El techo que Kirchner le puso a la actividad económica

Por Roberto Cachanosky

Cristina Kirchner siempre insiste que durante su gestión y la de su marido, Néstor Kirchner, la Argentina creció como nunca lo había hecho en los 200 años anteriores. Solo el Indec puede haberle proporcionado semejante información, porque se desconocen estadísticas confiables del PBI de 1810. Los datos más confiables son de fines del siglo pasado y dudo que el matrimonio pueda igualar las tasas de crecimiento y el largo período de prosperidad que tuvo la Argentina durante la hoy denostada generación del ´80.

Es más, el aumento del PIB que informa el Indec deja algunas dudas. Por ejemplo, entre 1998 (el pico de aumento del PIB en los ´90, antes de la recesión) y 2008 el PIB de algunos sectores muestran números sorprendentes. Por ejemplo, el Indec no dice que el PIB de los sectores administración pública y defensa aumentó el 19,7% entre 1998 y 2008. Considerando que el PIB es el valor agregado, la pregunta es: ¿qué valor agregado le ha proporcionado a la población la administración pública? Más bien las regulaciones absurdas de los burócratas como Moreno destruyeron valor agregado. Un razonamiento similar vale para Defensa. ¿De qué aumento del valor agregado nos habla el Indec si las Fuerzas Armadas no tienen aviones, barcos ni municiones?

Otro dato más que sorprendente es el del PIB del sector enseñanza, servicios sociales y de salud. El Indec informa un aumento del 35% en valores constantes. ¿Tanto mejor están la educación, la salud y los servicios sociales, que la gente se enfrenta en la calle por tomar una porción de las dádivas que otorga el Estado? ¿Acaso los hospitales y la salud pública están con un nivel superior a 1998? Si no pudieron controlar el dengue y la gripe A se les fue de las manos, ¿cómo pueden hablar de semejante incremento en el valor agregado de la salud?

En definitiva, pareciera ser que el Indec prepara los números que agradan el paladar de la Presidenta y ella los repite como si fueran una verdad revelada.

De todas maneras, y dejando las curiosidades estadísticas, Cristina Kirchner, al formular la afirmación del crecimiento, comete un error conceptual. Desde 2002 hasta la fecha la economía argentina no creció, solo se reactivó. Son dos conceptos totalmente diferentes. Reactivar es poner en funcionamiento bienes de capital que estaban parados. El empresario le pasa el plumero a las máquinas, destina algo de capital de trabajo y asigna algunas horas extras para pasar de producir 50 unidades a 75. Puesto en otros términos, el aumento de la oferta está basado en el stock de capital ya existente.

Crecer es algo diferente. Se crece cuando el stock de capital que estaba sin utilizar llega a su máximo de producción y el empresario decide invertir en otra máquina más para ampliar la producción. Se agrega más stock de capital. Se invierte. Y eso no ha ocurrido, salvo el caso del tan atacado sector agropecuario que incrementó notablemente la productividad gracias a las inversiones que realizó. El resto de los sectores se limitaron, en líneas generales, en pintar la fábrica abandonada, limpiar las máquinas e invitarla a la Presidenta para que, cámaras de televisión de por medio, hiciera un discurso sobre lo fabuloso del modelo que los empresarios invertían.

Formulada la diferencia entre reactivar y crecer, hoy la economía tiene margen para reactiva pero no para crecer. Tiene margen para reactivar por varias razones. En primer lugar, luego de consumido el stock de mercaderías, las empresas comienzan a producir algo para recomponer stocks para abastecer el anémico mercado interno. En segundo lugar, las restricciones a las importaciones establecidas para financiar la fuga de capitales le ha permitido a algunas empresas poner en funcionamiento máquinas que no estaban operando para sustituir lo que se traba de importación.

En tercer lugar, la recuperación de la actividad económica en Brasil ha generado una mayor demanda, siendo otro factor de reactivación.

Ahora bien, hagamos el esfuerzo de suponer que la economía vuelve a reactivarse hasta alcanzar el máximo de capacidad de producción interna. En ese ilusorio caso, ¿están las empresas dispuestas a aportar más capital para aumentar el stock de bienes y equipos? ¿Comprarán nuevas máquinas o se limitarán a utilizar al máximo el stock de capital que tienen y, en todo caso, agregar turnos extras para abastecer la demanda?

En los últimos tiempos Néstor Kirchner ha dado acabadas muestras de estar dispuesto a destruir cuanta inversión se haga si esa destrucción sirve a sus fines políticos. El listado de violaciones de contratos y de derechos de propiedad, falta de seguridad en las reglas de juego y arbitrariedades que han llegado a límites insospechados, son algunos ejemplos de un largo listado que no vale la pena ampliar para no aburrir al lector que ya los conoce de memoria.

Lo que ha hecho Kirchner, y sigue haciendo, es destruir las bases del crecimiento, conformándose con algún tipo de reactivación. Digamos que bajo las reglas del kirchnerismo, la Argentina solo puede aspirar a jugar un picado en el barrio, pero lejos está de jugar en la Champions League. Y habrá que ver si, con estas reglas de juego, incluso podemos aspirar a jugar el picado del barrio porque quedan dudas que las empresas realicen inversiones por lo menos para sostener el stock de capital. No vaya a ser cosa que se consuman el escaso stock de capital que hoy existe y ni siquiera hagan inversiones para su mantenimiento.

El matrimonio no puede ofrecerle a la Argentina un proyecto de crecimiento de largo plazo por dos razones: a) como no saben de economía, los horrores que cometen impiden entrar en esa senda; b) desconocen que las inversiones son hijas de la seguridad jurídica y la previsibilidad en las reglas de juego.

El profundo desconocimiento sobre cómo funciona la economía y su desprecio por la calidad institucional son el techo que Kirchner le ha puesto al país para poder crecer, mejorar los ingresos reales y darle una mejor calidad de vida a los habitantes.

Con el kirchnerismo, la Argentina tiene un límite definido para subir. En cambio no sabemos hasta dónde podemos caer, porque cada vez que estamos en el suelo, el matrimonio inventa cosas tan locas como empezar a cavar un pozo para hundirnos un poco más.

Comentá la nota