Terremotos remotos

Los haitianos prefieren pensar que hay un dios aunque los condene a la pobreza sostenida y les mande, de tanto en tanto, desastres como éste.
"Es de mañana y en Port-au- Prince, en las calles de Port-au- Prince, hay una cacofonía sostenida de gritos, músicas, bocinas y un calor imposible. En esas calles, que alguna vez fueron asfaltadas y ahora son barro negro maloliente, hay hombres que se lavan la cabeza con el agua servida que las cruza, mujeres que despulgan sobre sus faldas a chiquitos muy flacos, mujeres que dormitan bajo un sol como espadas, mujeres que se pasan el día entero de rodillas ante diez guayabas o un montoncito de maní. Hay hombres que llevan sobre el hombro maderos grandes como cuatro hombres, hombres que miran lo que más hombres hacen, hombres que miran a esos hombres que miran, hombres que ni siquiera se interesan, mujeres que llevan sobre sus cabezas baldes de agua o fardos despiadados, en equilibrio imposible, y muchos chicos que corren chapoteando del barro a la basura. En una esquina, otra mujer con camiseta de batman cuenta por cuarta vez su fortuna de catorce paltas y, a su lado, otra casi desnuda toma agua muy sucia de una taza, a sorbitos, y grita con los ojos en blanco: la cabalga un espíritu farsesco. En esa esquina, un chancho gris y grande como un trueno come basura sobre una montaña de basura y un pálido cabrito en la punta de una soga espera que alguien lo compre para llevarlo al sacrificio. Un negro blanqueado por la enfermedad lava un auto de antes del diluvio, y otro parte con una pica sobre el barro negro una barra de hielo. Lo miro, y él cree que tiene que excusarse. En créole me dice que su pica no es buena, que él sabe que en los países extranjeros las hay mucho mejores. Gente que pasa recoge del barro negro los pedacitos que le saltan, y los rechupa con alivio. No hay viento, y en el aire pesado se mezclan los olores del mango, la basura, la mierda y la canela con ese frito intenso de un aceite que hierve desde siempre. En esas calles, la miseria es ese olor inconfundible, una mirada de odio, la cara con que te piden todo el tiempo una moneda. Detrás, en las casitas de madera o de cartones, pintadas de colores, familias se amontonan en seis metros cuadrados sin luz ni agua ni grandes esperanzas. A veces llueve. Otras diluvia", escribí, hace ya casi veinte años, cuando fui a Port-au-Prince, la capital de Haití, que ahora, además, es una ruina.

Una ruina y, de pronto, tantas cosas vuelven a su lugar. Jueces juiciosos, jueces prejuiciosos, presidentas y presidentes imprecisos, reservas y terceras, embargos sin embargo, fondos, formas –hasta un bicentenario: todo en su lugar. De pronto, porque de pronto la prepotencia de la muerte los devuelve a su lugar de pavaditas. Aquí al lado, a menos de siete mil kilómetros, una tierra tembló y murieron docenas y docenas de miles y miles de personas. O, mejor dicho: murió una señora Catherine de unos sesenta años ocho hijos infinidad de nietos que vendía trozos de coco en la avenida y se teñía las canas, murió un chico Jean-François cuatro años gran comedor de mangos de la calle, murió su hermano Pierre que le llevaba un par de años y había empezado la escuela hace tres meses pero no le gustaba, murió un señor Étienne cuarenta y tantos empleado del correo de la calle Pétion dos hijas una nieta que el lunes pensó no ir a trabajar porque tenía acidez pero supuso que su jefe iba a suponer que estaba con resaca y le dio miedo y fue y el mundo se le cayó encima –y así de seguido, con muchos más detalles, mucha más sangre, mucha más mugre y mierda y gritos, cien mil veces. Imaginen estas frases reformuladas cien mil veces: sólo para ofrecer de cada muerto una imagen tan precaria como éstas serían precisas diez mil páginas.

Fue aquí al lado, a menos de siete mil kilómetros, en un país desarrapado destrozado bellísimo. Fue aquí al lado y la prensa argentina lo contó con desgana: se dedicó, sobre todo, a esa falta de imaginación que suelen llamar nacionalismo, y se empecinó en repetir la historia del gendarme misionero que murió en su puesto de la ONU; reafirmó nuestro provincianismo, nuestra insistente convicción de que sólo nos importan los que tienen nuestro pasaporte –porque no debemos ser capaces de pensar que un señor haitiano o indonesio nos queda tan cercano como el otro. Pocas conductas más baratas, más cortitas. Siempre me sorprende que una civilización que fracasó tan brutalmente en su intento de establecer ese concepto muy abstracto que algunos franceses con peluca quisieron llamar humanidad haya tenido tanto éxito en establecer otro concepto abstracto que llamaron nación. Otra falla de la Ilustración –que irrumpió con otro terremoto.

