Los que más sufren la crisis del campo

En Rufino, Santa Fe, la industria de maquinaria agrícola y el comercio están paralizados por la caída de ingresos de los productores
"Ya me fundí tres veces: en 1997, en 2001 y ahora, con este conflicto. Ya no empiezo con nada más . Tengo 48 años y estoy cansado de regalarle mi plata y mi capital al Gobierno." Eduardo Ravasotti habla en voz casi baja, con el desaliento pintado en el rostro. Camina entre los restos de un tiempo mejor: máquinas enormes y relucientes, diseñadas para mover las ruedas de la economía. Están quietas. Nadie camina entre ellas, no hay ruido en el enorme galpón que ahora sólo ocupan Ravasotti, este cronista y un fotógrafo. Hace ya un año que la fábrica debió cerrar por la escasez de ventas, dejando a veinte personas en la calle.

Estamos en las instalaciones de Norwal SRL, una fábrica de maquinarias agrícola que prosperó a mediados de esta década, pero que sufrió un rápido colapso cuando estalló el conflicto entre el campo y el gobierno nacional por las retenciones móviles. La incertidumbre de los productores y su decisión de dejar de invertir fueron un cross a la mandíbula para el negocio.

Aquí, en este pueblo del sur santafecino, la historia de Norwal es sólo una más entre las que dan cuenta de las consecuencias nocivas de un conflicto que ya todos consideran demasiado largo. Es uno de los pueblos más golpeados de la zona y por eso los productores rurales del lugar empezaron a salir a la ruta un día antes de lo dispuesto por la Comisión de Enlace. Rufino vive del campo, y eso, desde hace un año y medio, es un problema.

En los buenos tiempos, Norwal SRL fabricaba y vendía extractoras neumáticas, tanques de combustible, casillas, tolvas autodescargables, carros playos y carros cerealeros. Incluso comercializaba algunas máquinas agrícolas de invención del propio Ravasotti, como un equipo de carga para ciruelas. Eran tiempos en que la esperanza quedaba plasmada en grandes estructuras de metal. Ya no.

En estos tiempos malos, sólo quedan tres personas (el dueño y fundador, su hijo y otro socio) que ya no fabrican nada: se dedican a reparar las máquinas que tan bien conocen. La facturación, que era de 100.000 pesos por semana, ahora es de 5000 por mes.

"Yo la vi venir y decidí cerrar; me hubiera salido más caro seguir luchando", dice Ravasotti. "En Rufino no hay nada de trabajo. Cada tanto cae uno para ver si hay algo para hacer. Pero no, no hay nada."

En efecto, el intendente de Rufino, Jorge Giordano, dice que "los que peor la están pasando con este conflicto son los asalariados", y por eso puso en marcha un programa para dar trabajo temporario a los que han quedado a causa de la crisis del campo (ver aparte).

La desinversión afectó a la industria, el desempleo resultante repercutió en el consumo y eso hirió al comercio, lo que provocó más bajas en la fuerza laboral.

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El enorme local de Bonesi, una cadena de tiendas de artículos para el hogar que tiene sucursales en varias provincias, ahora está vacío, con las persianas permanentemente bajas. La caída se produjo en junio: los ingresos ya no podían sostener el negocio.

"Desde el primer paro del campo las ventas bajaron un 75 por ciento", dice Araceli González, la joven encargada de ventas de la casa Bringeri, que ofrece muebles, electrodomésticos, juguetes y otros artículos. "Ahora estamos estabilizados, porque todo el mundo asumió la crisis", añadió.

A escasos metros de González está Analía, que perdió su empleo en Bonesi y tuvo la suerte de ser contratada en este otro comercio del ramo, junto con uno de sus viejos compañeros.

En Rufino, por la crisis, la gente espera que la disputa entre los ruralistas y el Gobierno finalmente se resuelva.

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