Por suerte, el personalismo vuelve al poder.

El 11 de diciembre próximo, volverá a gobernarnos a los catamarqueños el personalismo, radical en este caso, una de las tantas licencias de la política local que, claro, no está previsto en ninguna carta orgánica partidaria, ni menos en la Constitución.
Es una licencia que se convierte en vicio, aunque solo cuando la practica al peronismo, que históricamente se organizó verticalmente como un ejército regular, pero que el radicalismo catamarqueño rescató de no se sabe bien donde, hasta adoptarla como propia, por eso nadie en la valiente prensa local se animó a criticar.

Ese modo particular de ejercitar el poder, según critican algunos, tiene orígenes diversos. Unos lo prefieren por un sentimiento persecutorio que les produce cualquier instituto colegiado, desde un simple comité provincial, una mesa política de un frente, un gabinete o una legislatura independiente. En Catamarca, nada de eso se reúne hoy regularmente, al menos para los intereses del oficialismo provincial.

Otros prefieren ese personalismo, porque en definitiva permite adoptar cualquier medida política, sin discusión alguna; cuando se definen candidaturas, por ejemplo, permite regalarle bancas legislativas hasta los sobrinos mas queridos; ideal para cualquiera que carezca de un programa de gobierno, con iniciativas sistemáticas y previsibles, que demande inteligencia para su defensa.

Por suerte, el resultado de las elecciones del 8 de marzo pasado, proveyó una solución política al gobierno provincial, que eligió esa forma sofisticada de ejercitar el poder (una verdadera suerte para los que ansían la paz social).

Una democracia con estos rasgos distintivos, obvio, no la puede garantizar el peronismo catamarqueño, que se empeñó desde el 7 de diciembre del 2007 en polemizar legislativamente sobre cualquier decisión del gobierno del FCS.

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