Tarasca

Por Pepe Eliaschev

Efectividades conducentes y aliento pesado. Demandas acuciantes y exigencias perentorias. La Argentina se relame en su acostumbramiento somnífero a los aprietes más bravos. Todo gira en torno de petitorios destemplados. Nada escapa a la lógica de una curiosa "redistribución

La guerra de la Argentina contra la OTAN en 1982 fue una tragedia humana, una calamidad política y una chapucería militar. Veintisiete años después (nada demasiado extraño aquí), un puñado de cuarentones que dicen representar a nada menos que 8 mil ciudadanos enrolados en el servicio militar obligatorio en 1982 generan cotidianos embotellamientos en Congreso y Plaza de Mayo. Reclaman subsidios como ex "combatientes" de aquella guerra.

No quieren medallas o desfiles militares en su honor. Sólo quieren tarasca: la pensión de veteranos de guerra que ya cobran, desde 1990, nada menos que 22 mil personas. ¿Pelearon en aquella guerra tantos reclutas y oficiales? Es un sobredimensionamiento disparatado. Las estimaciones más generosas reconocen a 14 mil.

Cifras secretas e inaccesibles en este país: ¿cuánto cobran, desde cuándo y a cuánto asciende lo que la Argentina viene abonando en ese concepto? Imposible saberlo, como tampoco determinar cuánto han inyectado hasta ahora municipios, provincias y la Nación en otras tragedias luego regadas con fornidas inyecciones de subsidios.

Esta misma semana, el Congreso aprobó reparaciones para familiares de las víctimas de los alza-mientos de 1955 contra el gobierno de Perón, dineros que cobrarán ¿los nietos de aquellos infortunados? La diosa tarasca manda y determina. En torno del vil metal se organiza el entero imaginario ideológico argentino.

Es así y no hay vuelta que darle: cuando se trata de papel moneda, la rapidez argentina es insuperable. Imposible, o al menos poco plausible, razonar desde las disponibilidades reales o desde la creación de riqueza. Es como si este país se considerara riquísimo, un manantial de bienes que sólo necesita ser entubado y dirigido a quienes hoy no acceden a tales riquezas.

Lo que importa siempre, y eso se ve en manifestaciones, marchas y reclamos, es "re" distribuir lo existente. La psi-quis nacional descuenta que el producido ya está. La disparidad que favorece a los ricos debe ser resuelta con el sencillo trámite de democratizar el producido.

Este razonamiento tiene rasgos de legitimidad. No lo cuestiono de manera integral, pero me asombra la inexis-tencia absoluta de preguntas y reflexiones sobre la creación de la riqueza. La agenda pública sólo habla de repartir, pero casi nunca de crear.

Es insólito, por ejemplo, lo que sucedió con los recientes paros salvajes de asociaciones gremiales contra una empresa aérea a la que acusan de ser muy rentable. En plena puja negociadora, uno de los sindicalistas que empujaron el conflicto contra LAN Argentina, Ricardo Frecia, rechazó la propuesta presentada por la empresa a los reclamos de un importante incremento salarial, viáticos y otros beneficios. "La propuesta presentada por LAN no cumple las expectativas de los trabajadores, ni los pedidos presentados", dijo. Agregó un planteo deliciosamente demencial: "Apoyamos la operatoria de LAN, pero queremos que se haga con mano de obra e inversiones argentinas".

Notable exhibición de atraso: quieren solamente "inversiones argentinas". ¿Por qué? Reclamo incomprensible, porque los trabajadores de LAN serían los primeros en beneficiarse si la compañía se capitalizara y creciera. En cambio, prefieren inversiones "argentinas", en un país donde la tarasca para Aerolíneas Argentinas la sigue poniendo a chorros el Estado con el dinero de jubilados y contribuyentes.

No es un episodio baladí. Revela esa mezcla tóxica de infantilismo e irresponsabilidad que surca gran parte de los argumentos con que se abordan aquí los conflictos sociales, ignorando el origen de los recursos, obliterando criterios racionales y maduros de administración y apelando a la magia permanente.

Sólo se trata de que aparezca la tarasca. Mucha. Y ya mismo. Lo demás es irrelevante. Ideología nacional: ya veremos después de dónde sale, quién la pone y cómo se la sostiene en el tiempo. Dice LAN que sus empleados recibieron aumentos del 66% en los últimos 14 meses. Ahora le piden 40% más, además de exigirle que les tripliquen los viáticos para tripulantes y pilotos. Desde que comenzó a operar en la Argentina en 2005, esta empresa creó 1.750 puestos de trabajo permanentes y vuela 12 aparatos de nueva generación.

El desenlace de estos reclamos es obvio: LAN no hará nuevas inversiones o al menos las atenuará sustancialmente, y seguirá con 12 aviones cuando podría estar operando no menos de 40. ¿Quién las hará las inversiones argentinas, acaso la embajadora Alicia Castro?

En este universo de valores, los números importan poco y no obligan a nada. No sólo el oficialismo pretende tapar el sol con los dedos, deporte nacional y popular y excelencia. Esta semana, por ejemplo, se supo que la ex diputada Vilma Ripoll visitó el Congreso, al que no pudo volver por falta de votos. Pero como su grupo, el trotskista MST, milita e influye en ciertos ámbitos laborales, ella se acercó para anunciar que si el proyecto de ley electoral del Gobierno fuera aprobado, los conflictos laborales pueden mutar en explícitamente políticos. En las elecciones de junio de este año, el partido de Ripoll sacó 13 mil votos en Capital y 40 mil en la provincia de Buenos Aires. Había obtenido 50 mil votos en las elecciones porteñas de junio 2007 para jefe de Gobierno, y 34 mil en las parlamentarias de octubre de ese mismo año. En la provincia de Buenos Aires, bajó de 79 mil a 40 mil entre 2007 y 2009.

Hay aquí un problema grande con los números, con la precisión y con la razón. La monotemática bronca en pro de más tarasca atosiga a "veteranos" de guerra, mientras que los sindicatos rechazan inversiones extranjeras. La idea de progreso no tiene rating, no "mide". Tampoco el concepto de creación de riqueza. Evangelio criollo: dame la tarasca. Dámela ya.

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