Tiempo del Bicentenario

Por H. Brienza

La arbitrariedad de celebrar el mayo porteño en detrimento del 9 de Julio de 1816 como fecha iniciática es un nuevo desdén de la ciudad-puerto a la decisión soberana del resto de las provincias que hoy integran nuestro país-maceta.

El 2010 será posiblemente el año de la gran odisea intelectual de la Argentina. Releía noches pasadas los libros que marcaron el Primer Centenario cuando me visitó una idea que echaba por tierra mis propias convicciones sobre el Bicentenario. Como alguna vez escribí: no creo –si es posible un auto de fe sobre una fecha– en el 25 de mayo de 1810.

El año pasado escribí una contratapa argumentando que los argentinos deberíamos celebrar como primera junta patria a las autoridades establecidas en Chuquisaca (actual Bolivia, por entonces territorio del Virreinato del Río de la Plata y hasta 1826 Estado integrante de las Provincias Unidas del Sur, tan unida a su destino que en el acta de la Independencia fue firmada por Charcas, Chichas y Mizque). Podría agregar, después de nueve meses de controversias, que la arbitrariedad de celebrar el mayo porteño en detrimento del 9 de Julio de 1816 como fecha iniciática es un nuevo desdén de la ciudad-puerto a la decisión soberana del resto de las provincias que hoy integran nuestro país-maceta.

Pero la idea que acudió a mí, que se esparció por mi biblioteca como una humareda debajo de la puerta, es la posibilidad de que el tiempo no fuera otra cosa que un capriccio artístico. La propiedad de esta teoría pertenece un joven de 27 años de Wellington, Nueva Zelanda, llamado Peter Lynds, quien escribió en su trabajo El tiempo y las mecánicas clásica y cuántica: indeterminación vs. discontinuidad que el tiempo es mensurable sólo gracias a la conciencia de los individuos –a la cultura–, que no hay intervalos de tiempo y que todo está en continuo movimiento, por lo tanto no es posible establecer ciclos ni progresos. Si Lynds tiene razón, no sólo echaría abajo la teoría de la relatividad de Albert Einstein, sino que, además, nos dejaría sin Bicentenario a los argentinos.

La inexistencia del tiempo –admito que se trata sólo de un licencia literaria– de la que podemos hacer gala era desconocida para los hombres de Mayo de 1810 que se hicieron una pregunta fundamental por aquellos días: "¿Qué sistema político queremos que rija el presente y futuro de los habitantes de estas tierras?". Porque "la" pregunta que se hicieron los "patriotas" en el siglo XIX no estaba mediada por la arbitrariedad geográfica del origen de las personas; no era una batalla de argentinos contra españoles: era, además de una lucha de intereses económicos y de políticos –en términos de poder–, una pelea por el sistema político: "¿República o monarquía?", "¿Extensión y democratización institucional y geográfica o concentración?". La respuesta a esa pregunta llevó poco menos de un siglo de sangre y fuego, y concluyó con la cristalización del Proceso de Organización Nacional iniciado por Bartolomé Mitre –con pólvora– y sellado por Julio Argentino Roca –con pólvora, también, claro–.

El Centenario despertó otras preguntas. Los principales intelectuales de 1910 abrieron una nueva cuestión: "¿Qué fuimos, qué somos los argentinos?"; "¿Qué es la argentinidad y quiénes son argentinos verdaderos?". Ricardo Rojas, Manuel Gálvez, Joaquín V. González, Leopoldo Lugones, entre otros, intentaron contestar estas preguntas. Y las respuestas pusieron en el centro del debate la "cuestión nacional" que nacionalistas oligárquicos, republicanos, la multiprocesadora de nacionalistas que significó el primer peronismo y, finalmente, el indoamericanismo de corte marxista intentaron clausurar. Pero la encargada de poner coto –y fue realmente una cacería sangrienta– a la cuestión del ser argentino fue la última dictadura militar autoproclamada con bastante pericia y certeza "Proceso de Reorganización Nacional".

Hace apenas cuatro días, la cultura nos ha dicho que hemos llegado a 2010 y que la vanidad de un número redondo nos obliga a realizar festejos, conmemoraciones, evaluaciones e inventarios. La veleidad del nuevo siglo nos convoca a creer que la patria es más una suma de segmentos contrapuestos que un devenir de tradiciones en pugna. Y este año, si los intelectuales y los políticos vernáculos no se enredan en gritar respuestas afectadas y pretenciosas, volverán las preguntas preñadoras. La única cuestión que aparece como vital en estas horas es el tipo de modelo capitalista que preferimos vivir los argentinos: ¿Redistribución –no distribución primaria, que está fuera de discusión, claro– o acumulación de riquezas con derrame? Pero el alcance simbólico, el nivel de abstracción que alcancen las preguntas condicionará, obviamente, las respuestas que se obtenga a lo largo de este siglo.

Lejos de proponer respuestas falaces, la pretensión de estas palabras es alertar sobre la importancia de los signos de interrogación. Y, tal vez, la de soñar con la posibilidad de que los argentinos podamos reformular las prioridades. La interpelación, entonces, es: ¿qué preguntas debemos hacernos los argentinos este año para que dentro de cien años no debamos hacernos más preguntas?

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