Los tentáculos del poder K

Por Fernando Laborda

A pesar del fuerte rechazo social al matrimonio gobernante en las encuestas de opinión pública, el gobierno kirchnerista se las está ingeniando para dar muestras de que su capacidad de daño permanece intacta y de que, consecuentemente, su poder no ha menguado.

Hay una antigua diferencia entre el poder y la autoridad.

El poder apela a la facultad de sancionar, se sustenta en la fuerza o en la amenaza, aunque también pueda ser usado para recompensar.

La autoridad, en cambio, se caracteriza por la capacidad de encauzar el comportamiento de los otros, sin tener que recurrir a amenazas ni sanciones. Se apoya en el consenso y en la legitimidad.

Tras la derrota electoral sufrida el 28 de junio, el kirchnerismo parece haber abandonado la posibilidad de recrear su autoridad y se ha conformado con apelar al poder de coacción para continuar gobernando. El llamado a un diálogo amplio que formuló la presidenta Cristina Kirchner aquel 9 de julio quedó definitivamente sepultado.

Pese a las limitaciones que exhibe el peculiar estilo de conducción kirchnerista, no son pocos los que sucumben ante él. Basta con advertir la sumatoria de voluntades que cosechó el oficialismo en las dos cámaras del Congreso para imponer la controvertida ley de medios audiovisuales. En no pocos casos, merced a promesas de apoyos financieros a las provincias o al temor a quedar excluidos de los beneficios de la billetera K.

Los Kirchner no son ingenuos. Saben que no hay tanta lealtad a ellos como a la caja que maneja el gobierno nacional. Pero están dispuestos mientras puedan a capitalizar esa situación, agravada por los problemas fiscales de no pocas provincias y municipios que barajan la posibilidad de recurrir a una mayor presión tributaria o a la emisión de cuasimonedas si la reactivación de la economía real sigue demorándose.

El titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, un soldado de Néstor Kirchner, no se pone colorado al admitir que el órgano federal de recaudación de impuestos es un engranaje del poder político y no un cuerpo independiente del Poder Ejecutivo.

Guillermo Moreno tiene menos pruritos aun en confirmar que el objetivo de la administración kirchnerista es poner de rodillas a todas aquellas empresas que no se sometan a los designios del matrimonio gobernante, como lo revelan las denuncias sobre sus amenazas a directivos de Papel Prensa.

El modus operandi anunciado por el secretario de Comercio no es otro que el aplicado contra otras empresas que el Gobierno quiso ver en otras manos. Hacerles la vida imposible por medio de los mecanismos regulatorios, movilizar a sindicatos y comisiones internas de los trabajadores, ahogarlas financieramente a fin de bajarles el precio, y confiscarlas u obligarlas a vender a empresarios cercanos al poder político, como ocurrió con otras empresas de servicios públicos y como ocurrirá, en el futuro, con determinados medios de comunicación.

Con este esquema de poder y sus tentáculos, el kirchnerismo buscará explotar su mayoría parlamentaria transitoria y aprobar antes del 10 de diciembre, en que se producirá el recambio legislativo, un presupuesto 2010 a la medida de sus necesidades políticas y, eventualmente, una reforma electoral que le garantice a Néstor Kirchner su supremacía en el justicialismo.

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