Una voz en el teléfono

Por Silvio Santamarina.

Es la voz de Néstor Kirchner, que se filtra en los celulares de los funcionarios para recordarles que este verano no hay vacaciones.

Cualquier tema picante que aparezca en la prensa impulsa al Presidente a levantar el teléfono, incluso a altas horas de la noche, para pedirle al soldado de turno que desde la primera hora del día siguiente ponga en marcha un operativo de prensa para salir a machacar en los medios la postura K. Y aunque algunos intentan esquivar esas llamadas de emergencia, nadie se anima, por ahora, a decirle que no.

La marcación hombre a hombre de Néstor está angustiando a muchos oficialistas con carrera y plata propias, que aunque siguen convencidos en el barco K, ya empiezan a imaginar su salvación individual para el día en que el “Titanic” no flote más. Como Kirchner conoce el peligro de tener una tropa distraída por el miedo al “día después”, su mensaje apunta precisamente a dinamitar el día después. “No me puedo imaginar el país del poskirchnerismo”, confiesa un dirigente oficialista con estructura propia. “Al menos, no me lo imagino sin que corra sangre.” Se explica: el kirchnerismo se dispone a aferrarse al establishment nacional, incrustándose por la fuerza en su ADN. Por eso avanza la idea de hacer valer la butaca estatal en el directorio de las empresas privadas que tenían una cuota accionaria en la caja de las AFJP. Por eso crece el impulso de comprar medios de comunicación a nombre de “empresarios amigos”, e incluso de meterse en la red de multimedia del Grupo Clarín, con la Ley de Radiodifusión en una mano y, en la otra, con inversiones K en nuevas tecnologías de la información y el entretenimiento (TV digital, canales por internet, telefonía). Y la palabra “sangre” puede ser metafórica. O no: Hebe de Bonafini ya lanzó su campaña de intimidación personal a los jueces y sus familias, en caso de que no fallen como ella quiere en las causas por violación a los derechos humanos durante la década de 1970. Esa presión física sobre la Justicia coincide con los primeros indicios de rebeldía judicial en los juicios por denuncias de corrupción. Y aquí aparece otro tema que le quita el sueño al Poder Ejecutivo. En off the record estricto, varios responsables operativos de ministerios clave se quejan de que ya han rubricado demasiados trámites que podrían derivar en causas judiciales por malversación e incumplimiento de deberes de funcionario público. Pero en la eventualidad de tener que señalar responsables de esas medidas, a los jueces no les será sencillo llegar a la cima de la toma de decisiones durante la era de Cristina. Dado el esquema de mandos del kirchnerismo actual, Cristina podría alegar –sin mentir– que nunca dio ciertas órdenes y que incluso ignoraba que se hubieran impartido. Y Néstor podría argumentar –con razón– que él ya no es legalmente el jefe del Ejecutivo, así que no tendría que responsabilizarse por los actos de sus ministros y subordinados. Incluso Guillermo Moreno tendría coartadas para eludir eventuales cuestionamientos judiciales. Un peronista joven con caja propia, que habla cada semana con Néstor, asegura que la batería de anuncios tiene consenso en el oficialismo y que serán suficientes para aliviar la crisis. “Para el 2009, la economía no viene tan mal como temíamos, pero lo que sí preocupa mucho es lo político”, analiza el dirigente K. “No importa qué tan buenos sean los anuncios de Cristina, la gente ya no escucha, todo le parece mal antes de pensarlo. Hay un desenganche del Gobierno con el humor social que se va a reflejar en las urnas. Incluso en la provincia de Buenos Aires, donde se supone que estamos más fuertes.” El diagnóstico viene de alguien que conoce como pocos los cambios de humor de la clase media. ¿Cuál es la solución para tirar en la mesa chica presidencial? “Néstor tiene que reconstruir el PJ, y llamar a una concertación que sume a los indecisos que hoy está reclutando la oposición. Pero para eso tiene que haber grandeza y audacia.” Grandeza y audacia: aunque el dirigente K no lo pronuncie, eso no puede ser otra cosa que resolver el problema Cobos. Pero no en la línea rústica y obvia del apedreo verbal que están practicando los cuadros kirchneristas más obedientes y menos creativos. No: se trata de patear todos los tableros, incluso los de Lilita Carrió y Eduardo Duhalde. Grandeza y audacia: eso quiere decir llamar públicamente al vicepresidente a dialogar y a integrar de nuevo, o más que nunca, un gobierno de consenso. Si Cristina le tiende públicamente una mano abierta y paciente a Cobos, al mendocino no le será fácil zafar del abrazo pingüino. Si rechaza la pipa de la paz, sus acciones como figura conciliadora caerán a la mitad y sólo quedarán de su lado los “destituyentes” que odian visceralmente a los Kirchner. Son muchos, es cierto, pero forman la masa que la oposición se está disputando con uñas y dientes. Hay mucha competencia. En cambio, el electorado moderado, que hasta hace muy poco confiaba en Cristina como una versión sensata del kirchnerismo, sigue sin encontrar su liderazgo alternativo, uno que no huela a politiquería caníbal. Por eso se deja seducir por el dialoguismo simplote y la parquedad cordillerana de Cobos. Como la Iglesia, pide paz. No quiere realpolitik, quiere diálogo. Suena ingenuo y hasta suena hipócrita. Puede ser, pero las reglas de la opinión pública son así. Y el que las respeta, llena urnas.

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