Tatuarse ya no es cosa de chicos

Por: Ricardo Roa

Al comienzo era el segregado o el peligroso. Se tatuaba a los esclavos, las putas y los criminales. Después, se incorporó a la cultura carcelaria y de los marineros. Y esas cicatrices voluntarias sirvieron en prisión o embarcados para infundir temor o autoafirmarse.

Pero desde hace unos años y cada vez más, el tatuaje se ha convertido en moda. Y no sólo entre los chicos. Lo último es grabarse imágenes que importan menos por lo que dicen y más por su extensión. Como las que lleva pegadas a la piel Gonzalo Basile, el boxeador y activista camionero que el viernes fue tapa de Clarín.

Mide casi dos metros y el cuerpo le da para dibujarse de todo: desde la Virgen Desatanudos, San Expedito y una pistola con balas hasta los nombres de sus hijos, su mujer y un letrero que dice argentino y peronista.

Hay en este fenómeno una nueva cultura del cuerpo, que se muestra sin pudor. Que se libera y se experimenta con él. En los chicos fue y es para diferenciarse de los adultos. Y hasta para provocar a los adultos: un gesto de rebeldía. Tatuajes románticos o de arte negro o de colores. O con nítido rumbo sexual: arriba del pubis, en lo más profundo de la espalda.

En los grandes es difícil explicar por qué lo hacen sin vincular esa actitud al deseo de parecerse a los chicos. Se graban figuras que parecen pesadillas, oníricas o agresivas sin preocuparse qué chocantes pueden ser para los otros. O disfrutando de eso.

Los que eligen tatuarse quieren expresar algo que no se dice con palabras. A veces se entiende o muchas otras no. Pero en cualquier caso es una elección con costos: un tatuaje es para siempre. No hay vuelta atrás.

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