Tato, arqueólogo de nuestra neurosis

Por Eduardo Fidanza

El carácter cíclico de la Argentina mantiene vigentes a los cronistas que, en cada época, se propusieron reflejarla. Es el caso de nuestro inefable Tato Bores, al que recordé estos días. Todos experimentamos su actualidad cuando la televisión o YouTube repiten sus monólogos. En uno de sus últimos ciclos, Tato personificaba a un arqueólogo extranjero que llegaba al Río de la Plata para estudiar la cultura argentina. En el sketch , veíamos a un Tato perplejo, ataviado de explorador, tratando de entender por qué los argentinos habían construido una cultura tan singular.

Quisiera retomar este brillante ejercicio de la fantasía. Imaginemos con Tato que, dentro de miles de años, un grupo de arqueólogos llegara a estas latitudes buscando restos de lo que alguna vez se llamó la Argentina. Imaginemos que intentaran reconstruir las costumbres de ese pueblo extinguido. Al principio, experimentarían, acaso, perplejidad ante una serie de hallazgos sin precedente: restos disímiles dentro de los mismos espacios y períodos históricos. Materiales imposibles de clasificar en grupos homogéneos con los criterios tradicionales. Tal vez el jefe de la expedición escribiría, desconcertado, informes como éste: "No sabemos qué pensar; hemos encontrado en distintas capas del terreno un artefacto utilizado para calentar el agua para el baño de los seres humanos, que se conocía con el nombre de «calefón», junto con un libro sagrado de relatos religiosos, que desde épocas inmemoriales se denominaba Biblia".

Ante la perplejidad, una primera hipótesis sería formulada por los arqueólogos en los siguientes términos: al parecer, en la cultura de los argentinos, las cosas que debían estar separadas estaban juntas -como la Biblia y el calefón- y las que debían estar juntas estaban separadas, como los propios argentinos. En efecto, los investigadores quedarían particularmente impresionados por esta segunda característica: encontrarían muchos rasgos comunes en esa sociedad -los argentinos compartían raza, religión, costumbres-, lo que, sin embargo, en lugar de conducir a comportamientos cooperativos, llevaba a interminables conflictos.

Comprobarían, en efecto, que las divisiones eran constantes y duraban muchísimo tiempo. La aplicación del carbono 14 permitiría establecer que algunas contiendas se extendieron durante siglos y nunca pudieron resolverse. Una nueva hipótesis arrojaría luz acerca del motivo de esa rareza: según las evidencias, los argentinos nunca solucionaban cabalmente sus diferencias porque, al parecer, las fuerzas beligerantes eran siempre parejas y no lograban sacarse ventajas decisivas.

Los científicos sabían que en otros pueblos, en aquella época de inmadurez, habían ocurrido frecuentes guerras, pero el patrón común era que se dirimían. Unos ganaban y perduraban, y otros perdían y no retornaban. Entre los argentinos, no: ellos, invariablemente, se reciclaban. "Alguna vez -apuntaría un reporte-, hubo un estallido popular por el que se exigía que se fueran todos, pero no prosperó. Las elites argentinas fueron más fuertes que el clamor popular: todos permanecieron y aun llegaron algunos nuevos. La verdad es que en muy pocas culturas habíamos registrado conductas tan raras."

Los científicos, acicateados por la curiosidad ante esa cultura extraña, se centrarían luego en tratar de entender cuántos eran y cómo estaban conformados los distintos sectores en que se agrupaban los argentinos. Surgiría, entonces, una polémica: ¿cómo debían denominarse esos grupos: tribus, sectas, partidos, clubes privados, patotas? Tres cosas sabían los científicos sobre ellas: que eran muchas, que eran cerradas y que eran perennes.

Se decidiría, al fin, definirlas genéricamente como tribus, para facilitar la clasificación, pero especificando que se trataba de tribus beligerantes y egoístas, siempre dispuestas a imponer sus condiciones, nunca a entablar diálogos.

Otra vez, el hallazgo de utensilios de naturaleza muy disímil permitiría reconstruir los rasgos de dos de las principales tribus argentinas.

Los arqueólogos encontraron, primero, una suerte de instrumento musical, con la forma de un tambor muy grande que, al parecer, se tocaba con una maza y se empleaba en manifestaciones populares y celebraciones de carácter político. Según las evidencias, los argentinos llamaban a este artefacto "bombo", y era uno de los emblemas de una tribu característica y decisiva en su historia. Los arqueólogos, en vista de que los que tocaban el bombo defendían al pueblo, asignarían a esa tribu el rótulo de "populista".