Hace dos siglos y medio, en noviembre de 1755, un temblor tremebundo devastó Lisboa. La ciudad quedó destruida y más de 60.000 cristianos murieron en sus ruinas. Pero el sismo también sacudió a Europa: voces y más voces se levantaron contra la crueldad de un dios que podía mandar tanta muerte a sus amantes seguidores. Miles se preguntaron quién era ese monarca que se cargaba a sus súbditos tan fácil, y para qué servía. La existencia –la insistencia– del Mal hacía que ese dios fuera un ineficiente o un turrito: o lo hacía a propósito y era el mayor canalla, o no podía evitarlo y era un perfecto inútil. La duda se hizo más profunda.

Corrían tiempos ilustrados, intelectualosos; el caballero Voltaire no podía quedarse fuera del debate. En su largo Poema sobre la destrucción de Lisboa, el caballero anunció que jamás podría volver a creer en la benevolencia de un dios tan cruel, ni en la idea de que el mundo estaba hecho desde el bien e iba hacia el bien. Y que creía que este mundo era "un desorden eterno, un caos de desdicha" y descreía de cualquier optimismo: "El pasado no es más que aquel triste recuerdo./ El presente es horrible si no hay un porvenir".

Rousseau, su amigo y enemigo, le contestó defendiendo a su Señor con argumentos leguleyos: "Entre tantos hombres aplastados bajo las ruinas de Lisboa, sin duda muchos evitaron desdichas mayores; y pese a lo que la descripción de su fin tiene de conmovedor, y lo que puede aportar a la poesía, no es seguro que uno solo de esos infelices haya sufrido más que si, según el curso original de las cosas, hubiera esperado su muerte en medio de largas angustias. ¿Hay un final más triste que el de un moribundo al que se abruma de cuidados inútiles, que un notario y sus herederos no dejan respirar, que los médicos asesinan en su cama?".

Su defensa de la misericordia divina era curiosa, casi anibalista. Hacia el fin de ese escrito, Rousseau explicaba por qué seguía creyendo en ese dios: "Se trata de la causa de la Providencia, de la cual lo espero todo. (…) He sufrido demasiado en esta vida como para no esperar otra...". La confesión rousoniana era conmovedora; el golpe volteriano, muy brutal. El caballero negaba a muchas cabezas pensantes de Europa la posibilidad de esperar algo de Dios: ni otra vida ni nada bueno en ésta. El tema estaba lanzado: el terremoto de Lisboa fue decisivo en la historia de nuestra cultura. Tiempo después, tras tanta prédica y peleas, el famoso materialismo ateo se hizo fuerte en las conciencias de Occidente. Pero la religión no ha muerto –ni mucho menos– porque tantos siguen pensando con Rousseau: "He sufrido demasiado en esta vida como para no esperar otra". Por eso, entre otras cosas, es tan probable que el remoto terremoto haitiano no produzca los mismos resultados que aquel, antiguo, de Lisboa. Los haitianos del mundo prefieren pensar que hay un dios aunque ese dios los condene a la pobreza sostenida y les mande, de vez en cuando, desastres espantosos, porque les sigue dando a cambio la ilusión de que hay un orden, un viso de justicia y, sobre todo, una esperanza de otra vida. Para salvar esa última esperanza aceptan un amo que los maltrata más allá de lo pensable: que los mata de a miles, mezclados, sin sentido, pura cólera ciega. La ecuación es curiosa. El miedo no sólo no es zonzo; es, sobre todo, tan despiadadamente poderoso.

Así que, a pesar del Mal despendolado –a pesar de terremotos y hambrunas, matanzas y tsunamis–, millones siguen arrodillándose ante un dios que lo hace o lo permite. Y encima lo proclaman; no deja de extrañarme. Una vez más: si yo creyera que ese dios existe –si yo creyera que en algún lugar del infinito pulula un ente todopoderoso que no usa su todopoder para impedir estos desastres–, si yo creyera que hay un dios tan hijo de puta como para matar de un golpe a cien mil muertos de hambre, y si ese dios fuera mi dios, mi amo, me pasaría la vida negándolo, diciendo a todo el mundo que no existe, que cómo se le ocurre, ¿dios? ¿un dios? ¿eso qué significa? Frente a desgracias como ésta, el verdadero creyente no tiene más remedio que fingir que es ateo. Así que hay que dudar de casi todo, como siempre.

PD: "Yo es otro", escribió Arthur Rimbaud y, esta tarde, yo también. Como quizás ustedes sepan, a causa del conflicto gremial entre la redacción y la gerencia del diario Crítica de la Argentina, esta semana los redactores no firmamos nuestras notas. Si quieren, si pueden, adivinen.

Comentá la nota