El temor al cambio paraliza al gabinete

Por: Ignacio Zuleta

Pasó el Gobierno a la clandestinidad. Algunos de los ministros más encumbrados del gabinete justifican su silencio (en palabras y gestos) en que el elenco que rodea a Cristina de Kirchner ha pasado a disponibilidad. Cualquier movimiento puede ser usado en contra del funcionario y mejor dejarle toda la administración al novato Juan Manzur, que está en la carrera de convertirse en el ministro más dicharachero desde Domingo Cavallo.

Tiene que compensar tanto silencio oficial antes de las elecciones sobre la gripe, un demonio que angustia al público que se confunde más cuando ve las contradicciones en los mensajes. Ayer Claudio Zin (ministro de Daniel Scioli) dijo que se le dará Tamiflu a todo quien lo pida en los hospitales bonaerenses; Manzur, a las pocas horas, dijo que se le entregará sólo a quienes estén en estado grave.

Es bueno que el Gobierno hable de esto, aunque lo haga en demasía en un país que parece paralizarse hora a hora: sin clases, ni teatro, ni tedeum del 9 de Julio, con cines y shopping vacíos. Se mantiene la actividad privada pero con ausentismo alto porque quien percibe algún síntoma de gripe deja de ir a trabajar. En algunas ramas de la industria la caída de la actividad hace menos perceptible ese ausentismo, que se retroalimenta y aumenta la caída.

Los ministros, además, tratan de retomar la gestión que tenían suspendida por las elecciones. Interior (Florencio Randazzo) vuelve con el programa para entregar los DNI a miles de personas que no lograron tenerlos ni con las facilidades que el oficialismo dio en algunos distritos en los que creía se beneficiaría con más votantes. Ayer, bajo la lluvia, más de mil sufrientes que hacían la cola ante la sede del Registro de la calle 25 de Mayo de la Capital Federal, a pocos metros de la Casa Rosada, arrimándose a la pared para evitar, encima, la lluvia. Un ujier, a los gritos, les anunciaba que por la gripe sólo atenderían a los enfermos y a quienes tuvieran ya el turno correspondiente. Tan poca credibilidad tiene el Estado que nadie se movió, y seguía lloviendo.

Infraestructura (Julio De Vido) trata de reponer los planes de obras públicas que se prometieron en la campaña. Con la grilla del escrutinio provisorio en la mano, las autoridades comienzan a habilitar esos programas según un esquema de premios a los que ayudaron y de castigos a quienes hicieron el doble juego, ése que le hizo perder las elecciones a Kirchner en Buenos Aires.

Honduras

Cancillería (Jorge Taiana) se entretuvo en la última semana en lo que el Gobierno llama la «misión en defensa de la democracia y el multilateralismo» (este lema describe la crisis de Honduras con el lenguaje tieso y escondedor que usaba la URSS para sus misiones de paz y amistad, que eran más bien al contrario; se trataba y se trata de esconder). Todo lo que protagonizó Cristina de Kirchner pudo hacerlo con menos gastos y la misma eficacia por teléfono, mail o hasta por el modesto y olvidado fax. O enviando funcionarios (Lula da Silva destacó para tan acuciante emergencia apenas a su vicecanciller, a su Chiaradía, digamos). Como se trataba de un issue de derechos humanos, se sumó a la misión el ministro de Justicia, Aníbal Fernández. La Presidente en el discurso que dio el lunes pasado incurrió en el blooper de hablar de «la provincia de Honduras», quizás por eso embarcó al ex ministro del Interior de su marido.

Los únicos que parecen tener trabajo son los ministros de Salud, Acción Social y Educación; es la gripe su responsabilidad y el público los pide en el escenario. De ellos, nadie duda de que están atornillados hoy en su silla, algo que no pueden decir de sí mismos Carlos Fernández ni Sergio Massa.

Sufren éstos el aliento en la nuca de muchos testimoniales que esperan algún premio por haber defendido al Gobierno desde alguna lista de contrafrente (caso Agustín Rossi) o desde el llano (caso Patricia Vaca Narvaja) o desde la derrota (caso Dante Dovena). Todos se creen con derecho para avanzar sobre los cargos en esta hora de gabinete tambaleante.

Sí parecen resistir el viento nuclear del cambio un Carlos Tomada, a quien le asegura continuidad la ola de huelgas que lanzan en estos días los caciques sindicales, que huelen sangre como los tiburones y repiten el clásico de acosar a un Gobierno débil. Aunque sea peronista, es decir, amigo de la columna vertebral; se lo hicieron a Isabel Perón, le paralizaron el país por aumentos de sueldo, lo mismo que amenazan esta semana hacer Hugo Moyano, Antonio Caló y los heterodoxos de la CTA. Sueñan éstos también que un Gobierno débil termine creyendo que una sola CGT es demasiado enemigo y mejor autorizar a la disidente CTA como central paralela.

Melancólicos, en un rincón de la sala oscura, Nilda Garré y Lino Barañao miran cómo se despedaza el resto. Un país sin defensa (ni, gracias a alguien, amenazas bélicas) y sin conciencia de la ciencia les regala a los ministros de esas áreas largos y grises mandatos, de los cuales nadie se acuerda pero nadie, después, recuerda.

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