Tábula rasa Buenos Aires

Por Fernando Diez

EL exceso, el derroche, la sensación de poder hacer incluso más allá de lo necesario, el desprecio por lo realizado por otros, el desinterés por la memoria y las circunstancias del pasado.

Todo eso forma parte de los ingredientes de la tabla rasa, una actitud para con el medio ambiente y la ciudad en particular, que había sido el signo del urbanismo de mediados del siglo XX, cuando parecía que los recursos eran inagotables y que el poder de multiplicación de la industria no tenía límite ni costo. Esa actitud estuvo caracterizada por la construcción de los conjuntos habitacionales de los años 60, que entre nosotros siguió en los años 70. La tábula rasa consistía en demoler, "limpiar", nivelar y uniformar el sitio, borrando el sustrato vegetal, la geografía, el registro geológico y arqueológico, más la historia registrada en esas huellas: la identidad misma de sitios, barrios y ciudades.

Esa actitud ha sido superada por una reflexión iniciada en los años 80 y consolidada en los 90. Ya nadie cree en la tábula rasa como principio ordenador ni como procedimiento de modernización. Pero si tal actitud fue duramente criticada por insensible respecto del legado cultural, ahora se señala el aspecto del medio ambiente, la ecología y la racionalidad energética. Ahora somos conscientes de lo que en inglés se llama embodied energy, aquella energía contenida en los edificios y estructuras existentes, es decir, la energía que demandó fabricar sus materiales y construirlos. Aprovechar tal energía es considerado ahora una norma de sentido común medioambiental, tanto más si se compara con la posibilidad de demoler tal edificio y construir uno nuevo en su lugar, porque, entonces, además estaríamos derrochando una energía para destruirlo, otra para reciclar sus materiales sobrantes y otra para hacer el nuevo edificio, y extraer y fabricar sus materiales desde cero, procesarlos, transportarlos y montarlos.

Hechas así las cuentas del costo ambiental, no caben dudas de la conveniencia de reciclar, reaprovechar, refuncionalizar y readaptar, conceptos que ganaron terreno en los últimas décadas. No hacerlo es considerado una política insustentable. Otros conceptos se incorporaron después, a partir de las posibilidades de las tecnologías de la información, que permiten conocer y controlar en detalle las demandas energéticas y de mantenimiento de artefactos, edificios e infraestructuras urbanas, como lo ha explicado con optimismo, en su libro E-topia , William Mitchell, activo promotor de las tecnologías de la información desde el medialab del MIT. Según estos conceptos, sólo debe actuarse en la exacta medida de lo necesario, y para ello es preciso saber dónde, cómo, cuándo y cuánto actuar.

Nada de esto parece haber llegado al espíritu de las administraciones de la ciudad de Buenos Aires, que practican la tábula rasa con una convicción propia de otros tiempos y de una abundancia que es sólo imaginaria. Salvo en la generosidad de los contratos, la benevolencia de las inspecciones y la velocidad para aprobar obras mal ejecutadas. No es una práctica nueva; es probablemente una enfermedad ya crónica que obedece a la dificultad en administrar y reparar las infraestructuras urbanas, y a la simétrica facilidad para reemplazarlas. A nadie escapa que las obras permiten otorgar contratos, tanto como las inauguraciones y cortes de cinta que alimentan la política. Pero al día siguiente, las obras comienzan un proceso de deterioro que nadie se preocupa en evitar, y que suele ser tanto más rápido por haber sido licitadas a las apuradas, aprobadas a pesar de no merecerlo e inauguradas contra reloj, antes de las elecciones. Por una razón y por otra, la obra pública se ha constituido en el sustituto de la acción de gobierno: administrar y cuidar lo ya realizado por otros. Peor, convertida en propaganda, la obra pública reemplaza lo hecho por gobiernos anteriores, no porque sea inadecuado o no se pueda mantener y reparar, sino porque cada gobierno aspira a imprimir su propia imagen a un sector o aspecto de la ciudad. Inusitadamente, la nueva administración ha cambiado la "comunicación" de la ciudad con nuevas combinaciones de colores y símbolos, no porque se haya mejorado algún aspecto particular, sino porque aspiraba a tener sus colores, costumbre que, de repetirse con cada cambio de gobierno, sugeriría que tales colores no son los de la ciudad, sino de los que la gobiernan. El caso de las veredas de la ciudad es una nueva muestra de que la práctica de tábula rasa se ha hecho dominante. En un acto que parece buscar el congraciarse con los vecinos, se ha procedido a cambiar cuadras enteras de veredas, sanas y rotas, aunque mayormente sanas. Esta generosidad con el dinero público es un ejemplo de la irracionalidad más asombrosa, por la que se procede a destruir completamente cuadras enteras para volver a hacerlas, con apenas el agregado en las esquinas de las correspondientes rampas. Por supuesto que esto simplifica las tareas, pero si sólo se repararan los tramos rotos, con sus mismos materiales, no sólo se ahorraría mucho dinero y se aprovecharía la "energía contenida" en los materiales existentes, sino que, con el mismo esfuerzo y materiales, podrían repararse muchas veces más veredas, posiblemente todas las de esos barrios. Mientras tanto, observamos con tristeza cómo las veredas de tantas partes de la ciudad sufren un abandono vergonzoso.

La obra pública como forma de gobierno no sólo se ha transformado en la aceptación en los hechos de la incapacidad de mantener y administrar, sino que se ha convertido en un mal estructural que lleva a los gobiernos a realizar obras innecesarias, pero muy visibles, y a postergar las que no lo son. Un nuevo urbanismo decorativo se ha convertido en prioridad de gobierno, mientras las infraestructuras no visibles del saneamiento, higiene urbana, asilo, salud y educación quedan relegadas, salvo que consigan enunciarse como obra pública pasible de adjudicación, tábula rasa mediante.

El autor es arquitecto, especialista en desarrollo urbano

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