Un tango de Eladia Blázquez para cierta dirigencia porteña

Por Julio Blanck.

Parece que se están dando cuenta, le dijo Aníbal Ibarra a un ignoto interlocutor a través del teléfono celular, para pedirle que dejara de enviar militantes haciéndolos pasar por espontáneos vecinos que saludaban su paso y no paraban de elogiar las virtudes y logros del actual legislador y ex Jefe de Gobierno, lanzado hoy como candidato a diputado nacional.

Los que se estaban dando cuenta, parece, eran los integrantes del equipo del noticiero de Canal 13 que le habían propuesto a Ibarra la caminata para testear cómo le iba con los ciudadanos de a pie. Todo quedó grabado y filmado y así fue puesto en pantalla. Ibarra después se explayó en explicaciones. Pero ya era después.

Sin embargo sería injusto, oportunista y de mala entraña suponer a Ibarra el exponente único de todos los vicios de la política. Porque lo que ha hecho, aun orillando el grotesco, es seguir la más pura tradición reciente de otros renombrados dirigentes de la Capital.

¿Qué otra cosa que un eslabón más en esa cultura de la avivada fue el título de licenciado que supo usar Jorge Telerman sin haberlo obtenido jamás? El pequeño desliz del sucesor de Ibarra en el comando del gobierno porteño se destapó en la campaña electoral de hace dos años. Telerman se dedicó después a dar explicaciones. Pero también para él ya era después. Y quedó tercero en una carrera de tres.

Ibarra y Telerman, antiguos compañeros de ruta, hoy se odian con intensidad y elegancia imperturbables. Quizás el destino vuelva a cruzarlos en la elección de junio, si Telerman termina siendo candidato por alguna curiosa forma del peronismo no kirchnerista.

Pero tampoco se debe atribuir al desmelenado progresismo porteño la titularidad de todas las picardías y tramoyas. Recordemos, si no, a Mauricio Macri en aquel bucólico lanzamiento de campaña desde un basural de Villa Soldati, parado sobre una tarima que le evitaba entrar en contacto directo con las desprolijidades del lugar, posando junto a una nena pobre del barrio que le completó adecuadamente el diseño de marketing. Macri, última esperanza blanca del liberalismo criollo, se deshizo en explicaciones. Terminó ganando la elección y ahora gobierna la Ciudad. Pero también para él ya era después.

Y entre los legisladores porteños revista el doctor Ricardo Lorenzo (a) Borocotó, aquel de la súbita mudanza, cuando elegido en la lista de Macri se desplazó hacia el kirchnerismo justo al aproximarse el juicio político a Ibarra. Eso no alcanzó a salvarle el pellejo a Ibarra, pero sirvió para que Borocotó zamarreara sin remedio el buen nombre que le venía de familia y la popularidad que se había ganado como médico y divulgador mediático.

Todos estos simpáticos casos evocan una pieza de las menos conocidas de la gran Eladia Blázquez. Para nuestros porteñísimos dirigentes, pensamos, qué mejor que un buen tango de la autora de El corazón al sur, Sueño de barrilete, Honrar la vida y A un semejante. Ahí va la obra, que lleva un título elocuente: "Patente de piola".

La gente hace rato

no quiere más lola

Con los avivatos

llamados "los piolas",

Y ni por asomo

entrés en su grey

Porque de los plomos,

el piola, es el rey.

Cuidado muchachos

con tanta ranada

Porque no nos hace

ninguna gauchada,

Y eso que parece

risueño y pueril

Puede ser a veces,

patente de gil.

Pero pa' l porteño flor

Es un loco berretín,

Un glorioso antecedente

De ocurrente y de pillín.

En la maratón del piola

Nadie cola quiere ser,

En el ranking del canchero

Él primero y vos después.

Yo no se quién lo embarcó

En la estupidez genial,

De pensar que es un "señor"

Cuando es un chanta nacional.

Qué loca manía

que tiene el porteño,

Cuánta fantasía

qué inútil empeño.

Muestra complacido

en cada ocasión,

Que está recibido

de vivo y piolón.

Un candor ingenuo

lo caracteriza

Y aquel que lo juna,

se mata de risa.

Vive pregonando

que raja de más

Y lo ven jadeando,

llegar siempre atrás.

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