Junto al bombo, hallaron finos papiros que contenían unos escritos elegantes, que en esa época se llamaban "editoriales" y "ensayos", colmados de principios teóricos y expresiones filosóficas. Denunciaban los abusos de la tribu populista y reivindicaban una forma de gobierno justo y pacífico, integrado por tres poderes independientes, legitimados por un tipo de argentino al que llamaban "ciudadano". Como en estos escritos se denominaba a esa forma de gobierno "república", los investigadores decidieron nombrar a los argentinos que la defendían tribu de los "republicanos". Según la difícil reconstrucción llevada a cabo por los arqueólogos, las tribus populista y republicana mantuvieron un larguísimo conflicto. El carbono 14 certificaría que esa contienda se extendió por lo menos diez siglos, pero no pudo establecerse si alguna de las dos facciones prevaleció.

Visto desde la perspectiva que dan miles de años, los científicos concluirían que, en cierta forma, tanto los populistas como los republicanos tenían razón. Ambos bandos reivindicaban principios universales. Los populistas ponían en primer lugar la justicia social y el interés de las mayorías; los republicanos, el equilibrio de poderes y el reconocimiento de las minorías. Los arqueólogos no podían entender, pues, la razón del enfrentamiento. Otras culturas habían sintetizado los términos, con claros beneficios para el conjunto. Pero los argentinos, por lo visto, no estaban en condiciones de hacer esas transacciones.

Al contrario: populistas y republicanos se ofendían y se descalificaban continuamente, y representaban una tragicomedia de repeticiones y desencuentros. Cada vez que sonaba el bombo de los populistas, los republicanos respondían con una lluvia de editoriales y ensayos mortíferos. Cada vez que los republicanos alcanzaban el gobierno, los populistas no los dejaban gobernar.

A la sombra de este conflicto tribal, al parecer clave en la historia de los argentinos, pululaba una gran cantidad de otras tribus enfrentadas, generalmente asociadas a los intereses de los republicanos o de los populistas. Partidarios del bombo, los sindicalistas -que horrorizaban a los republicanos- conformaron una de las tribus más perdurables de la Argentina. Se estimó que su influencia había durado siglos. Eran expertos en lo que los argentinos llamaban "apriete" y resistieron a todos los gobiernos desde que el país tuvo memoria.

Los arqueólogos pudieron distinguir, también, una cantidad de tribus económicas, y destacaron, por la repetición de sus conductas, a dos: la de los industriales nacionales y la de los campesinos. El comportamiento de estas tribus era otra prueba cabal de cómo los argentinos no podían aprovechar sus ventajas comparativas. Disputaban entre ellas por intereses particulares, y ambas con el Estado, en lugar de sumar fuerzas. Los industriales pedían que el Gobierno protegiera su producción de la competencia extranjera, y los campesinos, que aboliera los impuestos a las exportaciones. Los gobiernos populistas, descifrarían los arqueólogos, tendían a dar la razón a los industriales, y los republicanos, a los campesinos. Que se sepa, el pleito nunca se resolvió.

La Argentina -sería la conclusión final de los científicos- padecía una forma grave de neurosis política. La neurosis, que no les resultó casual, había sido descripta por el profesor Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, como un ejercicio catártico de aquella época remota, al que los argentinos eran adictos. Según esa disciplina, la enfermedad en ese lugar tenía un síntoma característico: la compulsión a repetir siempre la misma historia.

Si la Argentina se extinguió sin curarse de su locura, o la enmendó y llegó a progresar, es algo que no pudo determinarse. Los arqueólogos se dieron, finalmente, por vencidos. Los argentinos cansan al más paciente.

Por lo visto, la racionalidad -pasada, presente o futura- poco puede hacer por nosotros. Este tiempo de adulteraciones populistas y diatribas republicanas parece volver a demostrarlo. Tal vez debido a eso recordé a nuestro cómico nacional. El humor suele ser un refugio para la desesperación. Acaso sea mejor, me dije, abandonarse a los guiños e ironías de Tato y su arqueólogo alemán, y repetir con ellos: "¡Papas fritas y... good show !".

El autor es sociólogo y director de Poliarquía Consultores.

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