Un temblor que obligó a "mediar" a Cristina

Por: Pablo Ibáñez

En persona, Cristina de Kirchner intervino para desactivar la amenaza de fractura de la CGT y se convirtió, a través de los ministros Julio De Vido y Carlos Tomada, en la garante de la tregua, frágil y temporal, sellada ayer entre Hugo Moyano y los jerarcas críticos.

Ajena a esos entreveros tóxicos, rubro que en el matrimonio político siempre atendió Néstor Kirchner, la Presidente fue forzada a mediar para que el pulseo sindical no dinamite la convocatoria a un diálogo que transita, desde que alumbró, al borde del abismo.

La noche del miércoles, Cristina le pidió al jefe de la CGT -un moyanista dijo, ayer, que «le suplicó»- que acceda a las demandas de los «gordos» y de los «independientes» para evitar una fractura. La gestión operó, se admitió en Casa Rosada, vía De Vido.

Fue el último, e imprescindible, esfuerzo del Gobierno para que Moyano, en público, emita señales contemplativas para que pueda dar frutos la otra maniobra: el movimiento de pinzas de Andrés Rodríguez (UPCN) y Gerardo Martínez (UOCRA) para activar el dispositivo antirruptura.

La intervención presidencial tuvo un motor inimaginado: el sector empresario le trasmitió a la Casa Rosada su inquietud sobre las consecuencias que podría tener una fractura de la CGT en el desarrollo del diálogo en el marco del Consejo Económico y Social (CES).

Una regla básica de conveniencias. Los empresarios le huyen a Moyano y prefieren, como contraparte, a los dirigentes con los que vienen negociando hace años. Le ocurre, por citar dos casos, a Carlos de la Vega con Armando Cavalieri; o a Carlos Wagner con Martínez.

Cristina detectó el riesgo de un vacío -o al menos desinterés- empresario en el CES cuando, en realidad, a éstos les preocupa otro factor: que la ruptura en CGT desate una guerra de gremios que termine con moyanistas belicosos infiltrándose en los sindicatos de su sector.

Ayer, pactado el cese de hostilidades, Moyano prometió que llamará a una reunión de «mesa chica» para la semana que viene y deslizó -también Cavalieri susurró esa hipótesis- que en los próximos días Cristina los podría recibir, a todos juntos, en Casa Rosada. Será, si se concretan las dos citas, la constatación de la bondad que proclamó ayer desde el salón Felipe Vallese cuando, amigable, Moyano pidió disculpas y llamó a sus antagonistas a no abandonar la CGT. Además, un certificado de la garantía que libró Cristina.

Sin embargo, la solidez de la tregua depende de otros factores. Más que el tono componedor del camionero, los «gordos» no pegaron el portazo porque los «independientes» Rodríguez y Martínez avisaron, la medianoche del miércoles, que no se irían de la CGT.

Se pareció demasiado a una emboscada. Los jerarcas de UPCN y de UOCRA, cómodos en el rol de «visagra», quedarían otra vez como moderados y los «gordos» reducidos a la figura de un Oscar Lescano feroz y amenazante; prisioneros de una renuncia en soledad.

Obras sociales

De todos modos, la llave de un pacto más solido huele a tinta y papel recién impreso: la conducción de la APE, oficina que maneja casi 1.000 millones anuales de fondos especiales para obras sociales. Moyano se adueñó de la «línea» y que volvió a administrar Juan Rinaldi.

Moyano propone para ese organismo a José Luis Lingeri (Obras Sanitarias), una especie de moyanista portador sano, que es resistido por «gordos» e «independientes». Éstos proponen un técnico que se limite a cumplir la tarea de repartir, automáticamente, los fondos.

Ese entuerto, en el que el ministro de Salud, Juan Manzur quiso intervenir y fue desahuciado peor que Graciela Ocaña, es el expediente más caliente que la Presidente tiene en su escritorio sobre la cuestión sindical.

Un movimiento incorrecto podría pulverizar la tregua de ayer.

Comentá la nota