La tentación de Lula

Por Mariano Grondona

Recordamos a Fernando Henrique Cardoso no sólo porque fue presidente de Brasil entre 1995 y 2003 sino también porque fundó un sistema. Como su frase más recordada es que "tres períodos es monarquía", Cardoso tuvo el buen cuidado de respetar la reforma constitucional que él mismo había propiciado, la cual no permite más de dos mandatos presidenciales consecutivos.

Pese a provenir de otro partido, Lula fue en cierto modo un discípulo de su predecesor, quien pudo transmitirle su saber político en una serie de reuniones que ambos mantuvieron antes de 2003. Pero son fuertes las presiones que ahora se ejercen sobre el actual presidente, que marcha hacia el fin de su segundo mandato con una popularidad del 80 por ciento, para que, rompiendo la regla de oro que le legó Cardoso, acepte un tercer mandato consecutivo a partir de 2010.

Si Lula cediera al fin a la tentación "re-reeleccionista", obtendría seguramente otros cuatro años en la presidencia pero dejaría a su país sin sistema porque ingresaría en el peligroso camino de las reelecciones consecutivas que hoy caracteriza a los regímenes autoritarios del venezolano Chávez, el ecuatoriano Correa, el boliviano Morales y el matrimonio Kirchner.

En América latina, la reelección consecutiva indefinida es la frontera que separa esas expresiones del autoritarismo populista de las repúblicas democráticas como Brasil, Chile y Uruguay, todas ellas en camino hacia las democracias maduras de Europa y América del Norte.

Pero la maduración democrática de las naciones latinoamericanas sólo ha sido posible con una condición previa: el renunciamiento de sus presidentes-fundadores. En 1994 el primer sucesor democrático de Pinochet, Patricio Aylwin, renunció en Chile a la posibilidad de una reelección inmediata, creando así un precedente que seguirían puntualmente sus sucesores Frei, Lagos y Bachelet. En 1990, Julio Sanguinetti respetó escrupulosamente por su parte la prohibición de la reelección inmediata de la constitución uruguaya, algo que reiteraron sus sucesores Lacalle, Batlle y Tabaré Vázquez. En 2003, ya Cardoso había descartado ese tercer período consecutivo al que calificó de "monárquico" y hasta ahora se suponía que Lula haría lo mismo al fin de su segundo mandato.

Los países latinoamericanos que hoy se encaminan al desarrollo político lo han logrado en cumplimiento de un principio básico: que los fundadores de sistemas, los fundan y se van. Lo mismo habían hecho todos los presidentes argentinos a partir de Urquiza, hasta la catástrofe institucional de 1930. Si Lula cediera ahora a la tentación reeleccionista, dejaría a Brasil sin sistema. Seguiría en el trono por algunos años más pero, al hacerlo, renunciaría al pedestal.

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