La tecla populista, entre otras yerbas

Por Pablo Alabarces

El libro de Marcos Meyer afirma que estamos en plena dominancia de un populismo cultural insoportable. Aunque cae, justamente, en prácticas populistas: el antiintelectualismo y la cita escamoteada.

Entre los libros atrasados que me esperaban en las vacaciones estaba una compilación de artículos de Marcos Meyer, un periodista argentino que anduvo por Página 12 y Clarín, pero que hacía rato no leía. Siempre me pareció un tipo inteligente, de modo que su lectura también quería tener algo de nueva constatación. Para colmo, La tecla populista (ése es el título del libro, reciente, de 2009) prometía incursionar en el análisis de la cultura argentina contemporánea, es decir, los temas que me interesan: leerlo era, entonces, revisar también bibliografía actualizada.

Y bien: el libro cumple lo que promete. Provoca, cuestiona, es agudo y filoso, a pesar de algunos ripios –su explicación de la metáfora "tecla populista" es ilegible–. Para Meyer, estamos en plena dominancia de un populismo cultural insoportable, de la peor laya, que ha transformado a Tinelli y la cumbia villera en emblemas de la democracia cultural. Como suele ocurrir en las compilaciones –Marcos colecciona artículos que comienzan con el humor televisivo y terminan con la cumbia, pasando por la música popular y la divulgación histórica–, el libro pierde contundencia en el conjunto, a despecho de algunas potencias argumentativas: el artículo sobre el humor es excelente, su análisis de la obra y carrera de Joni Mitchell –una pasión personal– es una joyita que me obligó a revisar mis propios discos para celebrar sus hallazgos.

La reivindicación del rigor crítico antipopulista de Meyer choca, en algún momento, con un antiacademicismo exasperado: para él, los académicos –lo encrespan, especialmente, los sociólogos– habríamos tendido a caer en el facilismo celebratorio de la cultura popular, para lo que ofrece citas mínimas y, contradictoriamente, muy poco rigor. En esas volteadas me toca un palo: aparezco diciendo cosas sobre la cumbia que Marcos se limita a extraer de un portal periodístico, sin molestarse en leer los argumentos más extensos que desarrollé en muchos otros lugares. Me transformo en "cumbiavillerista" por obra y gracia de una lectura sin cuidado ni respeto: de lo que se puede inferir que Mayer supone que se debe cuestionar a los discursos académicos sin leerlos, apenas refugiados en lo que las radios o los portales extraen de esos textos. Al lado de ese rigor, Pablo Lescano es un antropólogo. Marcos termina así cayendo, paradójicamente, en prácticas populistas: el antiintelectualismo y la cita escamoteada.

Y sin embargo, el debate que Mayer impulsa –con sus defectos y sus exageraciones– viene a cuento de lo que se viene discutiendo, incluso en estas páginas, en las últimas dos semanas, a raíz de la muerte de Sandro. Hace diez días, una contratapa contundente de Caparrós desató una tormenta de lectores airados que reclamaron su excomunión. (Dicho sea de paso: los comentarios de algunos lectores confunden el debate con la inquisición, reclaman pluralismo para poder quemarnos vivos. O se rebajan a la calumnia berreta y barata: y eso se sigue llamando delito en la justicia argentina). Es posible que los argumentos de Caparrós hayan sido excesivos: debo reconocer, a su favor, que traté de volver a escuchar a Sandro, conmovido por su muerte, y me sigue pareciendo musical y líricamente tan mediocre como hace 40 años; que preferí, infinitamente, la versión de "Tengo" cantada por Mollo. Pero el exceso de Caparrós da en el blanco cuando recuerda la plebeyización de la cultura y la sociedad argentina que viene ocurriendo desde el menemismo, por lo menos, y sobre lo que no se ha puesto adecuadamente el acento. A veces, ni siquiera en la academia, por supuesto, que tampoco es la fuente de toda razón y justicia.

La discusión sobre el populismo cultural dominante en la Argentina es un debate urgente, que también tiene que ver con las políticas culturales, la ley de medios, la concentración monopólica, las oposiciones entre los campos periodísticos y académicos, el rol de los intelectuales. Para encarar ese debate, el libro de Meyer o las columnas de Caparrós son un insumo imprescindible: en su exasperación, señalan con nitidez que la mediocrización del debate político también ha alcanzado al debate cultural. Lo que reclaman –y ese reclamo debiera interpelarnos con nitidez y urgencia a los académicos y a los periodistas– es que la agenda la fijemos nosotros, y no el suplemento de espectáculos de Clarín. Y que la teoría sigue siendo imprescindible, entre tanto bochinche celebratorio de una cultura de masas cada día más degradada.

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