Una tarde con Rodrigo Love.

BOCA: Es el fenómeno de la colita... Como nunca, La Boca reventó con más de 250 fans por el cumple de Palacio: hubo cantitos, regalos y, sobre todo, amor. Y eso que es tímido...
"A la mañana", dice, y la sonrisa es apagada, desganada, de resignación. "Vinimos a la mañana, nos dijeron que no, que Boca se entrenaba a la tarde, y entonces nos volvimos a casa", la sigue, y la sonrisa ahora ya es placentera, un alivio, recordando que lo que está viviendo pudo no haber sido. El hombre tiene 62 años, un corte en el brazo derecho y, principalmente, una hija. "Ludmila", la presenta, y la sonrisa, otra vez, es como la primera, la alegremente condenada, la del padre que no zafó. "Nos volvimos a casa, me tiré una siestita y a eso de las 17 mi nena estaba llorando, a los gritos, diciendo que quería volver. Y acá estamos. Desde Palomar me vine...", ya la corta Rubén, el padre de Ludmila, quien hace un rato largo que está agolpada, apretada, al borde de la platea de Casa Amarilla. Ludmila y cerca de 250 chicas más. Todas, maquilladas de calor, por Rodrigo Palacio. Todas, vestidas con banderas y leyendas, nos obligan a decir que nada igual se había visto en una práctica de Boca. La Joya cumplió 27 años, recibió cuatro tortas, obsequios, banderas, más besos que los goles de Palermo, y una indiscutible verdad: sos ídolo, hermano. Y más aún, porque no sólo fue actor, sino también narrador: "Ah, pero qué quilombo es esto". Un redactor no lo podría haber calificado mejor.

El día se les hizo impensadamente largo a las fanáticas que llegaron a las nueve de la mañana a Casa Amarilla: Boca se entrenaba a las 18. Insólitamente inclaudicable, un grupo de 100 chicas se la bancó, esperó, soportó la lluvia, luego el sol, y finalmente sí: Rodrigo Palacio llegaba con su padre y su hermanito. El delantero se asombró por tanta gente, dejó que sus familiares pasaran y se quedó firmando autógrafos y charlando con las hinchas (suyas). Con los besos, la idolatría, la adoración, el grupo volvió a crecer y, sí, 250 adolescentes de edad virginal le gritaron el feliz cumpleaños por primera vez. Al toque, luego de que Rodrigo amagara con irse, el guardia les dijo que no se podía pasar al predio. Al griterío no le quedó otra que aumentar, femenino, voraz, hasta que Rodrigo le dijo al oficial que las dejara entrar, y el portón se les abrió como un abrazo. Bienvenidas a mi fiestita.

Aunque la fiestita, en realidad, fue de ellas. Ya colgando las banderas en la platea de la cancha auxiliar donde se hizo la práctica de fútbol, imantaron a cada cámara que había allí. "¿Cuántas veces le cantamos el feliz cumpleaños?", preguntaba una, al rato, y otra le decía: "Siete". "Entonces nos faltan 20. ¡Vamos! Que los cumplas feliz, que los cumplas...". Y ahora otra, quinceañera, ojos pintados, remera que aprieta: "En Banfield me gustaba, pero cuando pasó a Boca me enamoré. A las prácticas vengo dos veces por semana, siempre, y siempre para verlo a él. Lo amo". Los periodistas no entendían, se reían, pero igual iban; al encenderse una cámara se pegoteaban cinco o diez niñas, le gritaban a Rodrigo que lo aman, como hace un rato también le habían gritado. El delantero jugaba para los suplentes, y cada vez que tocaba la pelota se escuchaba un aullido de montaña rusa. "¡Apuralo!", hasta le indicó una chica, doblada en un parante, mientras Palacio esperaba la salida de la defensa rival. Y eso que aún faltaban 17 feliz cumpleaños por cantar.

"Todo esto me sorprendió muchísimo. Este cariño es hermoso. Me voy contento, no fue un día más", contó, bajito, Rodrigo, luego de volver al portón y firmar autógrafos media hora más. Sus ojos decían no entender, por qué él, justo él, que sólo habla cuando vuela hacia la red. Será, entonces, ese mismo fuego, suyo, que nadie puede apagar. Será, entonces, que le quedan 27 gloriosas velas por soplar.

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