo permite. A falta de plata Scioli trataría de recurrir a la política. ¿Un cambio drástico de su gabinete? ¿Una convocatoria a un Consejo de Notables? ¿Tal vez Javier González Fraga? ¿Tal vez también Roberto Lavagna? Por ahora sumó a Eduardo Camaño, un ex duhaldista, ex jefe de Diputados, para que le rehaga la arquitectura política en Buenos Aires.

En sólo una semana cambió todo el escenario político del país. Se sabe que llegan tiempos de crispaciones y campaña. Se sabe que, muy probablemente, se vote el 28 de junio. No se sabe, en cambio, cómo será el amanecer de los argentinos el día después.

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